El 1 de enero de 1970, un anuncio publicado en el diario Baleares presentaba a una grancanaria como “el asombro de todo Mallorca”. Se llamaba María Cristina del Pino Segura Gómez, aunque el mundo la conocía como Pinito del Oro. Había triunfado en Estados Unidos con el Ringling Bros. and Barnum & Bailey, trabajado en Hollywood y regresado a España convertida en una de las grandes figuras internacionales del trapecio. Aquellos días actuaba en Palma dentro del Gran Festival Mundial del Circo, vinculado al Circo Price y al empresario Arturo Castilla.
La publicidad anunciaba tres funciones diarias. Había números de leones, acróbatas, barristas y payasos, pero el gran reclamo era aquella mujer nacida en Guanarteme que desafiaba la gravedad a varios metros del suelo. Pinito del Oro estaba muy cotizada. Los empresarios del circo conocían el valor de su talento y pagaban por incorporarla a sus espectáculos porque sabían que su presencia ayudaba a vender entradas. No necesitaba grandes explicaciones. Bastaba con verla subir al trapecio.
El circo también era una empresa de entretenimiento. Había que pagar salarios, transportar instalaciones, organizar giras y conseguir beneficios. Pero sus propietarios comprendían algo elemental: podían disponer de la mejor carpa, una publicidad formidable y una organización impecable; sin buenos artistas, el espectáculo perdía su principal atractivo.
El negocio
Hace unas semanas, durante la cena del vigésimo aniversario de UDRadio, Miguel Ángel Ramírez tomó el micrófono para dedicar unas palabras a los trabajadores del medio de comunicación oficial de la UD Las Palmas. El presidente habló de muchas cosas. Recordó, por ejemplo, que el club le debe dos millones de euros y dejó una reflexión que merece bastante más atención que cualquier balance contable: “Esto no es un club, esto es una empresa de entretenimiento”.
No encuentro demasiados motivos para discutirle esa definición. El fútbol profesional del siglo XXI es una industria que vende emociones, experiencias, derechos audiovisuales y productos que hace apenas unas décadas habrían resultado inimaginables. Los clubes ya no pueden limitarse a abrir las puertas de un estadio cada quince días y esperar que la pelota haga el resto. La UD Las Palmas tampoco. El problema no está en entender el fútbol como un negocio de entretenimiento, sino en olvidar que para entretener hace falta talento.
Y de eso, precisamente, anda escasa esta UD Las Palmas.
El equipo de Rubén de la Barrera se presenta este domingo en Palma después de tres jornadas sin ganar. Perdió contra el Real Burgos, volvió a caer en Eibar y apenas pudo rescatar un empate frente al Real Valladolid. Pero los resultados preocupan bastante menos que la involución de su juego. Aquella promesa de rock and roll que acompañó al nuevo entrenador se ha ido apagando hasta dejar una música difícil de reconocer. La UD no solo juega peor que hace un mes. También parece haber olvidado qué pretendía hacer cuando empezó la temporada.
Sin artistas
Las explicaciones son variadas. De la Barrera compareció este viernes ante los periodistas con nueve futbolistas lesionados y la necesidad de seguir recurriendo a los jóvenes para completar una plantilla castigada por las ausencias. Sería injusto ignorar semejante contratiempo. También lo sería pasar por alto que durante el verano se marchó tonelada y media de talento y que algunas de aquellas pérdidas todavía no han encontrado una compensación convincente.
La plantilla ha perdido a Dinko Horkas, Mika Mármol, Sergio Barcia, Amatucci o Jonathan Viera, futbolistas importantes en la estructura del curso pasado. En otras posiciones también se echan de menos recursos para resolver partidos que se atascan. La cantera está ofreciendo respuestas interesantes, como demuestra la irrupción de Elías Romero, pero no parece razonable que un proyecto construido para regresar a Primera dependa de que los jóvenes resuelvan todas las carencias de planificación.
También cabe preguntarse por la responsabilidad del entrenador. De la Barrera todavía no ha conseguido que sus jugadores interpreten una partitura común y, cuando eso ocurre, resulta difícil distinguir cuánto corresponde a la calidad de los intérpretes y cuánto a la dirección de la orquesta. Este viernes negó haber recibido un ultimátum del club. Su continuidad ha entrado en la conversación precisamente cuando más necesita que el equipo recupere algo de personalidad.
Reencuentro con Luis García
Y el calendario ha querido que ese examen se produzca frente al RCD Mallorca de Luis García, el entrenador que dirigió a la UD Las Palmas la temporada pasada y decidió no continuar al frente del proyecto amarillo. La coincidencia tiene algo de ironía futbolística. El técnico que no quiso seguir estará sentado en el banquillo contrario mientras su sucesor trata de demostrar que la apuesta realizada durante el verano tenía sentido.
La búsqueda de culpables suele ser uno de los entretenimientos favoritos del fútbol. Cada aficionado encuentra uno diferente y casi todos disponen de argumentos para defender su elección. Pero por encima del entrenador, del director deportivo y de los futbolistas existe alguien que decide qué espectáculo quiere ofrecer y cuánto talento está dispuesto a reunir para conseguirlo.
La función
La UD Las Palmas visita este domingo Son Moix —17.30 horas de Canarias (LaLiga TV Hypermotion y Orange Fútbol 2)—, para enfrentarse al Mallorca. Enfrente estará un equipo que tampoco ha terminado de enamorar con su fútbol, aunque ha construido buena parte de su competitividad alrededor de una defensa mucho más sólida que la amarilla.
Miguel Ángel Ramírez tiene razón cuando afirma que dirige una empresa de entretenimiento. Lo que no debería olvidar es que ninguna cuenta de resultados, por saneada que esté, consigue emocionar por sí sola a una grada. El fútbol necesita organización, estabilidad económica y buenos gestores. Pero el público paga, sobre todo, por ver a futbolistas capaces de hacer cosas extraordinarias.
Pinito del Oro no asombró a Mallorca porque los empresarios del circo supieran hacer balances. Lo hizo porque, cuando subía al trapecio, nadie quería apartar la mirada. La UD Las Palmas necesita recuperar esa capacidad de asombro. Y la responsabilidad de conseguirlo no puede recaer únicamente en Rubén de la Barrera, por mucho que ahora todas las miradas apunten hacia su banquillo. Porque Pinito del Oro era la estrella del espectáculo, pero alguien tuvo que contratarla.
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