La vida es realmente corta para los lectores, aunque paradójicamente la hagamos más larga cada vez que leemos y habitamos historias en nuestro pensamiento. Ya asumo que me marcharé sin leer libros que, en muchos casos, ni siquiera conozco; pero también que me quedaré sin acercarme a muchos otros que querría leer. No da para más la existencia. Espero vivir muchos años más, pero es imposible abarcar todo lo que sabes que existe en los anaqueles, y además quiero releer de vez en cuando, o picotear, los libros que han marcado mi vida. También sé que será imposible conocer a todas las personas que quisiera, viajar a muchos países que recorro en los mapas desde niño y, por supuesto, escribir todo lo que querría. Forma parte de la dimensión humana esa tara de la existencia, por eso selecciono cada vez más y trato de que el tiempo no se me vaya por el escotillón de lo que me cuentan que es importante, o leyendo los libros que me dicen que tengo que leer las modas que aún no han pasado la criba del olvido.
En estos últimos meses he podido leer uno de esos libros que tenía pendiente: La forja de un rebelde de Arturo Barea. Son más de mil páginas, y leer más de mil páginas a conciencia en este mundo que te obliga a estar en muchos sitios al mismo tiempo, requiere saber decir que no a muchas supuestas obligaciones, aunque esa negación se hace fácil desde que uno comienza la lectura de este libro con la vida novelada, y por tanto recreada desde la verdad, de Barea. Se divide en tres partes: La forja, La ruta y La llama. Las tres cuentan España como mismo la había contado Galdós unas décadas antes; pero me quedo con la primera parte, con ese niño emparentado con Lázaro de Tormes, con Pablos el del Buscón o con el doctor Centeno de Galdós, toda esa infancia de vida en la calle, de pobreza y de aventura diaria por Lavapiés o por los pueblos cercanos a Madrid, Y si hablamos de aventura hay pocos hechos tan desconocidos y tremendos en la historia de España como la guerra del Rif en Marruecos.
Creer en lugar de pensar
Barea la cuenta desde dentro, con toda su crudeza, su violencia y también con todas sus corruptelas, porque toda guerra lleva detrás la pista del dinero. Había leído hacía años Annual, de Manu Leguineche, un libro inolvidable, pero con la distancia del ensayo. Lo que cuenta Barea es la vida a través de la novela, la crudeza humana llevando el espejo de Stendhal entre las dunas y las montañas del norte de África. La tercera parte, que incluye la guerra civil y la resistencia de Madrid también nos sirve para entender un poco mejor aquella barbarie fratricida, pero es un argumento que han contado otros, cada a su manera, y del que ya teníamos más datos y más puntos de vista.
Uno sale del libro de Barea, que publicó en su exilio londinense justo cuando acabó la contienda civil española, con más argumentos para darse cuenta de que en España se repiten tantos personajes y tantos sucesos quizá por no habernos leído, ni haber analizado lo visceral de tantos empecinamientos bravucones que siempre encuentran a medio país dispuesto a creer en lugar de pensar, a inmolarse en lugar de documentarse, y a destrozar el futuro que, una y otra vez, han tenido que ir reconstruyendo los que vienen más tarde para caer luego, como Sísifo con su piedra, justo cuando parecía que estábamos llegando al fin a la cima. Esa piedra está rodando cuesta abajo una vez más y, en lugar de tratar de detenerla, la están empujando desde todas las puertas y todos los hemiciclos para que vuelva a precipitarse nuevamente hacia el abismo. Si leyéramos más libros como el de Arturo Barea, a lo mejor logaríamos cambiar este sino siniestro que nos persigue.