Las únicas velas que soplé por mi cumpleaños las puso un restaurante. Lo cuento así, sin adornarlo, porque fue exactamente así. No me faltó una fiesta, ni un regalo, ni un viaje. De hecho, organicé unos días en el sur, elegí un apartamento precioso, preparé planes, firmé contratos, conquisté a un cliente y gasté bastante más de lo habitual. Desde fuera, la fotografía podía parecer perfecta. Sin embargo, cuando se apagaron las luces y regresó el silencio, me hice una pregunta que llevaba demasiado tiempo esquivando: ¿dónde estoy yo dentro de mi propia vida?
La pregunta no apareció en mitad de una tragedia. Llegó un día de resaca, con el cuerpo cansado y el móvil pegado a la mano. Abría Instagram, veía un vídeo, después otro y luego otro más. Nada me interesaba de verdad, pero tampoco era capaz de parar. Todo me aburría. Miraba hacia otro lado para no mirar hacia dentro. Y ahí entendí que llevaba mucho tiempo cubriendo el malestar con pequeñas dosis de estímulo: trabajo, planes, compras, redes, sexo, dinero, viajes y esa necesidad casi enfermiza de que siempre estuviera pasando algo.
El autosabotaje que parece una virtud
Hay formas de autosabotaje que resultan muy fáciles de reconocer. Llegar tarde, abandonar un proyecto, desperdiciar una oportunidad. Otras son mucho más sofisticadas porque se disfrazan de virtudes. Trabajar sin descanso puede parecer ambición. Resolverle la vida a todo el mundo puede parecer generosidad. Organizar cada experiencia puede parecer liderazgo. Dar siempre más puede parecer amor. Hasta que un día descubres que llevas años ocupándote de todos menos de ti.
Yo sé hacer eso extraordinariamente bien. Sé producir momentos, sostener estructuras, cuidar equipos, imaginar proyectos y convertir una conversación en una oportunidad. Incluso en mitad de unos días de descanso terminé firmando contratos. El trabajo me gusta, me hace feliz y tengo la inmensa suerte de dedicarme a cosas que me emocionan. El problema no es trabajar. El problema aparece cuando utilizo aquello que amo para evitar aquello que me duele.
Cuando la constancia juega en contra
También soy compulsivo. Lo he sido con el deporte, con el dinero, con el trabajo y ahora con el móvil. Tengo una relación peligrosa con el todo o nada. Si entreno, quiero entrenar como un animal. Si trabajo, quiero resolver el año entero en una mañana. Si quiero a alguien, doy hasta quedarme sin nada. Pero sería profundamente injusto decir que me falta constancia. La constancia es uno de mis superpoderes. Cuando creo en algo, aparezco, sostengo, trabajo y regreso al día siguiente, incluso cuando ya no queda aplauso ni entusiasmo. El problema, a veces, no ha sido abandonar demasiado pronto. Ha sido permanecer demasiado tiempo, insistir cuando ya estaba agotado y poner una capacidad extraordinaria al servicio de algo que me hacía daño.
Por eso mi reto no consiste en aprender a ser constante. Consiste en decidir a qué le entrego esa constancia. Porque la vida no cambia el día en que haces una promesa gigantesca; cambia cuando repites una decisión pequeña aunque nadie la vea. Y eso yo sí sé hacerlo. Tres entrenamientos a la semana. Una hora de verdad. Dormir. Comer bien. Cumplir el plan económico que ya está hecho. Dejar el móvil fuera del dormitorio. Soportar el aburrimiento sin salir corriendo hacia una pantalla. No tengo que convertirme en otra persona. Tengo que poner el superpoder que ya tengo de mi parte.
Cuando ya no faltan palabras
Durante años he explicado demasiadas veces lo que necesito. He buscado las palabras más bonitas, más empáticas y más fáciles de entender. He intentado que nadie se sintiera atacado, que todo el mundo comprendiera el contexto y que mis emociones llegaran envueltas para regalo. Y un día también hay que aceptar una verdad incómoda: cuando llevas años explicando lo mismo, quizá ya no te falten palabras. Quizá te falten decisiones.
No hablo de castigar a nadie ni de marcharse dando un portazo. Hablo de dejar de actuar contra lo que uno ya sabe. Si algo me duele, no necesito convencerme de que debería dolerme menos. Si tengo que mendigar atención, deseo o iniciativa, no necesito preparar una presentación para justificar por qué me afecta. Si una relación, un hábito o una manera de vivir me obliga a hacerme pequeño, mi responsabilidad no es explicarlo por vigésima vez. Mi responsabilidad es dejar de colaborar con aquello que me destruye.
