Las guerras no llegan de repente. Se ven venir, aunque a veces no lleguemos a verlas nosotros. El choque entre Irán e Israel era una de esas contiendas inevitables: por religión —los dos cada vez más en los extremos de sus respectivas creencias y llevando ese extremismo a los ámbitos civiles, militares e institucionales—, por todo el dinero que se mueve en la zona y porque los que están detrás de la industria armamentística necesitan activar de vez en cuando un polvorín para que luego todo el mundo compre más metralletas que libros, más obuses que mercrominas, y también para que dejemos de confiar en el ser humano, en la fuerza del amor, y para que nosotros, los ilusos, admitamos de una vez que el ser humano, como nos advertía Hobbes, no es más que un lobo para el ser humano. Todos esos peligros están latentes en muchos puntos del planeta, y hay guerras sin ecos mediáticos y sin petróleos en muchas partes del globo terráqueo; pero todo se complica cuando se intentan poner cortinas de humo a otros asuntos, cuando alguien huye hacia delante, y cuando en esa huida quieres destrozar los resortes del mundo civilizado, que es más lento en su justicia y en su toma de decisiones, pero que nos respalda a todos del abuso de que tiene más armamento o un mal despertar mañanero que puede hacer desaparecer el planeta en cualquier momento.
Ahora todos saben de política internacional, del índice Dow Jones, de funcionamiento de petroleros, de construcción de drones y hasta de misiles. Yo reconozco que en esos asuntos soy cada día más ignorante, por eso opinar, y más con lo rápido que se mueve todo, te puede dejar casi desnudo de argumentos desde que escarbes un poco más de la cuenta. De lo que sí sé es del ser humano porque soy uno de ellos y llevo casi sesenta años conviviendo con muchos otros. No se ven en los ataques, no aparecen en esos radares o en esas imágenes en blanco y negro en donde impactan bombas como si cayeran sobre Neptuno o sobre Marte. Ya venimos con esas guerras asépticas desde aquella del Golfo, que empezó a emparentarnos con un videojuego. He conocido y tengo amigos iraníes, israelíes, palestinos, norteamericanos o libaneses. Los de USA lo viven desde lejos, pero empatizo con la familia de esos amigos viendo caer bombas que no saben si van a matar a su hija, a su padre o al señor que les vende el pan cada mañana. Eso no sale por ninguna parte, solo nuestro riesgo de desabastecimiento de petróleo o de gas, o la duración de la guerra, si uno se desgasta antes que otro o si tirarán más o menos mísiles en función del parné que tengan.
Y como ven, ya estoy cayendo yo también en la demagogia y en los lugares comunes, pero es que creo que no hay otros caminos cuando se llegan a guerras o a ataques sin acuerdos de la ONU, porque si hubiera que salvar países de opresiones, abusos o machismos, no tendríamos chinchetas para marcar los mapas. A mí sí es verdad que me preocupa la cuestión nuclear. Hasta ahora veías que, en todos los escarceos, siempre se cuidaban con este tema, con aquello del botón rojo con el que creció asustada mi generación; pero con estos fanáticos religiosos que creen que matan para vivir en otras vidas y con ese hombre arrogante y malencarado al que nadie le ha explicado nunca que es mortal, sí es verdad que me asusta esta guerra y todas las extensiones y las consecuencias que veremos venir en unos días. Ya de entrada, nos volveremos más pobres todos los que estamos mirando las pantallas como si eso no fuera con nosotros. No solo no se ve el sufrimiento de quienes escuchan las bombas cerca de sus casas. Tampoco te enseñan todo lo que se va a encarecer lo que comes cada día, la luz y el precio de ese petróleo con el que el ser humano está empeñado en quemarse a lo bonzo desde que lo descubrió debajo de toda esa arena de Oriente Próximo.