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Opinión

El pie de rey de la Unión Deportiva Las Palmas

Estos dos últimos partidos, contra dos equipos grandes, el Bilbao y el Barça, los hemos perdido en el descuento por decisiones arbitrales polémicas

3 minutos

El centrocampista de Las Palmas Kirian Rodríguez celebra su gol durante el encuentro / EFE - QUIQUE CURBELO

No hay ningún instrumento que mida la suerte que nos espera. La vida es impredecible y el fútbol es un juego que se le parece, una escenografía igual de imprecisa en la que soñamos que todo tiene que ser como merece; pero no lo es, como tampoco lo es la vida cada vez que nos deja, como cantaba Serrat, chupando un palo sentados sobre una calabaza, sin más salida que la reinvención y el coraje para salir adelante. La vida sí importa; el fútbol no; pero nos entretiene, nos vuelve niños durante un rato y nos sirve para remover emociones y para olvidar algunos páramos cotidianos. 

Yo soy un aficionado a carta cabal de la Unión Deportiva Las Palmas. No lo elegí. Lo eligieron mi abuelo y mi padre. Nunca me dijeron que tenía que ser de Las Palmas. Ellos me llevaban al Estadio Insular y, de alguna manera, sabían que ese destino era casi inevitable. Yo no sólo veo a los jugadores amarillos que están en el terreno de juego. Yo sigo viendo a Guedes (aunque no recuerde haberlo visto), a Tonono, a León,  a Germán, a Roque, a Felipe, a Brindisi, a Carnevali, a Félix, a Jorge o a Morete. Y veo a  los que habían visto mi abuelo y mi padre, a Pantaleón, a Alfonso Silva, a Mujica, a Torres o a Beltrán. De mis quince años en adelante hay muchísimos otros jugadores, pero ninguno con la vitola de la épica de la infancia. 

El pasado jueves jugó mi equipo de la infancia con el Barcelona. Le derrotamos varias veces en el Insular y yo tuve la suerte de estar allí cuando era niño. También entonces, los árbitros jugaban un papel importante, sobre todo cuando jugábamos fuera de casa. Nunca fue fácil ganar a un grande y, de hecho, jamás hemos ganado en el Bernabéu. En el fútbol no hay ningún pie de rey que mida preciso y de forma infalible, y este invento del VAR sólo ha hecho que nos parezcamos más a la NBA que a ese deporte que nos fascinó tanto por la simpleza de sus reglas. Estos dos últimos partidos, contra dos equipos grandes, el Bilbao y el Barça, los hemos perdido en el descuento por decisiones arbitrales polémicas. Los que dicen que Sandro se tiró cuando le rozó el contrario en San Mamés y que no fue falta, me imagino que ahora dirán lo mismo de esa caída vergonzante de Gundogan cuando sintió la mano del defensa amarillo en su espalda. Me dio mucha pena la cara de de estupefacción de Sinkgraven (también hay nombres que parecen galdosianos y que le quiten importancia a las heridas del momento). Acababa de salir al campo para jugar en una posición que no era la suya (esas cláusulas del miedo que impidieron que jugara Araujo tampoco existían en el fútbol de mi infancia) y, de repente, esa comedia griega que es a veces el fútbol lo colocó en el centro del drama, culpándole de un penalti que derrotaría a su equipo y, además, siendo expulsado cuando casi no había tenido tiempo de sudar la camiseta. Yo pensé en los niños de la Unión Deportiva que estaban en el campo o que veían el partido por la televisión. Estaban aprendiendo la lección de la injusticia, que con VAR es aún más dura y menos explicable. También sé que si Las Palmas jugara contra el Guía, todo eso que sucedió beneficiaría a los amarillos.

Lo que te preguntan quienes no saben nada de fútbol es para qué lo sigues viendo si sabes que es un negocio muchas veces corrupto y poco justo, desigual si hay dinero de por medio, y con una falta de respeto al juego limpio y a la convivencia. No les puedes contestar que lo sigues viendo para no dejar de ser un par de horas el mismo niño que iba de la mano de su padre por Mas de Gaminde camino del Insular; pero sí les puedes decir que miren cómo juega Kirian Rodríguez, un superviviente que celebra la vida en cada partido. Kirian es el niño que juega por nosotros vestido de amarillo, y el jueves, cuando no pudo contenerse ante la enésima injusticia arbitral, uno sentía que no nos estaban obligando a callar ante los atropellos. Nos olvidaremos y volveremos a soñar como si no hubiera pasado nada, porque realmente nunca pasa nada suceda lo que suceda en el terreno de juego, nada que tenga importancia en nuestra vida diaria, ni que nos ayude a llegar a fin de mes. Lo que sí acontece es esa sensación tan parecida a la del Día de Reyes las horas antes de comenzar el partido; pero a veces te levantabas de niño y no entendías por qué tenía que llover justo cuando querías ver de cerca a Gaspar, a Melchor y a Baltasar. Era injusto, como injusta es la vida tantas veces, como lo es el fútbol; pero, al mismo tiempo, aprendíamos a ser resilientes y a reinicidir una y otra vez en todo lo que nos invitara a soñar y a volar alto durante unas horas. A pesar de la lluvia, uno encontraba los regalos al día siguiente. Nos vemos en el próximo partido de la Unión Deportiva.

  

 


 

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