Abril de 1978. La Unión Deportiva Las Palmas vive, tal vez sin tener mucha conciencia de lo efímero del momento, en la gloria. Ese mes, el día 19, disputará en el Estadio Santiago Bernabéu la final de la Copa del Rey ante el FC Barcelona de Johan Cruyff, Rexach, Asensi o Neeskens. Ese partido, que perderá 3-1, será el punto culminante de la mejor etapa futbolística en la historia del equipo amarillo, una década que arrancó en 1968 y en la que peleó por el título de campeón de Liga contra el Real Madrid, participó en competiciones europeas y disfrutó de jugadores como Guedes, Tonono, Germán, Castellano, León, Martín Marrero, Justo Gilberto, Bríndisi, Carnevali, Wolff o Morete.
Aquella Unión Deportiva, sin embargo, era un negocio que ya apuntaba a la ruina que vino después, durante los años 80 y 90. Para sostener aquella maquinaria el club sólo disponía de tres fuentes de ingresos: la aportación de sus socios, la recaudación de la taquilla por la venta de entradas cada 15 días en los partidos como local y el traspaso de futbolistas, una remuneración muy limitada entonces por el derecho de retención —norma que permitía a los equipos retener a sus mejores jugadores con una ligera subida de sueldo cada año—.
De Gerardo a Pedri
Por poner en contexto: tres años después de aquella final de Copa, en 1981, el Barça pagó 55 millones de pesetas (330.000 euros) por Gerardo Miranda a la entidad grancanaria; cuatro décadas después, el mismo FC Barcelona abonó algo más de 25 millones de euros por Pedri a Las Palmas. Cuando cuajaron ambas operaciones, Gerardo era un futbolista consolidado en Primera División e internacional absoluto por España; Pedri acababa de debutar en Segunda División.

Hoy, casi 50 años después , la Unión Deportiva anda lejos de ser aquel conjunto temible que le pintaba la cara a cualquier rival a finales de los 60 y durante la década de los 70 del siglo pasado, pero es un botín muy valioso dentro de un negocio tan lucrativo como el fútbol. Llegados a este punto, es probable que usted se pregunte cómo es posible esta disparidad entre el valor futbolístico y el valor financiero.
El mercado, amigos
La respuesta es sencilla y ya la empleó Rodrigo Rato en sede parlamentaria: es el mercado, amigos. La UD Las Palmas es mucho más que un equipo de fútbol: tiene abonados que ejercen como clientes fieles —reservan sus asientos en el estadio para todo el año, compran camisetas, consumen productos oficiales del club que van desde una cerveza Pío Pío a un chándal de paseo—; cuenta con un contrato televisivo que le garantiza unos ingresos generosos; el valor de su plantilla es mayor al convivir en un mercado inflacionario; y sus propiedades —la renovada Ciudad Deportiva de Barranco Seco, la sede en Pío XII, solares en Almatriche para construir viviendas de precios asequibles o la finca de Eufemiano Fuentes en Las Meleguinas— multiplican sus bienes y derechos de manera exponencial respecto a 1978.
Todos esos activos juntos le dan a la entidad que preside Miguel Ángel Ramírez un valor de mercado ajustado al patrón de un equipo promedio dentro del fútbol profesional español. Ese escenario, sin embargo, cambiará a partir de este miércoles. Y será para mejor para los intereses de la Unión Deportiva, que entrará en otra dimensión al asumir la gestión del Estadio de Gran Canaria tras el principio de acuerdo alcanzado con el Cabildo —por el que el club amarillo se compromete a aportar 60 millones para la reforma del recinto de Siete Palmas, inversión que se dispara hasta los 160 millones de euros al necesitar mas demoliciones la obra—.

