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Banderas en la Rama del Valle de Agaete del pasado mes de junio. / AH

Las luces de la fiesta

Cada cual busca su fiesta para sentirse vivo

El cielo azul y las banderas de la fiesta. De fondo, el eco de la banda. Es verano. Hay una vuelta a la infancia o al recuerdo de aquellas vacaciones interminables de los años escolares. El resto del año nos atropellan los compromisos laborales, la burocracia, el cansancio y hasta ese despiste que nos aleja del hedonismo de la existencia. De repente han pasado cuarenta o cincuenta años. Ha pasado la vida cuando regresas a unas fiestas a las que no volvías hace mucho tiempo. Esas banderas de la fotografía son del día de la Rama del Valle, la que recuerdo siempre con más cariño y cercanía.

Ahora se conoce más, pero sigue teniendo ese encanto del olor a poleo y a eucalipto de quienes suben hasta Tamadaba y bajan al amanecer buscando el reclamo de la música para danzar por las calles. Cada cual tiene su fiestas de verano, en el recuerdo o en el regreso, y de alguna manera cada una de esas fiestas es un aviso. Recuerdo unos versos de Borges: “La meta es el olvido./Yo he llegado antes”. Hay que saber que esa es la meta de la vida, pero antes de que nos diluyamos en la nada, tenemos que buscar el cielo azul y el reclamo de las banderas festivas, para saber que es verano y que estamos vivos, vivos y con todas las ganas del mundo para apurar la existencia en todos los caminos.

Amigos, amores, invulnerabilidad

El sábado 25 de julio es la subida de la bandera en Agaete, la que anuncia la llegada de la Rama del 4 de agosto y de la Virgen de Las Nieves del día 5. Para mí esos días eran como el arjé de la fisis del verano, como lo eran las fiestas de Gáldar o de Guía, las verbenas, los saltos entre los papagüevos, los amigos, los primeros amores y esa sensación de invulnerabilidad de los veinte años que uno tiene que rebuscar entre todos los miedos, los achaques y los días laborables del otoño y del invierno.

Solo la primavera anticipa esa luz del estío, pero es el verano la estación que te detiene y te mantiene más vivo, y es el eco de esa música que te llega de lejos cualquier tarde, o el sonido de la verbena que lleva su eco a los barrancos, lo que te despabila y te devuelve al que sigues siendo con tu cabello encanecido. Cada cual busca su fiesta para sentirse vivo, en sus adentros o en las calles y plazas de ese pueblo al que no volvías hace muchos años. El regreso siempre es un desafío. Como lo es recuerdo. Como cada nuevo día. La música del verano se encarga de que no olvidemos. Y las banderas de colores. Y el cielo azul. Y la propia vida. Volvamos a Serrat y subamos la cuesta, que arriba las calles se han vestido de Fiesta.

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