En aquella casa de El Cardón no había electricidad, pero sí siete lavadoras, un grupo electrógeno y dos personas dispuestas a trabajar mientras los demás dormían. Corría 1987 y Teresa Torres Rodríguez y su marido, Manuel Medina Artiles, habían descubierto que la ropa sucia podía convertirse en una oportunidad de negocio. Durante el día, él trabajaba de camarero en un restaurante de Fuerteventura. Por la noche, el matrimonio lavaba manteles y servilletas. No tenían una fábrica, ni empleados, ni una flota de camiones. Tampoco podían imaginar hasta dónde llegaría aquella aventura. Casi cuatro décadas después, Lavandería El Cardón se ha convertido en la mayor empresa de su sector en Canarias, con más de 500 trabajadores y una actividad estrechamente vinculada al principal motor económico del Archipiélago: el turismo.
La historia comenzó por una casualidad. Manuel Medina trabajaba en un restaurante cuyo maître se encargaba de lavar la mantelería. Cuando este se marchó de vacaciones, le dejó aquella responsabilidad. Medina aceptó el encargo y se llevó la ropa a casa, donde comenzó a lavarla con Teresa. Pronto descubrieron que el servicio estaba bien remunerado. Aquello que inicialmente parecía una tarea provisional terminó por convertirse en el origen de un negocio familiar. Solicitaron un crédito a La Caja Insular de Ahorros, compraron un generador para resolver la falta de suministro eléctrico y pusieron en marcha siete lavadoras domésticas de cinco kilos de capacidad.
El relato de aquellos primeros años rememora las dificultades, pero también la satisfacción de haber encontrado una actividad que permitía construir algo propio. La jornada laboral no terminaba cuando cerraba el restaurante. Continuaba en aquella vivienda, entre prendas que había que lavar, secar y devolver a tiempo. Teresa formó parte de ese esfuerzo desde el principio. Su nombre quedaría unido para siempre al de una empresa que adoptó la denominación del lugar donde había comenzado todo.
El origen
El Cardón es una localidad del municipio de Tuineje, en el sur de Fuerteventura. Allí nació una actividad que, con el paso de los años, terminaría por superar las fronteras de la isla. Su crecimiento estuvo estrechamente relacionado con la expansión turística del Archipiélago. Los hoteles necesitaban habitaciones limpias, camas preparadas y toallas disponibles cada día. Detrás de esa aparente normalidad existía un trabajo industrial que rara vez recibía la atención de los visitantes. Teresa Torres y Manuel Medina encontraron en esa necesidad cotidiana una oportunidad para desarrollar su empresa.
El salto desde las lavadoras domésticas hasta las instalaciones industriales no fue únicamente una cuestión de tamaño. Exigió incorporar maquinaria, organizar el transporte, ampliar las plantillas y responder a las necesidades de establecimientos que no podían permitirse interrupciones en el servicio. La empresa llegó a disponer de cuatro túneles industriales de lavado. En 2016, su planta de Tuineje era la mayor instalación de procesado de ropa de Canarias con capacidad para tratar hasta 100 toneladas diarias.
El crecimiento también obligó a mirar hacia el mar. La condición insular, que tantas veces representa un obstáculo para las empresas canarias, se convirtió en uno de los grandes desafíos de El Cardón. Desde Fuerteventura, la compañía comenzó a extender su actividad hacia Lanzarote. Posteriormente alcanzó Gran Canaria y Tenerife. El abaratamiento del transporte marítimo facilitó parte de esa expansión. Las claves para superar las dificultades geográficas se resumen con una expresión que siempre pareció una declaración de principios: “Barcos y valentía”.
La conquista
La expansión de El Cardón rompía, además, con una dirección habitual de los negocios en Canarias. No era una gran empresa de Tenerife o Gran Canaria la que desembarcaba en una isla periférica para ampliar su mercado. Era una compañía nacida en Fuerteventura la que conseguía hacerse un hueco en las islas capitalinas. El crecimiento del turismo proporcionaba clientes potenciales, pero también aumentaba la competencia y obligaba a realizar nuevas inversiones.
La empresa fue ampliando sus servicios hasta incorporar fórmulas como el alquiler de ropa de cama, baño y mantelería. Este sistema permitía a los establecimientos turísticos prescindir de la compra y almacenamiento de parte de sus textiles y contratar su suministro en función de las necesidades de ocupación. Para El Cardón suponía asumir nuevas responsabilidades: adquirir las prendas, mantenerlas, transportarlas y garantizar su disponibilidad.
En julio de 2018, Teresa Torres y Manuel Medina presentaron unas nuevas instalaciones en la calle Tomás Miller, en Las Palmas de Gran Canaria. Para entonces, la empresa contaba con 320 trabajadores y prestaba servicios en Fuerteventura, Lanzarote, Gran Canaria y Tenerife. Durante aquella inauguración, Teresa puso el acento en una realidad que suele quedar oculta detrás de las cifras de facturación: la diversidad de profesionales necesaria para mantener en funcionamiento una organización de aquellas dimensiones. Ingenieros, químicos, informáticos, abogados, comerciales, conductores y trabajadores de planta formaban parte de una estructura que había dejado muy atrás las siete lavadoras de sus comienzos.
