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Una persona ve la televisión. / ARCHIVO

Rooster

En estos días estoy siguiendo, totalmente entregado por su calidad, la nueva serie de Bill Lawrence en HBO que cuenta las peripecias de un escritor invitado en un college universitario de Estados Unidos

Aprendimos a esperar, a tener paciencia, a imaginar muchos finales posibles y a recrear distintos argumentos. Soy de la generación del To be continued los lunes o los martes por la noche, y también los sábados a primera hora de la tarde. La que fue alimentada de miedos y desgarros con Heidi o con Marco, y la que luego sufrió hasta lo indecible con Raíces, Hombre rico, hombre pobre o con Holocausto. Todos veíamos lo mismo porque en aquel tiempo en Canarias solo había una cadena de televisión.

Hasta el 82, con el Mundial, no nos pusieron la segunda y llenaron todas las azoteas y los balcones de flechas que apuntaban al cosmos como apunta Cupido a los corazones. Nos decían qué canciones debíamos escuchar, qué libros leer y casi nos obligaban a pensar lo que ellos querían. No sé quiénes eran ellos, pero aun sin darse cuenta estaban volviéndonos iguales menos en esos finales que teníamos que esperar de una semana para otra. No había filtraciones más o menos interesadas, ni campañas para tener en vilo a la gente. Esperabas hasta el martes, porque era el martes el día elegido para aquellas series, e ibas sabiendo cada semana un poco más de lo que luego comentábamos al día siguiente en el colegio.

Mismo director

Sin darnos cuenta, nos hicieron pacientes, aunque ahora lo hayamos olvidado y nos sentemos un fin de semana entero a ver series sin esperar siquiera un día para el capítulo siguiente. Le damos a saltar para seguir viendo y llegar al final exhaustos, sin tiempo de digerir tanto drama, tanto amor o tanta maldad, según el cariz de lo que estemos viendo. Eso me ha pasado con muchas series, y las dos últimas con el mismo director, Bill Lawrence.

Antes solo me había sucedido con Mad Men, mi gran serie, y la que no me canso de ver cada vez que quiero evadirme de este descerebrado espectáculo diario. Con Ted Lasso estaba, además, la complicidad del fútbol; pero había mucho más, también estaba el retrato de muchos estereotipos y la mirada a una Inglaterra que se parece poco a la que yo conocí en los años ochenta y noventa del pasado siglo. Ellos, entonces, tenían un par de capítulos más, pero veían lo mismo que nosotros, o lo que nosotros veríamos más tarde.

Allí vi Dallas o El increíble Hulk unos meses antes de que llegaran a España. Por eso piensa de forma tan parecida toda una generación y por eso ahora es todo tan caótico, y quizá más democrático, o más anárquico, porque cada cual se busca su propia serie o su propia música en la inmensidad de las pantallas.

Todo al momento

En estos días estoy saltando esos principios, y siguiendo, totalmente entregado por su calidad, la nueva serie de Bill Lawrence en HBO. Se titula Rooster, y cuenta las peripecias de un escritor invitado en un college universitario de Estados Unidos. Pero detrás hay mucho más, y no voy a contar nada por si les apetece verla este fin de semana y entretenerse con diálogos enjundiosos, guiños literarios y mucha sociología de estos tiempos, tan parecidos, como vengo diciendo, en todas partes.

Ahora mismo todos queremos saber sin esperar mañana, y ahí nos estanos alejando de nuestro propio argumento y de la condición mortal de los humanos, porque no sabemos nunca lo que sucederá al día siguiente. Creo que eso tiene que ver mucho con la locura que nos rodea. Todo el mundo quiere todo al momento, como aquellos amigos mimados que conseguían cualquier capricho solo con levantar la mano. Nosotros aprendimos a esperar, aunque ahora es verdad que agradecemos de esas series que siempre haya un capítulo siguiente de forma inmediata.