Cada vez hay más gallos y más gallinas sueltas en Gran Canaria. No lo escribo con segundas, aunque con segundas nos daría para mucha coña y para mucha materia literaria. Es verdad que siempre ha habido gallos y gallinas, pero no por las calles, por los barrancos, por las carreteras, subidos a los coches y a los nispereros, o en las aceras donde antes sacaban las sillas las vecinas: están por todas partes y cacarean a todas horas sin dejar descansar a la vecindad. Quien no ha sufrido ese martilleo constante no conoce sus consecuencias. La gente que no está cerca lo ve como algo bucólico, incluso entretenido, y podíamos decir que hasta didáctico para enseñar a los niños lo que nosotros veíamos de pequeños en los gallineros que había en muchas azoteas.
Hoy casi todas las gallinas están en granjas, y cuando han muerto quienes las tenían en las azoteas, o por las fincas o las huertas de los campos, se han dejado a su suerte, y así se han ido reproduciendo, buscando su sustento en las laderas de barrancos, en las zonas donde se acumulan desperdicios, o en esos lugares en donde la buena gente les ha ido dando de comer pensando que eran animales de paso; pero no son de paso, las gallinas ponen huevos y se reproducen, y eso ha hecho que hoy estén descontroladas por las calles, sobre todo por determinadas zonas de la capital grancanaria que ya no saben qué hacer para conciliar el sueño o para no despertar antes del alba. Hay barrios de Las Palmas de Gran Canaria en los que la sinfonía de gallos se parece a un concierto desafinado, con estridencias, sin timbales, pero sí con agudos que casi reverberan hasta en los tuétanos de los huesos o en ese rincón del alma al que cantaban Los gauchos cuatro o Alberto Cortez hace muchos años.
Sin rentabilidad
Hace tiempo que la ganadería, la avicultura, la apicultura, y no digamos la agricultura, dejaron de ser rentables en estas islas cada día más cercadas de impuestos y de amenazas. Entre los aranceles Trumpistas, la competencia de Marruecos, sin los controles ni los tributos que pagan nuestros agricultores, y ahora con acuerdos como el de Mercosur, es normal que veamos cada vez más animales sueltos por las carreteras, y que dentro de poco ya nos encontremos cabras, ovejas o vacas; igual que veremos, para nuestra desgracia, y para desgracia del paisaje, cómo las agricultores tomarán las de Villadiego, que no está por aquí cerca precisamente, porque plantando lechugas y papas, y deslomándose de sol a sol, casi no van a tener ni para comprar unas garrafas de agua.
Nos dicen que compremos los productos del país, y claro que a todos nos gustaría consumir quesos, mieles y papas de aquí; pero si no reciben ayudas y se presentan en el mercado al doble de precio, solo los compraremos como artículos de lujo. No le puedes decir a una familia de cinco o seis miembros que compre las papas de aquí cuando las de fuera casi están más baratas que las propias bolsas que te venden en el supermercado. Yo invitaría a detener el coche en un sitio seguro, y a aplaudir a esas mujeres y a esos hombres que vemos por nuestros campos recogiendo zanahorias, pastoreando ovejas o forrados de arriba abajo para sacar la dulzura de las flores que liban las abejas y que luego saboreamos nosotros sin darnos cuenta de todo el milagro y el sacrificio que hay en ese proceso.
También podríamos dedicarnos a la alectomancia. Como están las cosas ahora mismo, ya casi tenemos que volver a la superstición para entender, y, sobre todo, para prever algo con algún viso de certeza. Los romanos miraban a los gallos antes de cualquier batalla. Si picoteaban felices y voraces era un buen augurio y se adentraban en la batalla sabiendo que saldrían victoriosos; pero si los veían apáticos y sin mucho cacareo mañanero demoraban esa incursión bélica para otros días más venturosos desde el punto de vista aviar y gallináceo. De momento, a los vecinos que sufren esas escandaleras de los gallos, les queda el consuelo del oráculo, aunque como está el mundo lo normal es que hasta los gallos picoteen a cámara lenta, o se escapen para ver si así no se los lleva por delante la locura expansionista de un quíquere que también nos quita el sueño a los humanos con sus estruendos y sus desplantes.