Su intervención también permitía comprender hasta qué punto había cambiado el negocio. Aquella actividad doméstica, nacida para resolver el lavado de los manteles de un restaurante, se había convertido en una empresa que necesitaba conocimientos industriales, tecnológicos, jurídicos y logísticos. La ropa continuaba siendo la materia prima de su trabajo, pero la organización necesaria para procesarla pertenecía ya a otra escala.
Una familia
El crecimiento de Lavandería El Cardón también es la historia de una empresa familiar. Teresa Torres y Manuel Medina no solo compartieron el origen del negocio, sino que desarrollaron una organización en la que la siguiente generación comenzó a asumir responsabilidades. Los nombres de sus hijos aparecen vinculados a distintas sociedades y actividades empresariales. La continuidad familiar ha acompañado así la transformación de una iniciativa doméstica en un grupo con intereses que van más allá de la lavandería tradicional.
La trayectoria de Teresa presenta una particularidad. Aunque su nombre está unido a la fundación y administración de la compañía, buena parte de los relatos públicos sobre los primeros años han tenido a Manuel Medina como portavoz. Sin embargo, la documentación empresarial y los reconocimientos recibidos por Torres permiten identificar su papel en la dirección y el desarrollo de El Cardón. No se trata únicamente de la mujer que ayudaba a lavar manteles cuando comenzó la aventura, sino de una empresaria que ha permanecido al frente del negocio durante casi cuatro décadas.
La evolución de la compañía también se refleja en su estructura societaria. A finales de 2025, Framatea, una de las sociedades vinculadas al grupo, aprobó una operación para separar jurídicamente distintas unidades de negocio. De aquella reorganización surgieron sociedades específicas para actividades de lavandería en Gran Canaria y Fuerteventura, además de tintorería. Era otra muestra de la distancia recorrida desde los primeros años, cuando toda la actividad cabía en una vivienda sin electricidad.
El reconocimiento
En julio de 2026, Teresa Torres recibió el Premio Empresaria de Canarias concedido por CaixaBank. El reconocimiento llegaba después de 38 años de trayectoria al frente de Lavandería El Cardón. La entidad destacó su contribución al crecimiento de una empresa que había pasado de ser un pequeño negocio local a convertirse en la mayor lavandería industrial del Archipiélago. La plantilla superaba ya los 500 trabajadores y la compañía mantenía relaciones comerciales con importantes cadenas hoteleras nacionales e internacionales.
No era el primer reconocimiento a su trayectoria. En 2024 había sido distinguida en los Premios Más Mujer-BPW Canarias, una iniciativa dedicada a visibilizar el papel de las mujeres en distintos ámbitos profesionales y empresariales. Aquella distinción también puso el foco en su capacidad de trabajo y en una trayectoria personal que los organizadores describieron como marcada por las dificultades y la superación.
El crecimiento empresarial ha estado acompañado de iniciativas sociales y deportivas. El Cardón ha colaborado con proyectos de formación, actividades relacionadas con la integración laboral de personas con discapacidad y patrocinios vinculados a la lucha canaria. Son actividades que forman parte de la presencia pública de una compañía cuyo trabajo principal, paradójicamente, permanece lejos de la mirada de quienes utilizan diariamente sus servicios.
Porque millones de turistas llegan cada año a Canarias sin preguntarse quién lava las sábanas de sus habitaciones, quién prepara las toallas que encuentran en los baños o cuántas personas trabajan para que todo esté listo antes de que se abra la puerta de un hotel. La industria turística tiene un escaparate luminoso, formado por playas, piscinas, restaurantes y establecimientos alojativos. Detrás existe otra economía menos visible, integrada por empresas que permiten que esa maquinaria funcione. El Cardón pertenece a ese segundo mundo.
La luz
Teresa Torres ha dedicado buena parte de su vida profesional a una actividad que rara vez ocupa las portadas de los periódicos. Su empresa no vende vacaciones, pero contribuye a hacerlas posibles. No construye hoteles, aunque trabaja para que puedan recibir a sus clientes. Y no necesita aparecer en los folletos turísticos para formar parte de una industria de la que dependen miles de familias canarias.
El paso del tiempo ha cambiado prácticamente todo desde aquella primera noche de trabajo en El Cardón. Las siete lavadoras domésticas dieron paso a instalaciones industriales. Los manteles de un restaurante se multiplicaron hasta convertirse en toneladas de ropa. La pequeña actividad familiar se extendió por varias islas y el matrimonio que comenzó trabajando en su propia casa terminó al frente de una empresa con cientos de empleados.
Hay una imagen, sin embargo, que permite comprender toda esa transformación mejor que cualquier balance económico. La de Teresa Torres y Manuel Medina lavando ropa durante la noche en una vivienda de Fuerteventura que ni siquiera tenía electricidad. No sabemos si entonces pensaban en construir una gran empresa o simplemente en aprovechar una oportunidad para mejorar su situación. Lo que sí sabemos es que aquel trabajo fue el principio de todo.
Casi cuarenta años después, Teresa Torres ha recibido premios, ha visto crecer su empresa y ha participado en la construcción de una de las mayores organizaciones industriales de Canarias. Pero el verdadero tamaño de su historia no se mide únicamente en trabajadores, instalaciones o toneladas de ropa procesada. También se mide en la distancia que separa aquella casa sin luz de todo lo que vino después. Porque hay imperios que comienzan con grandes inversiones, poderosos socios y despachos importantes. El suyo empezó con siete lavadoras y un grupo electrógeno.
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