En abril de 1985, cuando la UD Las Palmas empató en el Bernabéu contra el Castilla y certificó su regreso a Primera División, yo guardaba un secreto: aquel ascenso se debía, en buena medida, a mí. Unos meses antes, durante las vacaciones del verano de 1984, me llevaron a un lugar en el que la leyenda —o eso me vendieron— contaba que si tirabas una moneda a un pequeño lago situado junto a una fuente, tu deseo se hacía realidad. Yo, sin contarle a nadie mis anhelos futboleros, pedí el ascenso del equipo amarillo y, cándido de mí, unos meses después estaba convencido de que aquel gesto había sido determinante para los éxitos amarillos.
Años después regresé al mismo lugar. Volví a lanzar una moneda, pedí otro deseo —que ahora queda bajo secreto de sumario— y terminé cayéndome del guindo: aquello de las leyendas, los deseos y la magia era una inocentada. No recuerdo exactamente cuándo dejé de creer en aquellas cosas. Supongo que crecer consiste también en descubrir que las monedas lanzadas al agua sirven para poco más que para oxidarse.
Pelea por el título
Recuerdo ahora aquella historia porque este sábado la UD Las Palmas vuelve a encontrarse con el Cádiz CF, el rival con el que sostuvo un intenso mano a mano durante la temporada 1984-85 por el campeonato de Segunda División, finalmente resuelto a favor del representativo grancanario. Cada vez que ambos equipos se cruzan en el camino, rebobino la memoria y me aparecen enfrente los hermanos Mejías —Pepe y Salva (máximo goleador de la categoría)—, Mágico González —que sólo estuvo en nómina del cuadro andaluz hasta enero—, Dieguito, Benito, Francis y Súper Paco en la portería.
En aquella Unión Deportiva que superó al Cádiz de los hermanos Mejías sobresalía el chileno Koke Contreras, pero el armazón estaba formado esencialmente por futbolistas de las Islas. Pérez, Juanito, Javier, Saavedra, Felipe, Julio Durán, Mayé, Benito, Félix o Farías pertenecían a un tiempo en el que mirar hacia la cantera no era una declaración incluida en un plan estratégico. Era la manera natural de construir un equipo. El día del ascenso en el Bernabéu, de hecho, todos los futbolistas amarillos eran canarios salvo Contreras y Santis.
Eran otros tiempos. Otro fútbol.
El JP Financial Estadio se llamaba Ramón de Carranza, la casa de la UD Las Palmas era el Insular y casi todo giraba alrededor de una pelota. Los clubes compraban y vendían futbolistas, discutían con los árbitros, destituían entrenadores, acumulaban deudas y soñaban con ascensos. Tampoco conviene idealizar aquello: el fútbol ya era un negocio. La diferencia es que todavía parecía posible distinguir con bastante claridad dónde terminaba el club y dónde empezaba la empresa. Hoy cuesta bastante más.
Caída en el Nasdaq
El Cádiz CF que este sábado se enfrenta a la UD Las Palmas podría servir para una trama de Gordon Gekko en una secuela de Wall Street. La entidad ha iniciado una reorganización societaria que, si culmina y recibe las aprobaciones necesarias, desembocará en que Nomadar Corporation se convierta en su accionista mayoritario. Nomadar es una compañía constituida en Delaware, cotiza en el Nasdaq y desarrolla negocios relacionados con deporte, turismo, tecnología e infraestructuras.
Mientras tanto, sus acciones han conocido el lado menos romántico del mercado. La cotización se encuentra alrededor de los dos dólares después de haber alcanzado un máximo de 57,70 durante las últimas 52 semanas. Más de un 96% de aquel valor se ha evaporado por el camino. Aquellos hermanos Mejías que yo recordaba corriendo por Carranza comparten ahora la memoria cadista con formularios de la SEC, operaciones corporativas, acciones y un ticker —NOMA— en la pantalla del Nasdaq.
Otros negocios
La UD Las Palmas tampoco vive ajena a esa transformación.
La actualidad amarilla ya no termina cuando Rubén de la Barrera cierra la puerta del vestuario. El club se ha comprometido a aportar 60 millones de euros para la transformación del Estadio de Gran Canaria y aspira a explotar el recinto después del Mundial de 2030. También ha adquirido la histórica finca vinculada a la familia Fuentes en Las Meleguinas, donde contempla desarrollar un pequeño hotel que pueda servir como residencia y lugar de concentración del primer equipo. Y alrededor de los terrenos de Almatriche han aparecido planes para levantar 1.230 viviendas si finalmente no albergan un nuevo estadio.
Nada de eso tiene necesariamente algo de malo. Sería absurdo exigir a los clubes de 2026 que funcionasen como los de 1985. También sería hipócrita. El fútbol mueve cantidades de dinero inimaginables entonces y necesita estructuras capaces de generarlo. Las plantillas de Las Palmas y Cádiz están formadas hoy por jugadores de procedencias muy diferentes y la cantera ya no marca el paso como entonces. El mundo se hizo más pequeño y el fútbol, paradójicamente, mucho más grande.
Otro mundo
Mis recuerdos pertenecen al mundo de ayer. A una época en la que Koke Contreras y Salva Mejías podían disputarse el Pichichi de Segunda mientras sus equipos peleaban por el campeonato. A un niño que lanzaba una moneda a un lago convencido de que, desde aquel momento, el ascenso de la UD Las Palmas dependía un poco de él. A un Insular que todavía parecía el centro del universo y a un Carranza que no necesitaba un naming para saber cómo se llamaba.
Este sábado volverán a encontrarse la UD Las Palmas y el Cádiz CF. Sobre el césped seguirá ocurriendo lo único que no ha cambiado demasiado desde 1985: habrá dos porterías, una pelota y once futbolistas de cada lado intentando ganar. Todo lo demás parece pertenecer ya a otra industria.
Quizá por eso, cuando empiece el partido, prefiera volver durante noventa minutos a aquel verano de 1984 y pensar que todavía quedan cosas que no cotizan en bolsa. Como los deseos de un niño. O una moneda en el fondo de un lago.
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