El dolor que no prescribe

Más de 850 vidas truncadas por ETA y una herida que sigue abierta por la ausencia de una justicia completa

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Carlos Ruiz.

El derecho a la vida no es negociable. No admite matices, ni cálculos, ni estrategias. Es el pilar sobre el que se sostiene cualquier sociedad democrática. Cuando ese derecho es vulnerado de forma sistemática, cuando el dolor se instala de manera irreversible en cientos de familias, lo mínimo exigible a sus representantes públicos es respeto, memoria y una integridad moral incuestionable. Sin embargo, demasiadas veces asistimos a lo contrario: una preocupante frivolización del sufrimiento y una alarmante falta de empatía hacia quienes lo han perdido todo.

El terrorismo dejó tras de sí una huella imposible de borrar: más de 850 asesinados, miles de heridos, secuestros, extorsión y un legado de miedo que marcó a varias generaciones. A ello se suma una herida aún abierta: más de 300 crímenes sin resolver, que condenan a muchas familias a una incertidumbre perpetua. Hablar de todo ello no es anclarse en el pasado, sino ejercer un deber moral con la verdad, la justicia y la memoria.

En este contexto, resulta especialmente doloroso observar cómo determinadas decisiones políticas parecen priorizar intereses coyunturales sobre principios fundamentales. La concesión de beneficios penitenciarios o el acercamiento de presos que no han colaborado ni han mostrado un arrepentimiento claro y verificable plantea un dilema ético profundo. No se trata de cuestionar el Estado de derecho, sino de recordar que la justicia no puede desvincularse de la dignidad de las víctimas.

Libertad de 'Anboto'

El caso de María Soledad Iparraguirre, conocida como Anboto, es paradigmático. Su trayectoria dentro de la organización terrorista refleja no solo implicación, sino liderazgo en la planificación y ejecución de atentados. Su historial delictivo, ampliamente acreditado en sede judicial, la sitúa entre las figuras más relevantes de aquella estructura criminal. Y, sin embargo, la ausencia de una ruptura explícita con ese pasado violento sigue siendo una cuestión que interpela directamente a la conciencia colectiva.

La memoria de las víctimas no puede convertirse en moneda de cambio. Tampoco puede diluirse en equilibrios parlamentarios ni en cálculos de estabilidad política. Una democracia sólida no se mide solo por su capacidad de gestionar mayorías, sino por su firmeza a la hora de preservar sus principios, especialmente cuando estos afectan a los más vulnerables.

Conviene preguntarse, con honestidad, si determinadas decisiones serían las mismas si quienes las toman hubieran experimentado en primera persona ese dolor irreparable. Probablemente no. Y esa distancia emocional es, precisamente, lo que hace aún más necesario un compromiso ético inquebrantable.

Recordar no es reabrir heridas; es impedir que se cierren en falso. Es reivindicar la dignidad de quienes ya no pueden hacerlo y acompañar a quienes siguen esperando justicia. Porque sin memoria, sin verdad y sin respeto, la convivencia se debilita y la democracia pierde parte de su sentido más profundo.