En un archipiélago marcado por el turismo de costa, aún existen lugares donde el tiempo parece haberse detenido. En el interior de Fuerteventura, lejos de las playas y los grandes núcleos urbanos, se esconde un pequeño municipio que guarda uno de los capítulos más antiguos de la historia del Archipiélago. Se trata de Betancuria, un enclave de poco más de 800 habitantes que conserva la iglesia más antigua de Canarias y que se ha convertido en un destino perfecto para una escapada cultural y tranquila.
Fundada en 1404, Betancuria celebra más de seis siglos de historia como el primer asentamiento europeo estable en Canarias. Pasear por sus calles empedradas es recorrer el origen de la identidad majorera y, en buena medida, del Archipiélago.
El origen de Canarias
La villa fue fundada por los normandos Jean de Bethencourt y Gadifer de La Salle, protagonistas de la conquista de Fuerteventura. El propio nombre del municipio deriva del apellido Bethencourt, dejando una huella que aún hoy define al lugar.
Durante siglos, Betancuria fue capital política y religiosa de la isla, un papel que mantuvo hasta el siglo XIX, cuando la capitalidad pasó a Puerto del Rosario. A pesar de ser el municipio más pequeño de Fuerteventura en extensión y población, su peso histórico es desproporcionadamente grande.
Un templo único
El gran símbolo del municipio es la Iglesia de Santa María, construida en 1410 y considerada el primer templo cristiano del Archipiélago. Su historia está marcada por ataques piratas y saqueos que obligaron a reconstrucciones sucesivas, lo que explica la mezcla de estilos gótico, mudéjar y barroco que hoy presenta.
Según los útlimos datos, los restos de los fundadores normandos reposan bajo sus cimientos, ya que en aquella época no existía cementerio. Frente al templo se abre la plaza central, punto de partida de un casco histórico declarado Bien de Interés Cultural, donde cada rincón remite al pasado colonial.
Conventos, ermitas y devoción
A escasos metros se encuentra el Convento de San Buenaventura, fundado por los franciscanos en el siglo XV. Durante generaciones fue el único centro educativo de Fuerteventura, donde se formaron numerosos habitantes de la isla.
La tradición religiosa se completa con la ermita de Nuestra Señora de la Peña, patrona insular, que custodia una de las imágenes marianas más antiguas de Canarias, solo superada por la Virgen de las Nieves de La Palma. También destaca la ermita de San Diego, situada en una cueva donde, según la tradición, el santo oraba a mediados del siglo XV.

Historia al aire libre
Betancuria funciona como un auténtico museo al aire libre. El Museo Arqueológico y Etnográfico del municipio permite conocer la vida aborigen, la etapa de la conquista y la evolución social de la isla a través de piezas arqueológicas, paleontológicas y etnográficas.
Todo ello se integra en el Parque Rural de Betancuria, un espacio natural protegido que conserva algunos de los paisajes más tranquilos y menos alterados de Fuerteventura. Barrancos, senderos y miradores convierten la visita en una experiencia pausada, alejada del turismo masivo.
Miradores con historia
En las inmediaciones se encuentran dos de los miradores más emblemáticos de la isla. El Mirador de Morro Velosa, diseñado por César Manrique, ofrece una panorámica privilegiada del centro y norte majorero.
Por su parte, el Mirador de Guise y Ayose permite contemplar el valle de Santa Inés y el casco histórico de Betancuria, presidido por las esculturas monumentales de los antiguos reyes aborígenes, que recuerdan que este lugar es raíces, memoria y origen.
Una escapada diferente
Con su gastronomía tradicional, su entorno natural y su legado histórico, Betancuria se presenta como una de las escapadas culturales más singulares de Canarias. Un pueblo pequeño en tamaño, pero enorme en historia.