El cultivo del tomate cambió de la noche a la mañana en el Archipiélago. La expansión del turismo hizo desaparecer miles de hectáreas en el sur de Gran Canaria a principios de los años 70 y las plantaciones del norte disminuyeron de forma considerable. Ya nada es lo que era y varios factores siguen perjudicando a un sector que todavía exporta a países europeos.
Quienes trabajan en los tomateros lo saben. Son conscientes de que resisten frente a viento y marea en un contexto que no lo pone fácil. La competencia del producto marroquí, las normas de seguridad alimentaria o ambientales —que terceros países no cumplen—, la pérdida de terrenos o la falta de personal son los principales problemas a los que se enfrentan.
Inicio del proceso
Marcelo Rodríguez, director general de Coagrisan, abre las puertas de sus invernaderos en pleno comienzo de la campaña. O, mejor dicho, en la fase previa antes de que los tomates empiecen a brotar en La Aldea de San Nicolás. Todos trabajan sin prisa pero sin pausa en un paso clave: los injertos. Un proceso que une dos plantas y previene posibles enfermedades.
Hacen, de media, 125 cada hora. Lo ejecuta un numeroso equipo compuesto —en general— por personas jóvenes que quieren ahorrar algo de dinero en verano antes de retomar los estudios cuando llegue septiembre. Ahí es justo donde está uno de los inconvenientes: no logran retener a los jóvenes para que desarrollen su carrera profesional en la agricultura.
Sin relevo generacional
“Cuesta mucho que la gente entre en el sector primario”, afirma Rodríguez. “Aquí mismo, en nuestro pueblo, hay pescadores deportivos, pero no profesionales, prácticamente solo hay un barco”, comenta también. Lamenta que el relevo generacional es complicado porque como trabajador se le dedica ocho horas, pero los dueños de las tierras no descansan nunca.
El director general de Coagrisan calcula que necesitan un mínimo de tres personas por cada hectárea que cultivan y algunas empresas van a plantar menos porque no consiguen aumentar la plantilla. Esa disminución puede poner en peligro, asegura, el volumen de tomates que se exporta a Europa porque habría menos kilos para vender en el viejo continente.

Países donde exportan
“En Canarias no, porque las empresas y los supermercados están trayendo tomate de otros países e incluso de la Península”, señala. En cualquier caso, las exportaciones se mantienen y las cifras no engañan: Coagrisan envió a Europa 15,5 millones de kilos con 93 hectáreas de cultivo. Llegaron a Holanda, Suecia, Noruega, Finlandia, Bélgica, Dinamarca y Alemania.
Pero el clima a veces no lo pone fácil. Cuenta que este año se quedaron cortos porque empezaron más tarde. “Las plantaciones se retrasaron prácticamente hasta finales de agosto porque escaseaba el agua”, sentencia. “Después vinieron las lluvias entre noviembre y febrero. Eso fastidiaba bastante la calidad, el tomate salía bien y llegaba con moho”, dice.

Normas ambientales
Otro problema que tienen delante es la competencia de terceros países como puede ser Marruecos. “A nosotros se nos ponen normas ambientales y normas de seguridad alimentaria. Hay productos fitosanitarios que no podemos emplear, mientras que ellos sí”, incide Rodríguez. “Un trabajador nos sale a 90 euros diarios y a ellos nueve euros al día”, agrega.
Apunta que el antídoto para poder competir con eso está claro: “Producir con calidad y con un producto bastante seguro”. Sobre en un contexto donde Gran Canaria es la única isla de todo el Archipiélago que aún exporta tomate al exterior. Se produce en Gáldar, La Aldea y en el sur. En islas como Tenerife y Fuerteventura hay cultivos, pero solo para la venta local.

Costes de producción
Roberto Suárez, técnico de Coagrisan, pone sobre la mesa que el coste de producir un kilo de tomate se ha duplicado. “Ha pasado de costar 0,25 euros a 50 céntimos”, exclama. Narra que ha subido el precio de todo: los abonos, los sustratos y el transporte.
“Esto se ha convertido en el libre mercado y a comernos unos a otros”, indica. “A veces te pagan menos de lo que cuesta producirlo porque es o hacerlo o perder toda la producción al ser un producto que con el paso de los días se estropea”, sostiene.

"Estamos en la UVI"
En medio de todo este terremoto, el tomate canario parece estar cada día más cerca de conseguir la Indicación Geográfica Protegida (IGP). Para Marcelo Rodríguez, el principal beneficio es que los europeos comprueben que el tomate canario existe de verdad y que se produce en las Islas. “Puede ser un sello diferenciador bastante bueno”, cuenta.
El director general de Coagrisan apunta que el sector del tomate siempre ha estado mal y así continúa. “Pero seguimos luchando”, exclama. “Yo creo que, si automatizamos un poco más los procesos para poder competir con esas empresas de fuera, podemos seguir viviendo de esto y haciendo las cosas con tecnología y con profesionalidad”, reflexiona.
“Estamos en la UVI, pero mientras haya vida hay esperanza”, concluye Rodríguez.
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