Txeroki en semilibertad: cuando el Estado falla a las víctimas

La cesión penitenciaria a condenados por terrorismo como síntoma de un deterioro institucional que erosiona la justicia, la memoria y la dignidad de las víctimas

Carlos Ruiz.

Hoy, al leer la noticia, sentí algo difícil de explicar sin indignación: estupor. No por sorpresa, sino por hastío. Porque cuando lo aberrante se convierte en rutina institucional, el problema ya no es la noticia: es el país.

España atraviesa una crisis profunda de legitimidad y funcionalidad. Un país donde el Gobierno pierde la capacidad de ejercer un control efectivo; donde las instituciones se debilitan, la corrupción se normaliza y el Estado de derecho se erosiona peligrosamente. En ese contexto, la política penitenciaria actual no es un error: es una consecuencia directa de pactos políticos y cesiones indignas a socios de investidura como EH Bildu.

La semilibertad concedida a Txeroki no es una decisión técnica ni humanitaria. Es una amnistía encubierta. No hay arrepentimiento explícito, no hay colaboración con la justicia, no hay verdad. Hablamos de un terrorista condenado a más de 300 años de prisión, responsable de una violencia planificada y ejecutada con frialdad, capaz de deshumanizar a sus víctimas para asesinarlas sin culpa ni empatía.

ETA dejó tras de sí más de 850 muertos, 2.600 heridos y cerca de 90 secuestrados. No son cifras: son vidas rotas, familias destruidas, duelos traumáticos marcados por la violencia súbita, evitable y cobarde. El terrorismo no solo mata: quiebra para siempre la sensación de seguridad, de justicia y de sentido.

Ausencia de empatía

Txeroki no es un símbolo político ni un preso más. Es el encapuchado cobarde con necesidad constante de validación, incapaz de asumir responsabilidades. Un perfil frío, calculador y paranoico, con rasgos claros de personalidad antisocial: ausencia de empatía, remordimiento inexistente y una indiferencia total ante el sufrimiento ajeno. El autócrata del mal, centrado exclusivamente en sus propias necesidades y frustraciones.

Quienes hoy blanquean estas decisiones desde despachos cómodos traicionan a las víctimas y humillan su memoria. Y quienes cooperaron, justificaron o miraron hacia otro lado cargan —y cargarán— con una responsabilidad moral imposible de eludir.

Verdad, justicia, memoria y dignidad para las víctimas del terrorismo.

Sin atajos. Sin cesiones. Sin vergüenza ajena.

Ni olvido. Ni perdón.

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