Los nispereros y las jacarandas

Teherán está lleno de niños, de nispereros y de jaracandas. Si somos realmente racionales no podemos olvidarlo

Santiago Gil.

Que el ser humano es racional es algo que tenemos que repetir como un mantra porque así nos lo enseñaron, como nos enseñaron que los animales o las rocas de la playa no lo eran. Lo que sucede es que llega un momento, desde el patio del colegio, cuando lees las páginas de sucesos o cuando convives con alguna guerra, lejana o cercana, en que te das cuenta de que ese axioma que aprendimos en el colegio se desmorona y carece de sentido. Sí habrá muchos seres humanos racionales e inteligentes, pero los que abundan son seres codiciosos, egoístas y abusadores.

Uno lee las noticias de la guerra de Oriente Próximo y duda de esa condición cerebral de los humanos. Todos son fanáticos irracionales de dioses que no cuentan con ninguna prueba racional o científica, o de banderas que no dejan de ser telas coloreadas. Y entre todos esos supuestos racionales sí que hay consenso para matar despiadadamente a inocentes y para terminar con muchas de las fuentes de energía de las que depende la vida en el planeta. Y eso sin olvidar a Putin o al de Corea del Norte, todos con armas nucleares capaces de hacernos desaparecer en unos pocos minutos.

Estos días en Gran Canaria florecen las jacarandas y dan sus frutos los nispereros. Cuando uno los observa, después de leer en los periódicos que las borrascas de toda la vida, o por lo menos de toda mi infancia, nos pueden llevar por delante, se da cuenta de que el mundo está bien y de que los que están como jairas son los seres humanos. Los nispereros son para mí los árboles proustianos. No viajo al pasado mojando una magdalena en el té. Yo llego directamente a la infancia cada vez que me acerco a uno de sus árboles, si es posible a primera hora de la mañana, y seco el agua de la tarosada de su fruto antes de llevármelo a la boca.

Reconciliarse con la vida

Si cierro los ojos, el mundo está bien, y hasta creo que los seres humanos son racionales, su sabor me trae personas que ya no existen, recuerdos de amigos que no veo hace años, y me lleva a ser aquel niño que casi habitaba en esos árboles durante varias semanas, cerca de los pájaros, que nunca se espantaban, porque sabían que nosotros no les íbamos a disparar como hacían los que desde entonces se iban a los campos con escopetas de balines para matar pájaros por pura maldad, esa maldad que luego, cuando crecen, les lleva a disparar tomahawks, misiles o todos esos drones que ahora caen como el granizo de aquellos años.

Debajo de un nisperero, o mirando el mar desde una costa en la que no haya nadie, me reconcilio con la vida, y así creo que seguirá esa vida cuando estos seres racionales que supuestamente somos nosotros terminemos con nuestro harakiri diario en todos los puntos cardinales del planeta. Los perros que tenemos cerca callan cuando escuchan y ven nuestros telediarios. No es que no entiendan, es que prefieren callar y mirar a los pájaros y a las jacarandas antes que a nosotros. También creo en las jacarandas, en el milagro de esos árboles que cuando florecen dicen que traen la suerte a quienes están cerca. Teherán está lleno de niños, de nispereros y de jaracandas. Si somos realmente racionales no podemos olvidarlo.