Los icebergs y los humanos

Creo que solo somos mortales que nunca llegan a darse cuenta

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Santiago Gil.

El iceberg no sabe que es un iceberg. Grandioso, rutilante, como una escultura improvisada por la naturaleza, navega silencioso entre los glaciares. Solo vemos lo que emerge, todo lo demás se queda bajo el agua. Hemingway nos enseñó a escribir siguiendo el ejemplo de los icebergs, nos dijo que solo mostráramos en los renglones lo que fuera necesario para que luego quien nos lea logre imaginar y entrever lo que queda oculto más allá de lo que contamos.

Estuve delante del iceberg de la fotografía el pasado mes de diciembre. Ya no existirá. Nos dijeron que lo más que podría resistir serían siete u ocho meses. Ya será agua, memoria de pájaros y peces, o fotografía que no derrite el sol y el paso del tiempo. Un iceberg se parece mucho a un humano. Como nos vemos grandes e inventores de máquinas prodigiosas nos llegamos a creer eternos, sin darnos cuenta de que dentro de cien años solo seremos agua o ceniza, o seremos nada, una nada que dejará su energía proteica por el universo, pero nada al fin y al cabo si lo miramos con la dimensión humana del espacio y del tiempo.

Pero a los icebergs no los matan de miedo mucho antes de que desaparezcan. A nosotros llevan un tiempo queriendo matarnos antes de que nuestro destino nos saque de la escena de esta vida cada día más peligrosa, insolidaria e incomprensible que habitamos. Ya no les vale solo con amargarnos la existencia con la sucesión de malas noticias de los telediarios, ahora también están empeñados en que nos asustemos del tiempo que probablemente no estemos viviendo.

La amenaza de la IA

Y claro, nosotros, olvidadizos de nuestra condición efímera, nos creemos esos vaticinios inevitables que predicen que nos matará la IA en menos de veinte años, que estallará el planeta en mil pedazos en unos cuantos milenios, o que el año que viene no tendremos trabajo o nos encerrarán de nuevo por la aparición de algún virus inesperado. Así andamos todo el día, rodeados de temores que no veremos, y olvidando la razón de nuestra existencia. En lugar de amarnos más, de ayudarnos más y de no dejar que el matón del patio nos amedrente a todas horas, nos acostamos muertos de miedo y dejamos que la vida pase de largo sin construir nada que ayude a que los que vengan más adelante se encuentren un mundo un poco más habitable.

Ese iceberg de la foto ya no existe, pero sintió el viento y el sol intensamente, navegó todo lo que le dejó el tiempo por las aguas, y se fue derritiendo poco a poco sin gorigoris y sin reels que dieran fe de su paso por esta existencia. Ya sé que estoy personificando a un iceberg, pero es que ahora mismo creo que una montaña o una roca están más vivos que el ser humano que estamos deconstruyendo dentro de cada uno de nosotros con los miedos, los temores hacia el otro y el pánico a ese mañana en el que un hacker nos deje sin un euro en la cuenta corriente.

Metáfora de estos tiempos

Y tampoco me vale aquello del témpano de hielo como ejemplo de falta de empatía y de sentimiento. Ese hielo que flotaba en silencio y que volvía liliputiense el barco en el que navegábamos sentía la fuerza telúrica del planeta y la energía de todas las estrellas que se reflejaban en sus espejos helados cuando llegaba la noche. Ahora es agua, pero brindo por su paso por este planeta. No mató, no engañó, no destrozó la reputación de nadie, no perdió el tiempo delante de ninguna pantalla, y ennobleció el espacio por el que pasaba llenándolo de belleza. No tenía nombre. No se le pone nombre a lo sabemos que es breve. Pero quedará para siempre en la memoria de quienes lo tuvimos cerca. Su existencia se vuelve una metáfora de estos tiempos. Todas las torres grandes terminan cayendo.

El iceberg lo sabe desde que cae del glaciar escuchando el eco de su presencia. Los que estamos rodeados de agua desde que nacemos sí sabemos que es ahí donde radica el misterio. Fuimos esporas y ahora levantamos rascacielos; pero no olvidemos que lo único importante es vivir y dejar vivir a todo lo que ha ido creando la naturaleza. No somos dioses, ni somos eternos. No tenemos la grandiosidad de los icebergs, ni de los glaciares. Solo hemos conseguido que se derritan un poco antes. Esa será nuestra funesta contribución a la naturaleza, esa y la de no recordar que ya uno de nosotros fue Stalin, Hitler o Leopoldo II de Bélgica. Creo que solo somos mortales que nunca llegan a darse cuenta.

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