Escoria espacial

Las pequeñas grietas de antes son ahora socavones por los que entra la malicia y en donde el matón gana y es apoyado por los que no ven cómo se les viene ese edificio encima

Santiago Gil.

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Cuanta más velocidad, más olvido. Eso lo saben los canallas. Los ladrones siempre han salido huyendo a toda velocidad en todas las películas; pero ahora son los valores, las vidas humanas, lo que está en juego. De repente, alguien acelera este tiempo y trata de llevarse por delante lo que los humanos han tardado siglos en lograr. Pero no solo es una persona. Son muchos los que aprietan el acelerador a diario para que olvidemos casos de corrupción, maniobras arteras, bajezas humanas, guerras o abusos que luego se confunden al paso de un año o dos. Lo saben los que saben de eso, y lo vamos intuyendo los que tenemos que hacer un esfuerzo para recordar de qué iba el caso de corrupción que se juzga ahora o quiénes aparecían en esos papeles de los que todos hablaban porque  muchos de los que se han empeñado en acelerar, y en emponzoñar, estos tiempos estaban dentro.

Claro que también sabemos que cuanto antes olvidemos una desgracia, antes sanaremos. Pero las desgracias precisan de un duelo, de una negación inicial, de un enfado ante lo que no se entiende y luego de una aceptación de lo sucedido que, poco a poco, nos ayuda a seguir adelante sin que la cicatriz de esa herida nos ponga freno en el resto del camino. Con las ruindades requerimos algo parecido. Así sucedió siempre a lo largo de la historia. El final de una guerra dejaba un estupor parecido en todos los participantes, en vencedores y en vencidos que no fueron capaces de detener la maldad, lo mismo que lo dejaban los tiempos de esclavitudes, de conquistas sanguinarias o de corrupciones en las que solo por mentir caía el presidente de la nación más poderosa del planeta.

Ahora no nos dejan tiempo ni para llegar a la negación de lo que sucede. Eso es lo que pasa y lo que acabará pasando con los papeles de Epstein. Como seres humanos cuesta entender lo que hacían todos esos poderosos con menores de edad, pero no nos dejarán tiempo para que asumamos lo sucedido porque muchos de los implicados son los dueños de los motores que aceleran el olvido, tanto en el ámbito económico y político, como en el informativo. Saben que una noticia más impactante, un nuevo virus, una guerra que amenace el planeta o el Mundial que está a la vuelta de la esquina hará olvidar, por muy imposible que parezca, todo lo que estamos leyendo estos días.

También cuentan con la confusión, con esa siembra intencionada de montajes de vídeos o de noticias falsas, que lo volverán todo una Babel en la que la verdad se confundirá con la mentira hasta desaparecer por los escotillones del olvido. En apenas cinco semanas que llevamos de 2026 hemos leído noticias que antes acontecían en una década, y así seguiremos, viendo morir a la gente en las calles de países lejanos, asistiendo al abuso de quien sabe más que nadie de este mundo del espectáculo olvidadizo, y asumiendo que se tambalean todos los resortes que evitaban que cayeran los edificios de la civilización. Las pequeñas grietas de antes son ahora socavones por los que entra la malicia y en donde el matón gana y es apoyado por los que no ven cómo se les viene ese edificio encima. Alguien apretó hace tiempo el acelerador, y sí, es verdad que el universo se mueve igual de veloz; pero nosotros no somos el universo sino unas pequeñas partículas que, pudiendo ser esquirlas de dioses infinitos, hemos elegido ser escoria espacial.