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Opinión

Más vale loco, que mal acompañado

4 minutos

Desde adolescente he sido una persona luchadora, en muchos casos, por causas que a ojos de los demás, podrían considerarse como perdidas.

“Se te quitará con la edad” vaticinaban quienes me conocían en aquellos maravillosos años. Decían que me iría suavizando y me volvería, entiendo que por el filtro que nos va haciendo la sociedad, en un ser adulto y cuadriculado, puede que incluso, un poco gris. Qué equivocados estaban los que pensaron que no sería de colores.

Algún día será el último día de mi vida, de esta afirmación es de las pocas cosas que no tengo dudas, y cuando esto ocurra, no quiero pensar que mi vida no tuvo sentido, que no disfruté por el camino y, sobre todo que, en la medida de mis posibilidades, cumplí con mis propósitos.

Cada mañana me levanto con paz mental, sabiendo que las cosas que hago las hago por elección a pesar de la gran cantidad de errores cometidos. Algunos de estos han sido aprendizajes que me han llevado trabajar más en mi, en mi forma de ser y de pensar. Cuando me senté a escribir este artículo, sentí la necesidad de darles una receta de como ser de colores, y para ello, he intentado pensar en algunas cualidades que creo que me representan.

Inconformismo controlado

Un día, en una conferencia, alguien habló del método del 102% a la hora de hacer las cosas. La gente, habitualmente utiliza el método del 100%, que significa dar lo mejor de ti en lo que haces, pero el del 102% requiere un esfuerzo extra, un poquito más que el resto, lo que yo llamo inconformismo incontrolado.

A priori puede parecer que un 2% es un número marginal casi inapreciable, y en muchos casos es así, pero en la gran mayoría de las ocasiones es el sinónimo de excelencia. Es no pensar “así está bien”, es mirar tus creaciones y sentirte orgulloso, verdaderamente orgulloso de lo que has hecho. Supongo que esta cualidad me viene de serie, ya que desde muy pequeño he intentado moverme en ese rango del 2%.

Pasión sin límites

¿Sabes lo que es creer? Me refiero a creer de verdad en que algo es posible, en que nada ni nadie podrá hacer nada para pararte porque lo estás viendo delante de tus ojos. Algunos lo llaman idealismo, otros lo llaman locura, yo lo llamo pasión sin límites.

Una de las cualidades más bonitas de mi mundo de colores, es saber que las cosas son así porque alguien lo hizo y dijo, pero que con el cariño y esa pasión de la que les hablo en cantidades suficientes, se pueden cambiar las cosas. A lo mejor no todo lo que te gustaría, ni lo rápido que te gustaría, hay piedras muy pesadas de mover, pero poco a poco, si te fijas bien y no decaes, verás como de alguna manera tus acciones tienen efecto trascendental.

Abuso extremo de la creatividad

La creatividad se entrena, de eso no me cabe duda, aunque creo que, desde muy pequeño, probablemente por algún motivo psicológico sin tratar, he desarrollado la maravillosa cualidad de imaginar. Me gusta imaginar porque me transporta a realidades muy locas y diversas, hasta tal punto que algunos de mis proyectos empresariales se han creado así. Me gusta imaginar porque, casi siempre, me saca una sonrisa, me divierte y seguramente me produce más serotonina.

Si has venido a mis charlas, sabrás que el cerebro no distingue entre realidad e imaginación, y si no has venido, ¿a qué estás esperando? jejeje. Después de esta cuña publicitaria y siguiendo con el tema, también me gusta imaginar porque me protege de los no soñadores. Cuando imagino, estos vampiros de sueños no están porque los he imaginado extintos. Sin duda, con la gran cantidad de seres grises que hay, la forma más eficiente de combatirlos es haciendo un abuso extremo de la creatividad.

Sordera selectiva

Te dirán los mediocres que eso nunca se ha hecho así, que la forma de hacerlo es otra, que te estás equivocando, y puede que en algunos casos sea cierto, pero… ¿y si no? Cuando abrí mi primera empresa, Valtia, me entró un miedo enorme. Empecé a preguntar a todo el mundo porque a medida que pasaban los meses, me volvía más pequeñito. Entré en la jungla del mundo empresarial donde le importas bastante poco a nadie, y donde todo el mundo, sobre todo gente que nunca ha abierto una empresa, te dice lo que tienes que hacer. Lo pasé verdaderamente mal, di millones de bandazos porque la presión es tal, que pierdes la confianza en ti mismo.

Un día, me quedé sentado en la orilla de una playa de Fuerteventura, Mal Nombre se llamaba, y en la inmensidad de los turquesas y el silencio, empecé a preguntarme que por qué había hecho las cosas de aquella manera. Recordé todas las ideas que tenia cuando decidí abrir la empresa, lo divertidas y disruptivas que eran y que había aparcado por todas esas recomendaciones que, por miedo, había seguido a pies juntillas. En aquel momento decidí que solo escucharía a personas a las que admirase y que hubiesen hecho algo encomiable, pero también decidí activar la sordera selectiva.

Elección idónea de los compañeros de viaje

El camino de la vida tiene que ser divertido, trepidante y lleno de aventuras que te sumen. Precisamente por esto, lo más complicado es la elección idónea de los compañeros y compañeras de viaje. Tienen que ser personas bonitas, hablo de sus almas, gente que no te juzga y que cuando les presentas una idea muy loca te dicen “palante”, ¿en qué te ayudo? Deberían entender que tu mundo es de colores y no querer apagarlo de ninguna de las maneras, eso sería terrible.

Mucha gente piensa que soy un idealista y que me pierdo en mis sueños, piensan que estoy loco… de esta gente, mejor huir. Hace tiempo que decidí que no todo el mundo estaba preparado para entender la vida como la entiendo yo, y empecé a ser más selectivo en mis elecciones. Hace tiempo decidí ser un poco más feliz y empecé a vivir con el lema que da el título a este artículo: Más vale loco, que mal acompañado.