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Los números de la vida

Buscamos argumentos y al final siempre vamos a parar a los números

Buscamos argumentos y, al final, siempre vamos a parar a los números, esos símbolos que suman, restan, multiplican y hasta dividen los días, las noches y las vidas. En medio de la desorientación de no saber a dónde vamos, ni tampoco de dónde vinimos realmente, nos queda el consuelo de contar y de contarnos, en las historias que nos inventamos, en los recuerdos que idealizamos y también en los años que vamos transitando. 

El otro día comentaba con un amigo de juventud lo que fue para nosotros 1984. La novela de Orwell, que luego no iba tan desencaminada en cuanto a los grandes hermanos y las estrategias de control y dominio, nos tenía a todos como apocalípticos argonautas del último viaje de los seres humanos por este planeta que nos ha tocado en suerte. Al final no pasó nada, aunque ya digo que Orwell solo se equivocó en el ajuste de los números, pero no en la predicción de una condición humana cada día más robotizada, controlada y alienada sin que apenas lleguemos a darnos cuenta. Luego vino el año 2000 que ya cantaba Miguel Ríos en los ochenta como si estuviéramos a punto de ver llegar a todos los extraterrestres y de asistir a un cambio radical de la vida humana sobre la tierra. Es verdad que nos tuvo en vilo aquel Efecto 2000 que amenazaba con un apagón informático y que, al final, pudo ser controlado sin problemas; pero si uno piensa en lo que hubiera sido un apagón entonces y en lo que supondría ahora, casi sentimos lástima por aquellos seres avanzados que creíamos que éramos nosotros y que todavía habitábamos el mundo real: las entidades bancarias contaban con mpleados con los que podías hablar y las administraciones públicas con humanos a los que podías contarles tus problemas. Ese apagón, que ya se ha dado en algunos sitios, sí que nos dejaría hoy como cavernícolas por la dependencia casi total de la máquina. 

Este es el primer artículo en el que aparecerá 2026. Si esto me lo cuentan en 1978, o en 1986, e incluso en 2001, cuando cantaba Cómplices que, de pronto, sonaba un vals que daba comienzo a la odisea cinematográfica de Kubrick, estoy seguro de que sentiría mucho vértigo, como el que me produce pensar en 2050. Sin embargo, nos vamos acostumbrando a los números como a las máquinas, y también como a todo lo que vamos perdiendo y encontrando a medida que pasan los años, con naturalidad, casi diríamos que con deportividad, sabiendo que hay personas, ciudades o libros que solo pueden aparecer si dejamos que ese tiempo, siempre inventado, transite siguiendo la estela de unos números que son tan mendaces como todo  lo que creemos que controlamos y que se queda en nada ante la infinitud del multiverso. 
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