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Un lance del partido entre la UD Las Palmas y el Girona. / UD

El mismo estadio, el mismo rival, otra UD Las Palmas

Veintitrés años después de estrenar el Gran Canaria ante el Leganés, los amarillos deben recordar que las dudas pueden destruir un proyecto mucho antes que las derrotas

El 6 de septiembre de 2003, la UD Las Palmas estrenó oficialmente el Estadio de Gran Canaria contra el CD Leganés. Aquel día se inauguraba una casa nueva para un club que apenas tenía con qué amueblarla. No había una mísera moneda en la caja fuerte y la necesidad obligó a convertir la juventud en proyecto. Cuando no puedes comprar certezas, no queda más remedio que apostar por las promesas.

Veintitrés años después, el Leganés regresa al mismo escenario para encontrarse con una UD Las Palmas que se parece muy poco a aquella. El estadio continúa allí, aunque aguarda por una reforma integral para convertirse en sede mundialista en 2030, pero el club ha cambiado. Tiene estabilidad económica, una estructura más sólida y un proyecto que mezcla jóvenes, canteranos y futbolistas consolidados. Esta vez la apuesta no nace de la necesidad. Nace de una elección.

Y esa diferencia debería ser importante ahora.

Poca memoria

Porque el fútbol posee una extraordinaria capacidad para olvidar los argumentos que parecían indiscutibles apenas una semana antes. Las victorias contra el Albacete CF y el AD Ceuta alimentaron la ilusión alrededor de la nueva temporada. La goleada sufrida frente al Girona FC introdujo las primeras dudas. No hicieron falta meses. Bastaron noventa minutos.

Las derrotas tienen esa propiedad corrosiva. No solo modifican una clasificación. También cambian conversaciones, exageran defectos y consiguen que decisiones celebradas unos días antes empiecen a parecer sospechosas. Una victoria permite hablar de procesos; una derrota exige culpables. Dos pueden provocar una crisis. Tres hacen que alguien empiece a preguntarse si no habría que cambiarlo todo.

La UD Las Palmas de 2003 terminó aprendiendo esa lección de la peor manera.

Duro descenso 

Aquel equipo joven necesitaba precisamente aquello que menos encontró: tiempo. Durante una temporada convulsa cambiaron demasiadas cosas. Directiva, entrenadores, futbolistas. Cada intento de corregir el anterior alejaba un poco más al equipo de cualquier identidad reconocible. La temporada terminó con el descenso a Segunda B, probablemente el lugar más doloroso al que había llegado hasta entonces un club que solo unos meses antes había estrenado estadio imaginando un futuro diferente.

Sería absurdo establecer demasiadas comparaciones entre aquella UD y esta. Las circunstancias económicas son distintas, la estructura del club es diferente y también lo son los futbolistas. Precisamente por eso merece la pena recordar aquel equipo.

Porque hay algo que el dinero no puede comprar: la paciencia.

Dinero frente ansiedad

Una caja fuerte llena permite fichar mejores jugadores, corregir errores y afrontar una mala temporada sin mirar aterrorizado la cuenta corriente. Pero no protege contra la ansiedad. Tampoco evita que una derrota haga ruido. El fútbol profesional está lleno de clubes solventes que terminaron destruyendo buenos proyectos porque confundieron una mala tarde con una mala idea.

Por eso el partido contra el Leganés tiene algo de regreso al pasado. El mismo rival. El mismo escenario. Otra UD Las Palmas.

Rubén de la Barrera, entrenador de la UD Las Palmas. / UDLP

Base sólida

La historia de este club está llena de golpes que se convirtieron en excusa para el pesimismo, y también de momentos en los que la grada sostuvo un proyecto cuando más lo necesitaba. El 6 de septiembre de 2003 nadie podía prometer nada, porque no había nada que prometer. Hoy sí hay un proyecto con cimientos, y un proyecto con una base sólida se defiende de otra manera: con paciencia, no con resignación; con exigencia, no con ansiedad.

El viernes, cuando el balón vuelva a rodar en el Gran Canaria frente al mismo rival de aquella tarde de 2003, no hará falta ganar por goleada ni firmar una exhibición. Bastará con que el equipo —y la grada que lo empuja— demuestren que han entendido lo que aquel equipo joven, pobre y sin tiempo nunca pudo entender: que los proyectos no se sostienen con dinero ni se hunden con una derrota, sino con la forma en que un club, y su gente, deciden mirarse a sí mismos cuando las cosas se tuercen.

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