Bad Bunny y los sabelotodo de la M-30

Las críticas al show de Bad Bunny revelan una concepción centralista y caduca de la Hispanidad: España no perdió influencia, la transformó en una plataforma cultural mestiza que hoy late —nos guste o no— en el Caribe, en América y también en Canarias

Bad Bunny y los sabelotodo de la M-30. / EFE
Bad Bunny y los sabelotodo de la M-30. / EFE
Martín Alonso

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El lunes, pocas horas después de que durante la noche anterior nos dieran la brasa explicando los resultados de las elecciones autonómicas de Aragón, el grupo habitual de sabelotodos que pululan dentro de la M-30 y que se multiplican como setas por internet intentó sentar cátedra e ilustrarnos sobre todo lo que —supuestamente— estuvo mal en el espectáculo que firmó Bad Bunny durante el mediotiempo de la Super Bowl. Ya saben, hay que comer y tener contento al público cautivo.

Los palos más repetidos fueron la ausencia de España —o de la idea de Hispanidad— y el desprecio al reguetón —considerado expresión cultural menor— en un show que funcionó como una carta de amor a Puerto Rico —los cañaverales de azúcar, el dominó, el boxeo, el hielo raspado con sirope, la flor de maga, el Caribbean Social Club de Toñita, los apagones…— y un canto orgulloso al mundo latino justo en el punto álgido de la cacería de la Administración Trump a través del ICE.

Aunque van de modernos y muchos aún pretenden ejercer como enfants terribles, su concepción de España y del mundo hispano sigue anclada en el Desastre del 98. Viven todavía en aquella fotografía sepia de derrota, como si el país hubiese quedado congelado en el instante en que perdió sus últimas colonias. Desde ahí juzgan lo que ocurre al otro lado del Atlántico.

Plataforma cultural

Pero la verdadera fuerza histórica de España no fue conservar un imperio hasta el infinito. Fue algo más profundo y duradero: haber articulado durante siglos una gigantesca plataforma cultural compartida basada en un idioma común y en un proceso de mestizaje que, con todas sus sombras —esclavitud, jerarquías raciales, violencia; la historia de la humanidad hasta aquí—, terminó generando una comunidad cultural autónoma, viva y diversa.

Bad Bunny Lady Gaga interpretan ‘Baile inolvidable’ en la Super Bowl. / EFE
Bad Bunny Lady Gaga interpretan ‘Baile inolvidable’ en la Super Bowl. / EFE

El español no pertenece a ningún ministerio ni a ningún tramo de circunvalación. Es una lengua hablada por cientos de millones de personas que la transforman a diario. Se reinventa en San Juan, en Bogotá, en Ciudad de México, en Buenos Aires o en Las Palmas. Pensar que solo es legítima la versión que se habla en Madrid y alrededores es no haber entendido nada de cómo funcionan las lenguas ni de cómo evoluciona la cultura.

Algo parecido ocurre con la Hispanidad. No es únicamente un desfile el 12 de octubre retransmitido desde la Castellana. Es un espacio cultural mestizo que hoy produce literatura fronteriza, cine caribeño, música urbana, humor viral y nuevas narrativas que circulan sin pedir permiso a ningún centro político. El eje ya no es geográfico. Es cultural. Y ese eje es plural.

En un documental, René Pérez Joglar, líder de Calle 13, explicaba que lo mejor que dejaron los españoles en América fue el acordeón. La frase es provocadora, pero contiene una intuición poderosa: lo que perdura no es el decreto, es el instrumento. No es la bandera, es la música.

El acordeón viajó, se mezcló y echó raíces propias en Colombia, en México, en el Caribe. ¿Quién lo toca hoy en España como elemento central de su cultura popular? Muy pocos. En América, en cambio, sigue latiendo en el vallenato, en el norteño, en el merengue. Ese viaje y esa transformación explican mejor la Hispanidad real que cualquier consigna.

¿Expresión cultural menor?

Y en esa misma lógica encaja el empeño por despreciar el reguetón como si fuese una expresión cultural menor. Como si sus ritmos lo invalidaran. Como si sus letras sexualizadas constituyeran una anomalía histórica. ¿Qué quiere, qué canta, qué fantasea cualquier joven de veintipocos años? Amor, deseo, estatus, fiesta, poder, rabia. Exactamente lo mismo que han cantado el bolero, el rock, la copla o el flamenco en sus respectivos contextos.

La superioridad con la que algunos despachan el reguetón suele esconder un prejuicio de clase y de geografía. Lo urbano latino incomoda porque no nació en sus conservatorios ni en sus suplementos culturales. Porque no responde a los códigos que aprendieron a considerar legítimos. Nadie está obligado a disfrutarlo. Pero convertir el gusto personal en jerarquía cultural objetiva es volver a pensar que existe una escala universal dictada desde un centro.

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Bad Bunny, durante el su show en el Levi's Stadium de Santa Clara. / EFE

El problema de quienes habitan mentalmente la M-30 no es que critiquen a Bad Bunny. Es que siguen creyendo que la identidad cultural se exporta intacta desde Madrid hacia el resto del mundo. No comprenden por qué su mensaje no cala en Euskadi, en Cataluña, en Galicia o en Canarias porque parten de una única idea posible de España: homogénea, vertical, normativa.

Frontera y puente

Y, perversamente —o quizá afortunadamente— en Canarias sabemos de lo que hablamos. Somos frontera y puente. Reconocemos en el Caribe códigos que nos resultan familiares: cañaverales de azúcar, el dominó, el boxeo, el acento diferente, el reguetón, la flor de maga, los apagones... Entendemos que la identidad no es una pieza de museo sino un proceso en movimiento. Que la cultura no se conserva en formol: se mezcla, se adapta, se resignifica.

Quedarse en la idea que enraizó en 1898 es seguir mirando la historia en clave de pérdida. Entender el presente implica asumir que aquella plataforma cultural —imperfecta, contradictoria, pero extraordinariamente fértil— sigue produciendo mundo. Lo hace en clave mestiza, lo hace desde América, lo hace en ritmos urbanos, lo hace en escenarios globales.

Y lo hace sin necesidad de pedir permiso a la M-30. Así que hagan caso a Bad Bunny y recuerden el mensaje que lanzó el domingo desde Santa Clara: "mi nombre es Benito Antonio Martínez Ocasio y, si hoy estoy aquí en el Super Bowl LX, es porque nunca dejé de creer en mí. Tú también deberías creer en ti. Vales más de lo que piensas, créeme". Aprovechen el Carnaval para perrear solas o disfrutar de bailes inolvidables.