El teatro sigue siendo esa representación de los sueños que, como tales sueños, solo podemos ver cada vez que alguien logra hacernos saltar a otra dimensión, convirtiendo el tiempo y el espacio real en algo imaginado, recreado desde un escenario; pero con la necesidad de que sea cada espectador quien lo termine imaginando en su propio pensamiento. El cine y las series también nos regalan muchas horas de recreación emocionante, pero no es diferente cada vez que lo observas, siempre es la misma escena y, quienes interpretan, repiten una y otra vez la misma interpretación. El teatro, en cambio, nunca se repite aunque el texto se repita siempre.
El pasado fin de semana asistí en la Sala Insular de Teatro a la representación de la obra escrita por Javier Estévez, Las estrellas fugitivas. Espero que se represente en muchos sitios y animo a los programadores culturales de las islas a que contacten con sus creadores para que la puedan ver en muchos lugares. Habla de las estrellas, de la vida, del amor y de los sueños. Ya Javier había logrado esa alquimia en sus textos anteriores, tanto en teatro como en novela o en sus recreaciones literarias sobre el mundo del azar y de los sentimientos.
Director, actores...
Antes de seguir hablando de Javier sí quiero nombrar a quienes hicieron posible que voláramos alto el pasado fin de semana en la sala del Cabildo de Gran Canaria. El director fue Rafael Rodríguez y al escenario se subieron los actores Jon Arráez, José Oliva, Miguel Morales y la actriz María Quintana. En la adaptación de la compañía 2RC Teatro también destaca la asesoría dramatúrgica de Luis O'Malley. El teatro requiere de un trabajo en equipo, de la suma de muchas almas y de muchos años de oficio, para que el milagro del arte sea posible.
Javier Estévez siempre cuenta que le debe casi todo su acercamiento literario a la catedrática de Literatura del Instituto de Guía de Gran Canaria, María Teresa Ojeda. Yo también he confesado muchas veces que si soy escritor es por mis profesoras de Literatura, pero principalmente por los dos años en que María Teresa Ojeda me acercó a la poesía y a lo que había mucho más allá de la palabra escrita.
Me acordé de ella cuando en la obra de Javier se hablaba de la estela de luz y de la vida que va creando una estrella fugitiva antes de colapsar y después de alejarse de su órbita y de la compañía de las otras estrellas con las que surcó el universo millones de años. Y me he acordado más todavía de María Teresa leyendo estos días el libro Nada reseñable de Jonás Vega Morera, la tercera novela que escribe el periodista y escritor guíense residente en Madrid desde hace más de treinta años. Jonás también fue alumno de María Teresa, es mucho más joven que yo, y un poco más joven que Javier; pero los tres le debemos nuestro destino literario a esa mujer siempre alejada del foco que convertía cada una de sus clases en un espacio mágico e inspirador.
Avanzar y escribir
Me viene a la mente, la novelista Ángela Ramos como otra de sus alumnas; pero es que son muchísimas las personas a las que les cambió el destino desde un instituto público al que muchos de nosotros lo consideramos como nuestra pequeña universidad, por ella y por todo el elenco de docentes que allí coincidieron. En mis años de instituto, además, la directora era mi tía Eladia García, catedrática de Latín, y por tanto decisiva también en mi acercamiento al mundo de las letras, como también lo fueron, en mi caso, Eduardo Perdomo, Paloma Bermejo o María Teresa Arias.
Todo esto que escribo tiene que ver con la coincidencia en el tiempo de las obras de Javier y de Jonás. El 9 de abril presento la magnífica novela de Jonás Vega Morera en la Biblioteca Pública del Estado de Las Palmas de Gran Canaria, y la estaba leyendo el mismo día en que por la noche fui a ver Las estrellas fugitivas de Javier Estévez. Creo que el homenaje más hermoso que le podemos hacer a esa mujer que tanto cambió nuestras vidas es seguir avanzando y escribiendo obras para que el mundo pueda ser un poco más fraterno y descifrable, aunque ya aprendimos con ella lo que luego nos contó Faulkner del proceso de escribir, que uno enciende un fósforo en una habitación oscura no para ver la claridad, sino para poder vislumbrar un poco más en la oscuridad que nos rodea desde que llegamos a esta vida sin saber de dónde veníamos y hacia dónde terminaremos yendo, como esas estrellas que nos regalaron cada uno de nuestros misteriosos átomos. También los átomos literarios, que quizá sean los que más nos aproximan a ese misterio que no habrá Artemis que lo descifre.
La fotografía que ilustra este artículo, con los participantes en la puesta en escena de Las estrellas fugitivas, es de Gustavo Martín
