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Rafael Méndez: Arehucas, Tintín, el capitán Haddock y los Beatles

Fanático de Tintín, ferviente admirador de los Beatles, lector voraz y, por encima de todo, devoto aficionado de la Unión Deportiva Las Palmas. Así es el presidente de la destilería más importante de Canarias

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El capitán Haddock y Rafael Méndez Martín por Farruqo.

“¡Residuo de ectoplasma! ¡Cordero mal peinado! ¡Sietemesino con salsa tártara! ¡Cyrano de cuatro patas!”. Si existiera un anglosajón capaz de insultar con más clase que un argentino o un español, ese sería Archibaldo Haddock, el capitán que Hergé convirtió en compañero de aventuras de Tintín y que a lo largo de varios cómics —desde El cangrejo de las pinzas de oro hasta el último servicio en Los Pícaros— profirió los improperios que encabezan este párrafo. Pero nadie es perfecto, que se le va a hacer. Ni siquiera este navegante, encadenado por su pasaporte británico eternamente a la ficción, cargado de sarcasmo y monárquico convencido que, pese ocupar la presidencia de la Liga de Marinos Antialcohólicos, en las bodegas de su barco —el mercante Karaboudjan o en las cavas de su castillo —ubicado en la imaginaria Moulinsart— siempre tenía a mano unas cuantas botellas de whisky de Loch Lomond.

Pobre diablo de la Pérfida Albión. Si Hergé, en alguna de sus viñetas, hubiera hecho catar el ron Reserva Especial 18 años de Arehucas al capitán Haddock, el marino habría tirado por la borda los caldos escoceses o habría avivado algún fuego con ellos para hacer hueco al aguardiente canario. Ese pequeño —y disparatado— giro argumental, además, habría hecho inmensamente feliz a Rafael Méndez Martín (Las Palmas de Gran Canaria; 13 de marzo de 1963), presidente de Destilerías Arehucas, fanático de Tintín, ferviente admirador de los Beatles, lector voraz —en especial de novela negra, con atención especial a autores canarios como Alexis Ravelo y José Luis Correa— y, por encima de todo, devoto aficionado de la Unión Deportiva Las Palmas —club en el que forma parte del consejo de administración desde 2008—.

Cerca del Insular

Porque antes de aprender a tocar el piano —como discípulo de Paco Brito— o convertirse en ingeniero químico, Rafael Méndez soñó con conocer mundo a través de las historias de Tintín en el país de los Soviets, el Congo, la Isla Negra, la Luna, el país del Oro Negro o el Tíbet. Su pasión por el personaje de Hergé se mantiene vigente hoy: es de los incondicionales que buscan ejemplares en otros idiomas, rarezas o ediciones especiales —piezas que guarda con el brillo en los ojos del niño que encuentra un tesoro— de un personaje que ha marcado a varias generaciones de aventureros, curiosos o periodistas. 

Imagen de la fábrica de Arehucas, en Gran Canaria / AREHUCAS

Su apego por Tintín no es el único amor de infancia que aún prende en su corazón. Vecino del Estadio Insular, su pasión por la Unión Deportiva Las Palmas es de esas cuestiones que trascienden el fútbol: su relación con el equipo es familiar. Arehucas fue una marca vinculada al equipo hasta que la Ley del Deporte prohibió la publicidad de bebidas alcohólicas en competiciones con presencia de menores. Hasta ese punto en el tiempo, la compañía acompañó de cerca a la entidad de Pío XII y se convirtió en una especie de icono ligado a momentos felices: el primero, en la década de los 60, los años en los que la UD maravillaba al mundo con la pelota, al publicar una colección de pósteres patrocinada por la propia destilería en la que leyendas como Tonono, Guedes, Germán, Castellano, León o Martín Marrero posaban —vestidos de faena, con ese tono amarillo de la época— en un Insular que parecía un coliseo romano; el segundo, en 1996, con el nombre de la empresa estampado en el pecho de una camiseta que se convirtió en mítica por todo lo que significó —las pintaderas, Arehucas y el ansiado ascenso a Segunda División—.

