La tarde del 9 de julio de 1994 no esperé a que el canalla de Sándor Puhl señalara el final del partido. Luis Enrique sangraba y lloraba después de recibir el codazo de Mauro Tassotti dentro del área cuando cogí las llaves, cerré la puerta y salí de casa rumiando otra vez la mala sombra de España en los Mundiales. Al encuentro le quedaba muy poco, el árbitro húngaro y su juez de línea habían optado por mirar hacia otro lado ante un penalti clarísimo y a la selección le tocaba regresar a casa el día que mejor había jugado, esta vez frente a la Italia de Roberto Baggio. Otra eliminación en cuartos de final. Otra injusticia. Otra confirmación de que nuestro sitio parecía estar siempre un escalón por debajo de los mejores.
Aquella derrota, sin embargo, no fue para mí como todas las demás. Yo sabía que aquel sería el último Mundial que vería con mi padre. Estaba enfermo y los dos conocíamos, aunque no necesitáramos decirlo mientras rodaba el balón, que no habría otra Copa del Mundo compartida en el salón de casa. Falleció dos meses y medio después y, desde entonces, las imágenes de aquel España-Italia nunca han sido únicamente un recuerdo deportivo. Cuando vuelvo a ver a Luis Enrique con la nariz rota, a Julio Salinas lamentándose por la ocasión que Gianluca Pagliuca le había detenido poco antes o a Baggio castigando una salida desesperada de Andoni Zubizarreta, no pienso solo en lo que pudo ser y no fue. Recuerdo a mi padre a mi lado y aquella extraña manera que tiene el fútbol de fijar para siempre un lugar, una voz y un momento de la vida.
Superstición irracional
Este domingo, 32 años después, mi hijo Gabriel afrontó con toda la ilusión que cabe en un niño de ocho años su primera final de una Copa del Mundo. Antes del partido rebuscó en mi armario y encontró dos camisetas de la selección española. Una era el modelo que Adidas diseñó para el Mundial de Alemania en 2006 y que vestí en Kaiserslautern, durante el encuentro contra Arabia Saudí. Esa se la adjudicó a su madre. La otra era la roja que la misma marca alemana creó para Estados Unidos 1994, comprada en Galerías Preciados de Mesa y López, y que yo había llevado puesta aquella tarde de julio en la que España fue eliminada por Italia. Gabriel la miró sin conocer toda la carga que guardaban su tejido, sus rombos amarillos y azules. Después me pidió que me la pusiera.
Al verla sentí nostalgia por mi padre y también algo de miedo, por esa superstición irracional que permite al ser humano creer que una camiseta guardada durante más de tres décadas puede intervenir en el resultado de una final. La prenda pertenecía a una España que jugaba bien, competía, se ilusionaba y terminaba perdiendo; a un país acostumbrado a sospechar que la felicidad era siempre provisional y que, cuando llegara la hora decisiva, algo acabaría saliendo mal. Pero Gabriel insistió con la naturalidad de quien no reconoce fantasmas en una camiseta vieja. Siempre pesa más la ilusión de un niño que el peligro del gafe, así que me la puse y me senté junto a él para ver a España disputar contra Argentina la final del Mundial.
Selección bajo sospecha
Gabriel vivió el partido sin reservarse nada. Sufrió cada llegada argentina, discutió las decisiones del árbitro, se levantó del asiento, preguntó cuánto faltaba y celebró el gol de Ferran Torres en la prórroga como solo saben celebrar los niños: sin compostura, sin cálculo y sin guardar una parte de la alegría por si luego llegan tiempos peores. Cuando terminó el encuentro y España se proclamó campeona del mundo por segunda vez tras derrotar por 1-0 a Argentina, saltó, gritó y abrazó a quienes tenía cerca. Había vivido hace dos años la Eurocopa aunque apenas lo recuerde bien, pero tampoco pareció sorprenderle que su país pudiera ganarla. Para él España no había cometido una insolencia ni quebrado un orden natural. España había hecho lo que había salido a hacer: ganar el Mundial.
En esa diferencia entre su forma de mirar el partido y la mía se encuentra una parte de la historia reciente de nuestro país. Mi generación creció educada en la sospecha de que la selección acabaría encontrando alguna manera de perder. Lo aprendimos en los relatos de nuestros padres, lo confirmamos en las noches de penaltis y lo convertimos en una identidad deportiva. El gol que nunca entraba, el árbitro que no veía, el larguero, el fallo en el momento decisivo, los cuartos de final como frontera y aquella frase terrible —"jugamos como nunca y perdimos como siempre"— que resumía algo más que un partido de fútbol. La derrota no era solo un resultado: era una expectativa heredada.
