6.500 kilos de generosidad y el enano que me acompaña

Agoney Melián, secretario de organización de la Confederación Española de Asociaciones de Jóvenes Empresarios (CEAJE). /Cedida

No sé en qué momento decidí que tenía que hacerle la vida más fácil a todo el mundo. Tampoco recuerdo que todo el mundo me lo pidiera. El caso es que tengo cierta facilidad para entrar en la vida de las personas como un elefante en una cacharrería, cargado con 6.500 kilos de generosidad y dispuesto a resolver problemas que, en ocasiones, ni siquiera me han contado todavía.

Yo llego, observo, me remango y empiezo. Un detalle por aquí, una preocupación que te quito por allá, algo que necesitas y que ya me estoy ocupando de conseguirte. Desde mi punto de vista, intento ser un tipo servicial, honesto, cariñoso, de esos que están. Subrayo lo de "desde mi punto de vista", porque estoy aprendiendo que las buenas intenciones también necesitan revisión y que entrar con tanto entusiasmo puede dejar al otro sin sitio para moverse.

Llevo un tiempo trabajando esto en terapia. De niño me sentí muy solo y quizás, en algún lugar de mi historia, empecé a convertirme en la persona que creía que los demás necesitaban. Alguien atento, disponible, capaz de darse cuenta. Quizás hay algo de aquel niño en esta costumbre mía de procurar que nadie se sienta desatendido cuando estoy cerca.

Cuidado

Y no hablo de dinero. He intentado hacerles la vida más fácil a personas que podrían comprarse unas cuantas veces la mía. Tener una cuenta corriente estupenda no resuelve todas las necesidades: también se puede necesitar compañía, una conversación o alguien que se acuerde de aquello que para los demás es una tontería y para ti resulta importante. A mí se me da bien acordarme. Lo que llevo peor es llegar a casa, después de tanta entrega, y escucharme preguntar: "¿Y yo, coño, para cuándo?".

Ahí empieza la parte incómoda de este artículo. Porque me parece que me porto muy bien con la gente y a veces siento que ni siquiera recibo un poquito de ese cuidado. Me decepciono, me enfado y repaso mentalmente todo lo que hice. Pero en ese repaso suelo pasar muy deprisa por un detalle: muchas de aquellas cosas las decidí yo, sin que nadie me las pidiera.

También me cuesta preguntarme cuánto espacio he dejado para que el otro haga algo por mí. Si me adelanto a todo, si siempre puedo, si nunca necesito, ¿cómo van a saber por dónde acercarse? Estoy aprendiendo a dejar alguna necesidad a la vista, a pedir y a esperar sin resolverlo todo antes de que a alguien le dé tiempo a venir.

Costumbre

Hay, además, una dificultad añadida: la costumbre. Cuando alguien recibe habitualmente tus 6.500 kilos de generosidad, puede acabar incorporándolos al paisaje. Ya estaban ahí cuando llegó. Y cuando un día decides cargar menos, hay quien se enfada, como si estuvieras incumpliendo una obligación que nunca supiste que habías firmado. Eso duele.

Aunque también tengo que contar qué hago yo con ese dolor, porque soy bastante pendular. Te entrego mi bola de cristal, con toda la confianza y toda la ilusión, y cuando siento que la has traicionado puedo pasar de dártelo todo a no querer que vuelvas a aparecer en mi vida. En medio debe de haber un territorio bastante habitable que yo todavía estoy aprendiendo a visitar. Un lugar donde pueda decir que algo me ha dolido, poner un límite y darme tiempo antes de decidir.

Estos días me acompaña una pregunta que me baja bastante los humos: ¿cómo no va a fallarme la gente si a veces me fallo hasta yo? Me hago promesas que incumplo, me descuido, me exijo cosas imposibles. Quizás pueda concederles a los demás algo de esa humanidad, sin tener que quedarme donde me hacen daño.

Nuevo viaje

En una de las últimas sesiones, mi psicóloga me preguntó qué enano iba a llevarme en la barca de este nuevo viaje. Reconocí enseguida al mío: ese que se entusiasma, empieza a repartir y se olvida de medir; el que ocupa tanto espacio dando que luego no sabe dónde ponerse para recibir. Cuando me preguntó qué iba a hacer para mantenerlo a raya, mi primera ocurrencia fue reñirlo. Ella puso entonces la cara que, seguramente, pondría él: una sonrisa traviesa de "sí, sí, seguro que te voy a hacer caso". Me reconocí hasta en aquella risa. Tengo bastante experiencia riñéndome y tampoco puedo presumir de grandes resultados. Así que estoy buscando otras maneras.

En lo laboral, una de ellas pasa por construir una estructura y apoyarme en personas que me ayuden a poner medida. Ahí está Ana Díaz, nuestra nueva directora de operaciones, a quien empiezo a ver también como arquitecta de la medida y la justicia. Ana tiene una mezcla de empatía, templanza y sentido de lo justo que me viene muy bien tener cerca. Aprender a construir con ella implica aceptar que mi manera de hacer las cosas puede necesitar compañía, criterio y algún freno.

Más despacio

En lo personal voy haciendo ese trabajo más despacio. Me toca aprender a perdonar y a perdonarme, porque demasiadas veces acabo convencido de que cualquier problema con alguien tiene que ser culpa mía. Ese látigo también cansa.

No quiero dejar de ser generoso. Me gusta esta parte de mí y hay muchísimas personas a mi alrededor con las que merece la pena compartirla. Quiero aprender a reconocerlas, a cuidar esos vínculos y a dejar que me quieran sin salir corriendo a devolverles el gesto.

Al enano voy a llevármelo. Cuando se empeñe en cargar con todo, voy a sentarlo a mi lado y a abrazarlo con la paciencia que tantas veces he tenido para los demás. Le recordaré que hay gente buena cerca, que podemos soltar los remos un rato y que no hace falta resolverle la vida a todo el mundo para merecer que alguien nos quiera. Quizás así consiga que aquel niño que se sintió tan solo empiece, por fin, a descansar.

Voy a seguir saliendo al mundo con mis 6.500 kilos de generosidad. Pero en esta travesía quiero llegar entero, con sitio en la barca para quienes me quieran de verdad y con la valentía de dejarme cuidar. Y si alguna vez vuelvo a olvidarme de mí, quiero saber regresar a aquel niño, mirarlo a los ojos y cumplirle esta promesa: esta vez tú también vienes. Esta vez no voy a dejarte solo.

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