De Asia a América

Esa camiseta habla de un sentimiento de pertenencia. Por la felicidad del momento —tras vagar durante cuatro años como un grupo de desheredados por Segunda B—, por supuesto por la UD Las Palmas y también por Arehucas. Porque, aunque parezca algo extraordinario —y más en estos tiempos de globalización—, la marca de una empresa puede significar para sus clientes algo más que el producto que vende. La destilería grancanaria, después de todo, ha estado presente en demasiadas celebraciones como para no ser tomada como algo propio.  Romerías, noches de marcha, carnavales, encuentros familiares, sobremesas… Su expansión más allá del Archipiélago, allá por los años 90, se festejó como un gol de Orlando Suárez en el último minuto por miles de universitarios de las islas repartidos por Madrid, Málaga o Barcelona. Su presencia en los pasillos de diferentes supermercados era como tener una ventana con vistas a casa.

Arehucas no tiene rival en Canarias. Copa más del 50 % del mercado en su sector —algunos estudios, incluso, apuntan a un 75 %—. Cerca de cumplir 140 años —celebrará el aniversario el 9 de agosto—, en los dominios de la compañía no se pone el sol: el 25 % de su producción ya se comercializa en países como China, Estados Unidos, Alemania, Suecia o Reino Unido. De Asia a América. Con más de 100 trabajadores en nómina, su crecimiento y evolución es algo excepcional dentro de los productos elaborados en las Islas. Entre 1894 y 1920, la industria azucarera fue principal actividad de La Fábrica de San Pedro —nombre original de la destilería—, que empezó a producir ron en 1895. Ese mismo año la calidad de sus licores le hizo valedora del título de proveedores de la Real Casa y Corte española —distinción concedida por la reina regente María Cristina de Austria—. 

Empresa familiar

Con todo, el destino de Arehucas quedó marcado por dos contrataciones. Para poner en marcha la destilería, iniciativa de la familia Gourié a finales del siglo XIX, llegó desde Granada un jefe de máquinas llamado Antonio Rodríguez Uribe. Este, pocos años después, empleó para la fábrica a un joven avispado que respondía al nombre de Alfredo Martín Reyes, que en 1918 se casó con la hija del hombre que le dio trabajo. El primero de los dos —Antonio— era el bisabuelo de Rafael Méndez; el segundo —Alfredo—, su abuelo.

Nuevo Arehucas Single Cask 2005 Palo Cortado Finish. / CEDIDA

Alfredo Martín, poco a poco, con paciencia, con una idea clara en la cabeza —siempre dos pasos por delante, como un buen jugador de ajedrez— compró las distintas partes de la empresa a la familia Gourié. En 1942 completó el puzle y Arehucas voló. Desde entonces, la compañía se expande más allá de Gran Canaria. Primero cautivó al mercado del Archipiélago y luego, ya con Carmen Martín al frente —madre de Rafael Méndez y clave en la renovación de la compañía al elegir a Lucio Iglesias Tello como director financiero—, sedujo al cleinte peninsular con sus rones jóvenes —Oro y Blanco—.

Por el camino adquirió Cocal y Artemi —competencia local—, constituyó una exportadora para abaratar costes —ya con Méndez al mando—, convenció a agricultores locales para que volvieran a la caña de azúcar —en Gáldar, Firgas o Pozo Izquierdo— y estableció una nave en Madrid para despachar su producto por España y Europa con celeridad —sin tasas aduaneras ni trabas burocráticas—. Con los Añejos —Reserva 18 años o Capitán Kidd—, ahora ha iniciado su asalto a mercados y paladares más exigentes, una apuesta que sitúa a la destilería en otro nivel.

Promesa a los empleados

Durante el COVID-19, el funcionamiento de la destilería fue ejemplar. Centró su tarea en producir alcohol sanitario y pactó con sus empleados una reducción de la jornada laboral y del salario con una condición: que los trabajadores recuperarían progresivamente, una vez de vuelta a la normalidad, el 100 % de su sueldo pero seguirían trabajando un día menos que en los meses previos a la pandemia provocada por el coronavirus. Hoy, en 2024, los empleados de Arehucas gozan de las condiciones prometidas.

Ya lo cantaban los Beatles. “Here comes the sun. Here comes the sun. And I say, it's alright. Little darlin', the smile's returning to their faces. Little darlin', it seems like years since it's been here”.