Sin complejos
Los niños y los jóvenes de hoy no aceptan ese destino porque no han crecido bajo su autoridad. No entienden que los cuartos de final deban ser el techo de España ni que otros países posean por nacimiento un derecho superior a ganar. Pueden perder, por supuesto, pero no salen al campo ni se sientan ante el televisor convencidos de que la derrota acabará llegando. No arrastran nuestros complejos, no veneran nuestros miedos y no confunden prudencia con resignación. Nosotros aprendimos a protegernos de la decepción esperando poco; ellos han aprendido que la ambición no es arrogancia y que aspirar a ser los mejores constituye la primera condición para conseguirlo.
La estadística demuestra hasta qué punto cambió el fútbol español después de aquella tarde de 1994. Desde el partido en el Foxboro de Boston contra Italia, la selección masculina ha ganado tres Eurocopas —2008, 2012 y 2024—, dos Mundiales —2010 y 2026— un oro y dos platas olímpicas. El equipo nacional femenino, además, es también el actual campeón del mundo. Y hace unas semanas, la sub 19 —el equipo que por edad le corresponde a Cubarsí y Yamal— ganó el Europeo de la categoría.
Idealizar el pasado
Pero el cambio no se limita al fútbol. La España de Gabriel es un país mejor que la España de mi infancia y que aquella España de 1994, aunque una parte de la sociedad se empeñe en idealizar cualquier tiempo pasado. Es una nación más abierta, formada y plural; más acostumbrada a viajar, convivir y competir fuera de sus fronteras; menos impresionada por los apellidos extranjeros, las camisetas históricas o las jerarquías que antes parecían inamovibles. No es un país perfecto y conserva demasiadas desigualdades, errores y heridas, pero ya no es aquella sociedad que miraba constantemente hacia fuera para compararse y casi siempre terminaba considerándose inferior.
Por eso esta victoria significa más que una segunda estrella. España ganó el Mundial porque tuvo una selección extraordinaria, porque supo competir y porque Ferran Torres decidió una final durísima en la prórroga. Pero también ganó porque sus futbolistas pertenecen a generaciones que ya no entran al campo sintiéndose invitadas en la historia de otros. No consideran que Brasil, Alemania, Italia, Francia o Argentina sean países destinados a vencer mientras España debe conformarse con jugar bien y regresar dignamente a casa. Respetan al adversario, pero no se inclinan ante su pasado. Saben que la tradición cuenta, aunque nunca marca un gol.
El hilo de tres generaciones
Al terminar la final miré a Gabriel celebrar la victoria y después bajé los ojos hacia la camiseta de 1994. Durante buena parte del partido había sentido sobre ella el peso de la memoria: mi padre, Luis Enrique sangrando, Tassotti impune y aquella certeza de que España regresaba otra vez a casa cuando empezaba a creer. Gabriel, en cambio, no veía nada de eso. Para él era simplemente una camiseta roja, algo antigua y probablemente demasiado grande, que su padre se había puesto porque él se lo había pedido.
Entonces comprendí que la camiseta no había cambiado. Los que habíamos cambiado éramos nosotros. Había cambiado España. Mi padre me enseñó a querer a una selección condenada a convivir con la derrota; mi hijo me ha enseñado a mirar a una España que ya no se considera condenada a nada. Entre los tres se extiende la distancia que separa el miedo heredado de la confianza aprendida, el país que se conformaba con competir del país que sabe que puede ganar.
Sin miedo al futuro
No sé qué recordará Gabriel de esta final dentro de 32 años. Quizá conserve el gol, el abrazo, los nervios o aquella camiseta sacada del fondo de un armario. Tal vez un día se la entregue a su hijo y le cuente que perteneció a una época remota en la que España todavía pensaba que perder en cuartos de final era lo normal. Su hijo probablemente no entenderá qué clase de miedo era aquel.
Y será una buena noticia.
Porque los países también mejoran cuando sus hijos dejan de heredar sus complejos. La España de Gabriel no le tiene miedo al futuro. Y por eso, dentro y fuera de un campo de fútbol, es mucho mejor que la nuestra.
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