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Ser un perro por la UD Las Palmas. / @UDLP_OFICIAL

Ser un perro por la UD Las Palmas

La afición amarilla llega a las dos últimas jornadas peleando por volver a Primera División después de una temporada de golpes, dudas y fidelidad inquebrantable

El día que murió Jane Goodall, la mujer que cambió para siempre nuestra mirada sobre los chimpancés, descubrí con cierta sorpresa que su animal favorito no era un primate, sino los perros. "Son muy fieles, dan amor incondicional y no me gusta pensar en un mundo sin ellos", comentó más de una vez para explicar su amor por los canes.

El sábado por la tarde, mientras buscaba aparcamiento cerca del Estadio de Gran Canaria, recordé esa frase de Goodall cuando la radio del coche escupía la narración de Francis Matas tras el gol del Almería contra la UD Las Palmas. El cabreo por el tanto de Embarba y la derrota, en ese momento, me hicieron recordar la debacle del fin de semana anterior contra el Andorra.

Qué necesidad

Ese rebumbio de sucesos, inevitablemente, me llevaron a hacerme una pregunta que probablemente rondaría por la cabeza de muchos aficionados amarillos: "Qué necesidad tengo yo de todo esto...".

Y, sin embargo, ahí seguimos.

Absurdo

Porque quizás ser aficionado de la UD Las Palmas consiste precisamente en eso: en parecerse un poco a esos perros de los que hablaba Goodall. En mantenerse fiel incluso cuando llegan los golpes. En volver siempre, aunque el equipo te deje semanas enteras sin una alegría. En enfadarte, protestar, desesperarte y jurar que no volverás a pasar por lo mismo para terminar, inevitablemente, mirando el siguiente partido con la esperanza intacta.

Kirian recibe el abrazo de Fuster, Pedrola, Jesé y Amatucci tras marcar el 1-1 en Cádiz. / @UDLP_OFICIAL

Hay algo profundamente irracional en el amor que siente esta isla por la camiseta amarilla. Hasta la persona más coherente se abraza al absurdo. Una relación que no entiende de balances emocionales ni de lógica.

Montaña rusa

La UD Las Palmas lleva décadas formando parte de la vida cotidiana de miles de personas que organizan horarios, viajes, fines de semana y estados de ánimo alrededor de un balón. Gente que ha celebrado ascensos en la Plaza de la Victoria y que también ha aprendido a convivir con descensos dolorosos, ruinas deportivas y domingos de silencio.

La temporada actual ha tenido mucho de montaña rusa. El equipo ha sido capaz de generar ilusión y desesperación en cuestión de días. Ha habido partidos que parecían anunciar el regreso definitivo a Primera División y otros —como el golpe recibido ante el Andorra— que despertaron todos los fantasmas posibles alrededor del proyecto.

Candidato a todo

Pero incluso en medio de esa incertidumbre, la clasificación sigue dejando una realidad incontestable: la UD Las Palmas llega a las dos últimas jornadas de Segunda División metida de lleno en la pelea por ascender.

Y eso, en una categoría tan larga, tan exigente y tan cruel como la Segunda española, no es poca cosa.

Campeonato de locos

Porque ascender nunca es sencillo. Mucho menos en un campeonato diseñado para desgastar mentalmente a clubes, entrenadores y aficiones durante diez meses. Cada semana cambia el estado de ánimo colectivo. Cada derrota parece una tragedia y cada victoria alimenta sueños gigantescos. La frontera entre la euforia y el desastre apenas dura noventa minutos.

Pero precisamente por eso conviene detenerse un segundo y mirar alrededor.

Mirar el ambiente que volvió a respirarse el sábado en la Isla pese al enfado, pese al miedo y pese al cansancio acumulado. Mirar a la gente que sigue sufriendo y creyendo. Mirar a una comunidad entera que, después de tantos años de cicatrices futbolísticas, todavía es capaz de ilusionarse.

Jonathan Viera durante el encuentro entre La UD Las Palmas y el Deportivo de La Coruña en Gran Canaria. /Redes

La UD Las Palmas podrá fallar. Podrá jugar mejor o peor. Habrá decisiones discutibles, partidos incomprensibles y días en los que la frustración parezca devorarlo todo. Pero hay algo que permanece intacto por encima de cualquier clasificación: el vínculo emocional que une al club con su gente.

Toca creer

Por eso quizá sí tenga sentido ser un perro de la UD Las Palmas.

Porque los perros vuelven. Porque esperan. Porque perdonan. Porque permanecen incluso cuando nadie les garantiza nada a cambio.

Y porque, pase lo que pase en estas dos últimas jornadas, esta afición ya ha demostrado algo enorme: que sigue creyendo. Que sigue acompañando. Que sigue sintiendo la camiseta amarilla como una parte inseparable de su vida.

Y eso también merece una felicitación.

Una ilusión

Porque, después de todo lo vivido, la comunidad que forma la UD Las Palmas está de enhorabuena. A dos partidos del final, el equipo sigue vivo en la pelea por regresar a Primera División. Y en el fútbol —como en la vida— pocas cosas son más valiosas que tener una ilusión.

Aunque sea por el camino más difícil. Si fuese fácil sería aburrido. Y no seríamos de la Unión Deportiva Las Palmas.