Lean Han cantado bingo de Lana Corujo (Reservoir Books, 2025). Por su voz narrativa, por su emoción, por los saltos temporales y la originalidad de su estructura, por su calidad literaria y porque leyendo libros así evitamos que se anquilosen nuestros sentidos más necesarios. Cuenta Lanzarote contando todas las islas, habla de su abuela dejando que hablen todas nuestras abuelas, y se acerca a la muerte sin esconderla y sin almibararla, aunque luego, desde esa crudeza y ese desgarro, sí nos regala esa herida hecha luz de la que hablaba Georges Braque para referirse al arte.
Todo cambió en la literatura escrita desde Canarias cuando apareció Panza de burro de Andrea Abreu. Esa novela, como me comentó hace unos días Eduardo García Rojas, lo cambió todo, universalizó las islas desde la literatura, con su voz propia, sin complejos, volvió global lo cercano, y apareció con una forma distinta, nueva, de contar.
Todos esperamos nuevos libros de Andrea; pero, como digo siempre, ya ella, de momento, ha escrito su Panza de burro, la novela que se abrió las puertas del mundo contando la vida desde un pequeño pago rural de Icod. Escribo todo esto para tratar de explicar qué está pasando con las nuevas generaciones de novelistas, porque son casi todas mujeres jóvenes de Canarias, en el panorama nacional, con nombres como Aída González Rossi, Meryem El Mehdati o Lana Corujo.
Vida, destellos, volcanes...
Han cantado bingo juega a una rayuela cortaziana o a una fragmentación de Faulkner; pero con la naturalidad con la que una niña maneja los tiempos de los cuentos. Ese cartón de bingo que es el rompecabezas que arma la trama va destilando vida, destellos, hipnóticos volcanes y silencios con vientos y soledades que nos hablan al oído todo el rato. Esta es, además, la primera novela que comparto con mi hija de catorce años. Le leí en alto las primeras páginas, y al rato la vi devorando el libro. Le pregunté que por qué le estaba gustando y me respondió que por la credibilidad de los recuerdos de la niña que narra.
Le expliqué que esa niña formaba parte de la ficción, y que ese es precisamente el fin de la literatura, el espejo en el camino del que hablaba Stendhal, el mundo nuevo que se inventa en la mente de quien escribe y de quien luego lee recreando en el pensamiento y en el subconsciente esa magia alquímica de la palabra. Eso es lo que es Han cantado bingo, una magia alquímica que sucede de vez en cuando, y que cuando sucede hay que celebrarlo y compartirlo; y el hecho de que esa epifanía literaria suceda tan cerca, y en un tiempo tan complicado, genera todavía más alegría y complicidad.
La literatura no está muriendo, y sobre todo en Canarias tenemos que celebrar la llegada de voces como Andrea Abreu, como Aída González Rossi con Leche condensada, como Óscar Liam contando Las Galletas, como Meryem El Mehdati con Supersaurio, y, por supuesto, como Lana Corujo. Imparto talleres de escritura desde hace años y les puedo asegurar que vienen otras nuevas voces con mucha fuerza y con mucho talento; pero son libros como Panza de burro o Han cantado bingo los que les están abriendo las puertas, los que están dando la bienvenida a todas esas nuevas voces necesarias para entender un poco más estas islas tantas veces extraviadas y siempre tan extrañas.
