Cada vez que escucho cómo se pita el himno nacional, siento algo difícil de explicar. No es enfado. Es tristeza.
Tristeza porque, más allá del ruido, percibo una desconexión profunda. Una ruptura silenciosa con aquello que, al menos en teoría, debería unirnos. Y no hablo de ideologías ni de bandos. Hablo de algo más básico: el respeto compartido.
Se argumenta —con respaldo legal— que estas pitadas forman parte de la libertad de expresión. Y probablemente sea cierto. Pero no todo lo que es legal contribuye a la convivencia. Hay gestos que, sin ser delito, reflejan algo más preocupante: la erosión de los mínimos comunes.
Algo compartido
Porque un himno, una bandera o un escudo no son perfectos. No representan una verdad única ni una historia sin sombras. Pero sí simbolizan un punto de encuentro. Un intento —imperfecto, como todo lo humano— de reconocernos como parte de algo compartido.
Cuando ese punto de encuentro se convierte en objeto de desprecio, la pregunta ya no es jurídica, sino social: ¿qué nos queda en común?
Quizá el problema no esté en quien pita, sino en lo que hay detrás. En esa desvinculación afectiva que lleva a algunos a rechazar no solo los símbolos, sino la propia idea de pertenencia. Y en paralelo, en una sociedad que parece haber dejado de transmitir con claridad valores como el respeto, la empatía o la convivencia.
Clima político
Tampoco ayuda un clima político que, con demasiada frecuencia, encuentra rédito en la confrontación. La división moviliza, fideliza, simplifica. Pero también desgasta. Y, poco a poco, va dejando un poso difícil de revertir: el de una sociedad que ya no se reconoce a sí misma.
No es casualidad que, en ese contexto, se instale una cierta sensación de desánimo colectivo. Una especie de fatiga cívica en la que todo se cuestiona, pero poco se reconstruye. Donde es más fácil señalar que proponer, y más cómodo dividir que intentar comprender.
Quizá por eso, lo verdaderamente inquietante no sea escuchar cómo se pita un himno, sino comprobar que cada vez resulta más difícil encontrar algo que merezca ser respetado por todos. Porque una sociedad no se mide solo por sus derechos, sino también por los vínculos que es capaz de sostener.
Y tal vez la pregunta incómoda —pero necesaria— sea esta: si ya no compartimos ni siquiera lo simbólico… ¿qué nos queda?
