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El secretario de organización de CEAJE, Agoney Melián. /CEDIDA

La Cazuela

Cuando yo era pequeño, mi abuela tenía una cocina pequeñita y viejita, de madera, con unas puertas correderas en la parte de abajo que ella misma pintaba de blanco con un pincel cada vez que comenzaban a estropearse. Detrás de aquellas puertas guardaba los calderitos y otros cacharros cuyo nombre yo todavía no conocía. Mientras cocinaba, en algún momento me decía: «Alcánzame la cazuela». Yo me agachaba, abría aquel pequeño armario y buscaba el recipiente que ella necesitaba. Para quien no lo sepa, una cazuela es, sencillamente, el lugar donde metemos la comida para cocinarla. No parece una definición capaz de cambiarle la vida a nadie, pero últimamente he descubierto que algunas de las lecciones más importantes caben detrás de dos puertas correderas pintadas a mano.

Durante muchos años he repetido esa expresión de «yo me lo guiso y yo me lo como». La utilizamos cuando nadie nos ayuda, cuando asumimos una decisión completamente solos o cuando un problema que tenía muchísimos padres mientras todo iba bien se queda huérfano justo en el momento de pagar la factura. En el mundo de la empresa hay personas con una habilidad prodigiosa para sentarse a la mesa cuando la comida está servida y desaparecer en cuanto alguien pregunta quién friega los platos. Yo me he guisado y me he comido muchas cosas, algunas extraordinarias y otras bastante difíciles de tragar, pero solo ahora empiezo a comprender que, si uno va a vivir de esa manera, debería hacerse antes una pregunta esencial: ¿en qué cazuela está cocinando?

Nos preocupamos muchísimo por los ingredientes. Queremos talento, dinero, contactos, amor, clientes, reconocimiento y un equipo comprometido. También estudiamos las recetas, leemos libros, escuchamos pódcast y seguimos a personas que aseguran conocer los siete pasos definitivos para alcanzar el éxito antes del desayuno. Sin embargo, casi nunca observamos el recipiente. Podemos tener una receta magnífica, pero si la cazuela es demasiado pequeña, está agrietada o no soporta la temperatura, todo acabará derramándose por mucho entusiasmo que le pongamos al sofrito.

Hace poco estaba sentado en mi restaurante, tomando un café con Ana, nuestra nueva directora de Operaciones. Hablábamos de lo difíciles que habían sido para mí estos últimos años, tanto en lo empresarial como en lo personal. Le contaba cuánto me había esforzado, las decisiones terribles que había tomado y ese síndrome del impostor que aparece de vez en cuando para preguntarme, con una puntualidad admirable, si de verdad merezco estar donde estoy. Yo le decía que, a pesar de todos mis errores, había algo que sí sabía: soy un currante. Detrás de lo construido hay una cantidad inmensa de trabajo y, aunque muchas cosas se hayan hecho rematadamente mal, nunca he dejado de dar la cara.

Ana me conoce desde hace muchos años. Me miró, sonrió y comenzó a hablarme de esa manera que tengo de sonreírle a la vida, de observarla con optimismo y de imaginar a largo plazo cosas que a veces todavía no existen ni en PowerPoint. Me dijo que esa forma tan mía de pensar y crear me convertía en la gallina de los huevos de oro. La frase ya era generosa, pero entonces añadió que, en algún momento, alguien había decidido meter a la gallina dentro de la sopa. Por eso, probablemente, una de sus primeras responsabilidades como directora de Operaciones consistiría en sacar a la gallina de los huevos de oro de la cazuela.

Me hizo muchísima gracia. No todos los días uno descubre, mientras se toma un café en su propio restaurante, que lleva años siendo cocinado lentamente por su propia empresa. La imagen era absurda, pero también exacta. Habíamos cuidado los proyectos, los clientes y todas las urgencias, pero no siempre a la persona que debía seguir generando valor. Teníamos una gallina de los huevos de oro y, en lugar de darle agua, espacio y tranquilidad, habíamos decidido acompañarla con papas y subir el fuego.