Hasta ahora, cuando Miguel Ángel Ramírez cifraba el valor de la UD Las Palmas en entre 70 y 80 millones de euros tras el descenso a Segunda División, ponía precio a un club profesional con marca, masa social, plantilla, derechos audiovisuales, ciudad deportiva y patrimonio inmobiliario creciente. Era una valoración alta para un equipo de Segunda, sí, pero todavía encajaba en la lógica habitual del mercado español.
Otra liga para la UD
La gestión del Estadio de Gran Canaria durante 60 años saca a la UD de esa liga. El acuerdo, adelantado este 17 de marzo, prevé que el club explote el recinto hasta 2086 a cambio de una aportación escalonada de 60 millones, ampliable a 65, mientras el proyecto de reforma mundialista se concibió inicialmente en 101,2 millones y ya maneja un escenario superior, de alrededor de 160 millones, por la necesidad de más demoliciones y ajustes de obra. Lo decisivo no es sólo el ladrillo: es que los futuros locales comerciales, la restauración, el hospitality y la actividad no futbolística —como el Granca Live Fest, una misa del Papa o un tramo espectáculo del Rally Islas Canarias— quedarían en la órbita del club.
En el mercado del fútbol, eso vale oro. Un club que controla su estadio no sólo vende entradas para veinte partidos al año: vende palcos, experiencias premium, restauración, visitas, ferias, congresos, patrocinios, cesión de espacios y calendario de eventos. Pasa de vivir del balón a vivir también del recinto. Y esa transición es la que explica por qué dos clubes con parecido peso deportivo pueden tener valoraciones radicalmente distintas.
Sporting y Oviedo
Miremos primero a los comparables españoles más cercanos. En 2022, Grupo Orlegi compró el 73% del Sporting de Gijón en una operación que valoró al club en 43 millones de euros. Ese precio colocó al Sporting en la banda alta de las compraventas de Segunda División, pero con un matiz decisivo: El Molinón sigue siendo un estadio municipal y la propia documentación reciente del club recuerda que en los bajos comerciales opera una concesionaria específica, Molinón Espacio Urbano, mientras el Sporting ha venido asumiendo mantenimiento e inversiones por unos 11 millones desde 2018. Es decir: Orlegi compró historia, afición, Mareo y potencial; no compró un estadio plenamente explotable como negocio integral del club.

El caso del Real Oviedo es parecido, aunque con menos transparencia en el precio. En julio de 2022, Grupo Pachuca se hizo con el 51% del club. La cantidad abonada no se hizo pública, pero sí consta que Grupo Carso había invertido más de 23 millones antes de vender el control. Y, de nuevo, el factor estadio marca la diferencia: el Carlos Tartiere es de propiedad municipal; el club lo explota mediante convenio de arrendamiento y ha ido ganando soportes publicitarios y algunos espacios comerciales, pero no dispone de un horizonte comparable al de una concesión de seis décadas con reforma integral vinculada al Mundial.
La comparación con Sporting y Oviedo ayuda a entender el salto de escala. Ambos son clubes históricos, con masa social, mercado regional potente y fuerte arraigo. Sin embargo, ninguno ha entrado en una fase de monetización del estadio equivalente a la que ahora se abre para la UD Las Palmas. En otras palabras: Orlegi y Pachuca compraron clubes; Las Palmas está en condiciones de convertirse en un club con plataforma de negocio anexa.
Anoeta y la Real
Hay otros precedentes en España que sirven de termómetro. En 2022, el CD Leganés cerró su venta en 39 millones de euros. El Real Zaragoza, antes del cambio accionarial, era valorado por 2Playbook en 34 millones. Y ya en otra dimensión, en 2025, la venta del Espanyol a Velocity Sports Partners se situó, según Reuters, en una operación de hasta 200 millones. Es una escala superior, pero también un recordatorio de hacia dónde se mueve el capital cuando detecta una marca histórica, una gran ciudad y activos monetizables alrededor del día de partido.
El mejor espejo español para la UD Las Palmas no es, sin embargo, ni Sporting ni Oviedo. Es la Real Sociedad. No por tamaño de mercado, sino por modelo. La Real lideró la remodelación de Anoeta con una financiación que arrancó con 50,7 millones, de los que el club asumía 36,7 millones; después, en 2018, el propio club elevó su esfuerzo hasta 46 millones sobre un coste ya revisado de 60,1 millones; y en 2022 2Playbook resumía que el coste final de la reforma había rozado los 80 millones. A cambio, la entidad donostiarra amplió su derecho de uso y explotación del estadio hasta 2074.

