Gran Canaria ha recibido el primer gran golpe en su carrera para ser sede del Mundial 2030. La licitación para reformar y ampliar el Estadio de Gran Canaria ha quedado desierta después de que las empresas optaran por no concurrir al concurso. El presupuesto, fijado en 174 millones de euros, no resultó atractivo para el sector. Las constructoras entendieron que los márgenes de beneficio eran reducidos, que el importe no se ajustaba a la realidad actual de los precios de mercado y que las cláusulas de penalización por retrasos elevaban demasiado el riesgo de una obra compleja, cara y sometida a un calendario internacional.
El contratiempo es importante, pero no equivale a una renuncia. En el Cabildo de Gran Canaria sostienen que todavía hay margen para reconducir la situación y mantener viva la candidatura de la isla. La clave está en el calendario. El acuerdo con la FIFA contempla que el organismo internacional asumiría la gestión del Estadio de Gran Canaria en junio de 2029, un año antes del torneo. La recomendación es que la obra esté finalizada para entonces. Ese es el escenario ideal. Pero el Mundial 2026 dejó dos ejemplos muy recientes que matizan esa exigencia: Toronto Stadium/BMO Field y el Estadio Azteca.
Dos ejemplos
Toronto y el Azteca terminaron sus obras apenas tres meses antes del inicio del Mundial 2026. El 27 de marzo el recinto canadiense; un día más tarde el Coloso de Santa Úrsula. En ambos casos, los trabajos de adecuación concluyeron en marzo, con la competición prevista para junio. No es un detalle menor. La FIFA recomienda disponer de los estadios con un año de margen para pruebas, operaciones, seguridad, tecnología, televisión, accesos, hospitalidad y montaje comercial, pero los precedentes demuestran que el organismo puede aceptar plazos más ajustados si existe una hoja de ruta clara y si las obras ofrecen garantías suficientes.

Ese es el aprendizaje que hoy mira Gran Canaria. El problema no es solo si la isla tiene tiempo. El verdadero reto es demostrar cuanto antes que el proyecto es viable, que puede adjudicarse, que el presupuesto se sostiene y que el estadio llegará en condiciones. Toronto y el Azteca no improvisaron en tres meses. Llegaron a la recta final con obras en marcha, planificación avanzada y compromisos cerrados. Gran Canaria, en cambio, acaba de comprobar que su licitación no ha funcionado.
Tres opciones
La candidatura no está fuera del Mundial 2030, pero entra en una fase delicada. El concurso desierto obliga al Cabildo a tomar decisiones rápidas. La primera opción es redactar una nueva licitación, revisar condiciones, ajustar riesgos y hacer el contrato más atractivo para las empresas. Es la vía más ordenada, aunque también consume tiempo. La segunda es intentar adjudicar por procedimiento negociado sin publicidad, sin variar de entrada los 174 millones de euros, aunque esa salida implicaría asumir el riesgo de futuros modificados presupuestarios si el precio inicial resulta insuficiente. La tercera es retirarse de la carrera por ser sede, una decisión que hoy no parece estar sobre la mesa política del Cabildo.
Tampoco existe, según la información manejada, una cláusula de penalización económica si Gran Canaria decide abandonar. Esa precisión es relevante porque en los últimos días se ha apuntado en algunos medios la posibilidad de una sanción por renunciar. No la hay. Otra cosa es el coste político, institucional y reputacional que tendría bajarse de una candidatura presentada durante años como una oportunidad histórica para la isla.
Margen de actuación
El Estadio de Gran Canaria necesita mucho más que una ampliación de aforo. La reforma, con la UD Las Palmas dentro, debe adaptar el recinto a las exigencias de un Mundial moderno: mayor capacidad, mejores accesos, zonas de prensa y televisión, espacios de hospitalidad, seguridad, tecnología, circulación interior, servicios para espectadores y áreas operativas bajo estándares FIFA. No se trata solo de levantar gradas. Se trata de convertir el estadio en una infraestructura capaz de responder a una competición global.

La pregunta, por tanto, no es si Gran Canaria está ya fuera del Mundial 2030. No lo está. La pregunta es si será capaz de corregir a tiempo una licitación que el mercado ha rechazado. Los ejemplos de Toronto y del Estadio Azteca ofrecen aire, pero no resuelven el problema. Enseñan que el calendario puede apurarse más de lo recomendable. También recuerdan que apurar el calendario exige certezas, no dudas.
Gran Canaria sigue teniendo margen, pero cada mes cuenta. La licitación desierta no cierra la puerta al Mundial 2030, aunque sí obliga a cambiar el paso. El Cabildo debe decidir si recalcula el contrato, si busca una adjudicación negociada o si asume que el proyecto no puede sostenerse en las condiciones actuales. Toronto y el Azteca demuestran que llegar justo es posible. Lo que debe evitar Gran Canaria es llegar tarde a la decisión