Esto no me ocurre solo a mí. Cuando alguien es bueno, responsable y resolutivo, suele recibir como premio más trabajo y la maravillosa oportunidad de hacerse cargo de todo aquello que los demás no resolvieron. Lo llamamos confianza o cultura del esfuerzo porque «estamos agotando a la persona que sostiene el sistema» queda peor en una reunión. También sucede con quienes emprenden. Al principio hacen de todo. Esa capacidad los salva durante una etapa y, precisamente por eso, acaba convirtiéndose en una condena. La empresa crece, pero la cazuela sigue siendo la misma.

Ana me hizo comprender que la cazuela no era únicamente la estructura de mi empresa. La cazuela también era yo: mi cabeza, mi cuerpo, mi energía y mi capacidad de ilusionarme. Si el recipiente se rompe, da igual lo extraordinaria que sea la receta. Y si para que un negocio, una relación o un proyecto continúe vivo es necesario que una persona se abandone, quizá no estemos ante una historia de éxito, sino ante una cocción demasiado lenta para reconocer lo que se está quemando.

Por eso llevo tiempo trabajando mi salud mental con Lola, mi psicóloga, una profesional a la que quiero y admiro muchísimo. Pedir ayuda no me ha hecho menos fuerte. Me está permitiendo comprender por qué necesito ocuparme de todo y por qué he confundido ser imprescindible con estar haciendo bien las cosas. Cuidar la cazuela también significa revisar sus grietas y dejar de presumir de resistencia cuando lo que necesitamos es descanso.

Pero la salud mental no puede convertirse en una conversación preciosa mientras olvidamos el cuerpo que transporta nuestra cabeza. El otro día impartí un curso y pasé más de ocho horas de pie. Al terminar me dolían las piernas y estaba agotado. Mi primera tentación fue pensar que uno va cumpliendo años, una forma elegantísima de responsabilizar al calendario de lo que hemos dejado de hacer nosotros. La verdad era menos dramática: llevaba demasiado tiempo sin entrenar. No estaba mayor, estaba desentrenado. Así que hoy volví al gimnasio para comenzar a reconstruir el músculo que debe sostener la vida que quiero llevar.

También el cuerpo es una cazuela. Necesita cuidados y avisa cuando la temperatura es excesiva. El problema es que solemos tratar esos avisos como una alarma molesta: la apagamos para poder continuar con el incendio. Dormimos poco, dejamos de movernos y convertimos el cansancio en una medalla corporativa. Después nos sorprendemos cuando nos duele todo, como si el organismo hubiera incumplido un contrato que nunca firmó.

Elegir bien la cazuela no significa vivir con miedo ni apagar el fuego. Sigo creyendo en la intensidad, los sueños grandes y el trabajo por aquello que merece la pena. No quiero una vida templada ni una empresa decorativa. Quiero fuego, pero un fuego elegido. Quiero una estructura capaz de sostener mis proyectos, relaciones donde el cuidado viaje en las dos direcciones y un cuerpo preparado para acompañarme hasta los lugares a los que todavía quiero llegar.

Ahora entiendo mejor aquella cocina de mi abuela. Ella sabía qué recipiente necesitaba antes de empezar a cocinar. No intentaba meterlo todo en cualquier caldero ni culpaba a la cazuela por no soportar una temperatura para la que no estaba hecha. Yo he tardado bastante más en aprenderlo. He querido resolver vidas enteras con estructuras pequeñas, he colocado demasiado peso sobre las mismas personas y, en ocasiones, me he metido a mí mismo dentro de la sopa mientras seguía preguntando por qué nadie vigilaba el fuego.

Seguiré guisándome muchas cosas y, por supuesto, seguiré comiéndome las consecuencias de mis decisiones. Esa responsabilidad forma parte de mi libertad y no pienso renunciar a ella. Pero antes de volver a subir la temperatura miraré el tamaño, las asas y las grietas. Preguntaré si esa cazuela puede sostener lo que estoy construyendo y, sobre todo, si para alimentar el futuro estoy cocinando a la persona que debe hacerlo posible. Porque podemos tener los mejores ingredientes, conocer todas las recetas y sentar a la mesa a gente maravillosa, pero nada de eso sirve si olvidamos cuidar aquello que lo sostiene. Algunas veces hay que cambiar la cazuela. Y otras, como me enseñó Ana entre sonrisas y café, lo más urgente es sacar de la sopa a la gallina de los huevos de oro.

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