El otro día me crucé con una persona a la que hacía tiempo que no veía. Era una reunión sencilla, de trabajo, ilusionante, sí, pero tampoco trascendental; y, sin embargo, me ha dado para escribir estar letras y una profunda, pero sencilla reflexión.
Quisiera decirles su nombre, pero no puedo, en su lugar, mejor les hago una pequeña descripción. Ella es, una mujer importante, de esas que caen bien sin esfuerzo, de esas presencias que conservan algo limpio incluso cuando la vida, con su velocidad y sus giros, apenas te deja tiempo para detenerte. Lo laboral del momento, dejó paso para hablar de nuestras vidas personales, apenas fueron unos segundos, un pequeño intercambio, casi nada en términos de tiempo, pero a veces no hizo falta más. Hay frases que no necesitan una sobremesa, ni una confesión larguísima, ni una escena de película. A veces basta un instante para que alguien te deje una idea dando vueltas en la cabeza durante días.
Entre lo poco que nos dijimos, hubo dos cosas que se me quedaron clavadas por su sencillez y por su verdad. No hablar mal de nadie. No hacer daño a nadie. Lo dijo así, con esa naturalidad con la que solo se pronuncian las convicciones verdaderas, las que no nacen del postureo moral, sino de haber entendido algo importante de la vida. Y yo pensé que ahí, en esas pocas palabras, había mucho más que una frase bonita. Había una especie de mandamientos. No uno religiosos en el sentido estricto, aunque estemos en Semana Santa y la fecha invite a este tipo de asociaciones, sino un mandamiento humano, uno de esos principios que deberían acompañarnos más a menudo en medio de un mundo que ha normalizado demasiado la dureza, la maniobra y la falta de cuidado.
Yo añadiría, además, una tercera parte a ese pequeño código ético. Ayuda siempre que puedas. Incluso cuando cueste. Incluso cuando no te nazca. Incluso cuando delante no tengas a tu persona favorita. Porque creo, sinceramente, que estamos necesitados de buena gente. No de gente perfecta, no de gente impecable, no de santos de escaparate, sino de personas que, aun con defectos, con contradicciones y con cansancio, decidan no convertirse en una fuerza destructiva para los demás. Personas que entiendan que bastante difícil es ya vivir como para dedicarnos, además, a complicarle la existencia al que tenemos al lado.
Yo he dicho muchas veces, medio en serio y medio en broma, que en la vida existen dos equipos, el de los buenos y el de los malos. Ya sé que la realidad es más compleja, que todos tenemos luces y sombras, que nadie habita de manera permanente un lugar químicamente puro. Pero también sé que, en lo esencial, esa división existe. El equipo de los buenos lo forman quienes no necesitan arrasar a nadie para sentirse alguien, quienes no convierten la maldad en una herramienta de ascenso, quienes no viven diseñando movimientos oscuros para ganar presencia, poder o posición. El equipo de los buenos puede equivocarse, puede fallar, puede incluso decepcionar, pero no hace del daño una estrategia.
El otro equipo, en cambio, es más frecuente de lo que nos gustaría admitir. Está compuesto por quienes viven elucubrando, por quienes siempre parecen tener una jugada escondida, por quienes no saben avanzar si no es empujando a otro al borde. Son personas que entienden las relaciones humanas como una especie de tablero y que están convencidas de que todo vale si el resultado les beneficia. A veces lo hacen con una sonrisa, con educación, incluso con apariencia de corrección. Y quizá por eso resulta todavía más inquietante. Porque no siempre el mal se presenta de forma escandalosa. A veces llega vestido de cordialidad, de prudencia o de supuesto sentido común.
A lo largo de los años, yo mismo he tenido la sensación de verme envuelto, o al menos salpicado, por algunas de esas dinámicas. No sé si en todas las ocasiones entendí exactamente lo que ocurría, ni si hace falta entenderlo todo para notar cuándo hay algo turbio alrededor. Hay momentos en los que uno percibe que está siendo usado como daño colateral de algo más grande, como una pieza menor dentro de un relato, de una tensión o de una trama que busca erosionar, desacreditar o mancillar. No siempre se puede demostrar todo, pero sí se puede sentir. Y a veces lo que se siente basta para explicar por qué determinadas etapas se vuelven tan pesadas, tan tristes y tan hostiles por dentro.
Creo, de hecho, que algunos de los momentos más infelices de mi vida tuvieron bastante que ver con eso. No solo con los problemas concretos que atravesaba, sino con la sensación de estar rodeado de emociones feas, de intenciones raras, de ambientes donde la nobleza brillaba por su ausencia. Hay algo profundamente desgastante en convivir, aunque sea de forma indirecta, con la sospecha de que alguien calcula, maniobra o construye barro alrededor de tu nombre. Lo que más agota no es solo el golpe, sino el clima. Esa atmósfera donde uno deja de vivir tranquilo y empieza a analizarlo todo, a defenderse de cosas que ni siquiera comprende del todo, a gastar una energía preciosa en no dejarse arrastrar por una oscuridad que ni siquiera le pertenece.