Lo importante no es sólo cuánto puso la Real, sino cómo exprime Anoeta. El Reale Arena ya no es únicamente un campo de fútbol. El club comercializa hospitality VIP, vende tours del estadio, opera el Museo Real100, explota tienda oficial, alquila espacios corporativos y ha creado en el recinto Keler Espazioa, un ecosistema propio con gastrogune, fan zone, zona gaming, agenda de monólogos, conciertos, celebraciones privadas y eventos empresariales. Además, el estadio acoge cumbres tecnológicas, jornadas de team building, festivales gastronómicos y programación cultural cuando no hay fútbol. Ese es el negocio que compra el mercado cuando valora un club moderno.
Atlético y Metropolitano
La referencia extrema en España la ofrece hoy el Atlético de Madrid. La entrada de Apollo Sports Capital en el club rojiblanco se cerró con una valoración de alrededor de 2.500 millones de euros y un desembolso aproximado de 1.425 millones por una participación de control del entorno del 55%-57%, además de una inyección adicional de hasta 100 millones para inversiones futuras. A esa valoración no se llega sólo por la plantilla o la Champions: se llega por el estadio, la marca global y el desarrollo de negocio alrededor del Metropolitano.
Y hay un dato revelador que debería estudiarse en Gran Canaria. El Atlético ha llegado a valorar la posibilidad de renunciar a ser sede del Mundial 2030 porque ceder su estadio a la FIFA en pleno verano le haría perder en torno a 20 millones de euros de conciertos y eventos. Dicho de otro modo: para un gran club europeo, a veces el estadio produce más riqueza fuera del fútbol que dentro de él durante determinados meses. Eso explica mejor que cualquier teoría financiera por qué la gestión de un recinto puede disparar la valoración de una entidad.
Ejemplos en Europa
En Europa hay más operaciones que permiten calibrar el fenómeno. El consorcio saudí liderado por PIF pagó 305 millones de libras por el Newcastle en 2021. ALK Capital tomó el control del Burnley en una operación de alrededor de 170 millones de libras por el 84%. City Football Group compró el 80% del Palermo por unos 12-13 millones de euros cuando el club acababa de regresar a la Serie B. No son casos idénticos a Las Palmas, pero sí dibujan una regla constante: el valor sube cuando el inversor compra una institución con margen de crecimiento, afición estable, activos físicos y capacidad de generar negocio más allá del resultado dominical.

La UD Las Palmas ya tenía parte de esa ecuación antes del acuerdo del estadio. El club aprobó en diciembre un presupuesto de 46,639 millones para 2025-26, validó un resultado de explotación positivo en el ejercicio anterior y, en su regreso a Primera, había llegado a registrar 33,7 millones de ingresos sólo en la primera mitad de la temporada 2023-24, con fuerte peso de televisión, patrocinio y abonados. A eso se suma una ciudad deportiva cuyo propio presidente ha llegado a valorar en torno a veinte millones y un patrimonio que se amplía con la finca de Las Meleguinas y los suelos de Almatriche.
Más que un escudo
Con todo eso, la horquilla de 70 a 80 millones empieza a quedarse vieja antes incluso de nacer. Esa cifra describe a la UD Las Palmas de ayer, no necesariamente a la de mañana. La de ayer era un club atractivo en el mercado español, equiparable o superior a Sporting, Leganés u Oviedo por marca, estabilidad y patrimonio deportivo. La de mañana puede parecerse más a una Real Sociedad de escala insular: un club con estadio de largo plazo, ciudad deportiva, negocio de eventos, comercio asociado y capacidad de facturar también cuando no rueda la pelota.
¿Cuánto vale entonces la UD Las Palmas? Si uno toma como referencia el mercado reciente de clubes españoles sin una explotación comparable del estadio, la respuesta conservadora seguiría moviéndose en torno a esos 70-90 millones. Pero si el acuerdo con el Cabildo cristaliza en los términos avanzados, si la reforma convierte Siete Palmas en un recinto con vida comercial permanente y si el club ejecuta una estrategia parecida a la de Anoeta o el Metropolitano, la valoración potencial cambia de categoría y puede entrar sin exageración en la zona de los 150-200 millones, con margen incluso para más en un escenario de consolidación deportiva. Esa última cifra ya no responde al romanticismo de la camiseta: responde al negocio.
Porque el mercado del fútbol ya no compra sólo un escudo. Compra flujo de caja futuro. Compra abonados convertidos en clientes, hospitality, palcos, naming rights, restauración, tours, museo, campus, explotación de espacios, venta de experiencias y un recinto capaz de trabajar doce meses al año. Y en ese tablero, la UD Las Palmas acaba de recibir una llave que Sporting y Oviedo no tenían cuando fueron vendidos, que la Real sí supo convertir en valor y que el Atlético considera tan rentable que incluso le hace dudar ante un Mundial. Ahí está la diferencia. Y ahí, seguramente, empieza el verdadero precio de la Unión Deportiva.



