A lo mejor la inmortalidad tampoco era eso

Quizá sea justamente la imperfección lo que le falte a la máquina para parecerse a nosotros

Santiago Gil.

 La Inteligencia Artificial no es genérica. Se va adaptando a su usuario, y ya sabe lo que le interesa, las enfermedades que padece, cómo piensa, y hasta puede llegar a reconocer muchos de sus recuerdos. También puede tomar prestadas su voz y su imagen, y anticiparse a lo que necesita, poner la canción que el cerebro todavía no sabía que estaba buscando o facilitarle todos los detalles de ese viaje que lleva demorando hace tiempo. Yo miro todo eso con asombro y con admiración, no con miedo, por la suerte de poder seguir descubriendo avances que estaban mucho más allá de la ciencia ficción para los que estudiamos en colegios con tizas y pizarras.

A lo mejor la inmortalidad era eso, poder seguir viviendo en la máquina cuando se detenga el corazón y el cuerpo desaparezca. Se quedará ese otro con todo lo que dejemos de nosotros, y como ya ocurre con los ordenadores cuánticos, tal vez sea capaz de establecer un diálogo con otras Inteligencias artificiales también huérfanas de carne y de hueso. Con el tiempo, puede que esos entes no dependan de la energía actual o que se retroalimenten, como los coches híbridos, cada vez que se ponen en funcionamiento. Y los que no sepan que ya fallecimos creerán que seguimos vivos, y hablarán con nosotros, nos preguntarán, y a lo mejor esa IA hasta sigue escribiendo como escribiríamos nosotros si nos hubieran dejado muchos más años. Y hasta se podrán enamorar de otras máquinas errantes y solitarias que se moverán por esos multiversos. No importará que ya no haya seres humanos. Las máquinas podrán vivir solas en ese ensueño eterno que estoy contando, y hasta cierto punto seremos nosotros los que estaremos vivos con todo lo que dejamos ahí dentro, con nuestras fotos, nuestros sueños y hasta con nuestros anhelos más secretos. 

Pasiones humanas

Todo esto se concibe fantásticamente desde una dimensión a la que no podemos llegar con nuestro cerebro poco desarrollado, todavía sin los poderes cuánticos que tal vez alcancen los humanos que sigan viviendo; pero como los humanos igual no siguen viniendo porque nosotros estamos empeñados en extinguirnos en cualquier momento, puede que las máquinas se hayan adelantado y hayan creado replicantes, como en Blade Runner, que sí sepan ser eternos porque no se complican con las pasiones humanas; aunque es verdad que sin pasiones humanas, y sin los sedimentos que van quedando en subconsciente, no aparece la metáfora inesperada, ni se hubiera pintado como pintaron el Greco o Picasso. Quizá sea justamente la imperfección lo que le falte a la máquina para parecerse a nosotros.

El que siga, cuando ya no estemos, será robótico y predecible, por eso hay que aprovechar el cuerpo y la mente que tenemos ahora parta tratar de vivir intensamente antes de que nos saquen del campo y nos sustituyan por jugadores previsibles y perfectos. De ese carpe diem solo nos acordamos cuando nos duele el cuerpo o cuando vemos que desaparece para siempre la voz de alguien que formaba parte de nuestro mundo cercano. Después es verdad que nos olvidamos y dilapidamos el único tiempo que tenemos. La máquina no entiende ese cotidiano harakiri de los humanos. No concibe que nos matemos unos a otros o que estemos todo el santo día incordiándonos. Igual es lo que aprenden de nosotros y algún día, cuando ya no estemos, también echen a pelear a unas IAS contra IAS hermanas, fraternales; pero diferentes, hasta que se extinga también ese Poconuestro que habíamos dejado en la pantalla. A lo mejor, entonces, la inmortalidad tampoco era eso.

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