Por eso valoro tanto, quizá ahora más que nunca, a la gente que se mueve desde otro lugar. A la gente que cuida. A la gente que no tiene interés en sembrar cizaña. A la gente que no vive hablando mal de otros para sentirse relevante. A la gente que, pudiendo dañar, elige no hacerlo. A la gente que, pudiendo pasar de largo, se detiene y ayuda. Yo no soy el mejor hombre del mundo, ni lo pretendo. No me interesa vestirme aquí de ejemplaridad. Me equivoco, he fallado, seguramente también he hecho daño sin querer en algunos momentos, como casi todos. Pero sí hay algo que reconozco en mí, y es una voluntad muy clara de procurar bien a las personas que tengo alrededor.
Siempre he intentado que la gente cercana tenga algo mejor por mi culpa y no algo peor. Siempre me ha salido compartir, invitar, arrimar el hombro, pagar una cuenta si puedo, repartir, facilitar, empujar a otros hacia delante, celebrar lo bueno de quienes caminan conmigo. No por estrategia, ni por necesidad de quedar bien, sino porque me gusta ver felices a los demás. Porque hay algo profundamente reparador en contribuir a que la vida del otro pese un poco menos. Porque creo en esa ley no escrita según la cual lo que uno da, cuando lo da de verdad y desde un lugar limpio, termina volviendo de alguna manera. Y así es como he enfocado toda mi realidad empresarial, no sé si acertadamente en lo económico, pero desde luego, salubremente en para un corazoncito.
Hace años escuché a Sergio Fernández hablar de una idea parecida, la de que cuanto mejor repartes en positivo, mejor te vuelve la moneda. Y aunque la vida no siempre devuelve las cosas con la exactitud de una calculadora, sí tengo la sensación de que existe una suerte de equilibrio profundo. Quien siembra daño, termina viviendo en un paisaje de daño. Quien siembra ruido, termina habitando una casa llena de ruido. Quien siembra cuidado, en cambio, suele encontrar refugios inesperados, afectos sinceros, manos tendidas en el momento justo. No hablo de magia. Hablo de una forma de estar en el mundo.
Por eso me apetecía tanto escribir este artículo en Semana Santa. Porque más allá de la fe personal de cada uno, hay algo en estos días que invita a mirar hacia dentro. A revisar quiénes estamos siendo. A preguntarnos qué hemos normalizado. A recordar que a veces hacen falta mandamientos, sí, pero no solo los de piedra, no solo los heredados, no solo los solemnes. También necesitamos mandamientos cotidianos, pequeños principios capaces de devolvernos al camino cuando nos estamos torciendo. Y yo, de todos los que podría elegir, hoy me quedo con este: no joderás.
No joderás al que se está levantando. No joderás al que está atravesando una mala racha. No joderás al que va más lento. No joderás al que todavía no sabe salir del todo de sus ruinas. No joderás al que confió en ti. No joderás por envidia. No joderás por ambición. No joderás para entretenerte. No joderás para arañar una cuota de poder. No joderás porque sí, que es quizá una de las formas más miserables de violencia que existen, la de hacer daño simplemente porque se puede.
Puede parecer una formulación irreverente, casi gamberra, pero precisamente por eso tiene fuerza. Porque baja la ética del mármol al barro de la vida real. Porque habla un idioma que entendemos todos. Porque evita la grandilocuencia vacía y pone el dedo justo donde más falta hace. Porque, seamos honestos, hay demasiada gente jodiendo a otra gente en nombre de demasiadas cosas. Del éxito, del ego, de la política pequeña, del orgullo herido, del complejo mal gestionado, de la necesidad de control, de la frustración mal digerida. Y frente a eso, lo revolucionario empieza a ser lo más básico: no destruir, no embarrar, no intoxicar, no usar la debilidad ajena como escalera.
A mí me sigue conmoviendo muchísimo la buena gente. La de verdad. La que no lleva cartel. La que no presume de bondad. La que no necesita que le aplaudan por ser decente. Esa gente que sostiene, que acompaña, que intenta comprender antes de condenar, que sabe callar a tiempo, que no convierte cada diferencia en una guerra, que no disfruta con la caída de nadie. Esa gente que hace más habitable el mundo sin hacer ruido. Esa gente que muchas veces no ocupa titulares, pero que en realidad mantiene en pie una parte importantísima de la vida colectiva.
Yo hoy me siento, además, en un momento bonito de mi vida. Rodeado de gente preciosa, de personas limpias, de afectos que no aprietan, que no calculan, que no exigen máscaras. Y supongo que también por eso quería escribir esto. Porque cuando uno vuelve a encontrar la belleza de lo sencillo, comprende mejor lo innecesario que era tanto ruido. Comprende que no hace falta vivir en guardia todo el tiempo. Comprende que la verdadera categoría de una persona no está en cuánto impresiona, sino en cuánto bien deja a su paso.
A veces nos desviamos, sí. A veces el dolor nos endurece, la decepción nos amarga y el miedo nos vuelve más torpes. A veces incluso estamos a punto de parecernos a aquello que nos hizo daño. Y entonces hacen falta recordatorios. Hace falta una frase. Hace falta un principio. Hace falta algo que te saque del barro y te devuelva a ti. Algo que te diga que no, que por ahí no es, que no merece la pena ensuciarse el alma por ganar una partida menor en un juego miserable. A veces, un mandamiento es suficiente para volver a ver la luz, y el mío es: No joderás.