Se acabó Agoney contra Agoney
Ahí apareció la frase: se acabó Agoney contra Agoney.
Porque durante mucho tiempo he pensado que el conflicto estaba fuera. En la agenda imposible, en la crisis económica, en el comportamiento de otras personas, en la falta de tiempo, en el cansancio o en el algoritmo. Todo eso influye, claro. Pero existe una parte mucho más dura de asumir: yo también he sostenido las dinámicas que me hacían daño. Yo he seguido organizando cuando estaba agotado. Yo he gastado para fabricar felicidad. Yo he abierto las aplicaciones que sabía que iban a herirme. Yo he rogado por cosas que, si tienen que rogarse, dejan de tener el valor que buscaba. Yo he preparado la maleta para marcharme y después he negociado conmigo hasta volver a quedarme.
Recuperar el poder
Reconocerlo no significa culparme. Significa devolverme el poder. Mientras toda la responsabilidad pertenece a los demás, yo solo puedo esperar a que cambien. Cuando acepto mi parte, aparece una posibilidad mucho más interesante: puedo cambiar yo.
Ponerme de mi parte no significa convertirme en egoísta. Tampoco dejar de querer, de ayudar o de ser generoso. Significa que yo también entro en la ecuación. Que el dinero vuelve a tener una función y deja de ser una manera de comprar tranquilidad. Que el trabajo vuelve a ser creación y no escondite. Que el deporte deja de ser un castigo contra mi cuerpo y se convierte en una alianza con él. Que el teléfono vuelve a ser una herramienta y deja de decidir a qué presto atención.
Respetar a los demás sin traicionarme
Ponerme de mi parte también significa respetar la libertad de los demás sin utilizarla como una excusa para traicionarme. Cada persona puede elegir cómo vive, cuánto se implica, qué desea y qué está dispuesta a construir. Yo no necesito controlar esas decisiones. Necesito observarlas y decidir qué hago con la información que me ofrecen. Sin amenazas, sin discursos infinitos y sin convertir cada decepción en una nueva negociación.
Durante demasiado tiempo entregué mi autoestima a miradas ajenas. Pensé que estaría mejor cuando adelgazara, cuando volviera a estar fuerte, cuando produjera más, cuando ganara más dinero o cuando alguien me deseara con una intensidad determinada. Pero ninguna transformación física puede resolver una incompatibilidad emocional y ningún contrato firmado consigue que unas buenas noches sean más cariñosas. Hay vacíos que no se llenan facturando, aunque facturar ayude muchísimo a pagar las facturas.
Ordenar desde la disciplina
Ahora toca ordenar. No desde la euforia, sino desde la disciplina. El plan económico ya existe; toca cumplirlo. El entrenamiento ya tiene días, horas y duración; toca presentarse. El móvil tiene un botón para cerrar una aplicación; toca utilizarlo. No necesito construir otra versión ideal de mí para dentro de seis meses. Necesito dejar de sabotear al que ya existe hoy.
Sé que los primeros días aparecerá el aburrimiento. Aparecerán las ganas de revisar una publicación, de organizar otro plan, de gastar, de escribir un nuevo mensaje o de convertir el gimnasio en una religión. Mi reto no será eliminar esos impulsos. Será no obedecerlos todos. La libertad no consiste en hacer siempre lo que me apetece. A veces consiste precisamente en no hacerlo.
Estar de mi parte
Esta nueva temporada no va de venganzas ni de demostrarle nada a nadie. No necesito que otra persona se arrepienta, reaccione o cambie para comenzar. Tampoco necesito dejar de querer a nadie. Solo necesito dejar de abandonarme cada vez que quiero.
Por eso quiero escribirlo, decirlo y hasta llevarlo en una camiseta. No como una frase motivacional fabricada para una fotografía, sino como una instrucción. Estoy de mi parte. Cuando mi constancia amenace con convertirse en obstinación, estaré de mi parte. Cuando quiera comprar una emoción, estaré de mi parte. Cuando me entren ganas de explicar por vigesimoprimera vez aquello que ya he explicado veinte, estaré de mi parte. Cuando el cuerpo pida descanso y la cabeza exija otra batalla, estaré de mi parte.
Elegir un bando
No sé exactamente cómo terminará todo lo que hoy me preocupa. Lo que sí sé es desde qué lugar voy a enfrentarlo. Ya no desde la necesidad de agradar, sostener, producir y demostrar permanentemente. Lo haré desde el respeto por mí mismo.
Se acabó Agoney contra Agoney. No porque haya dejado de equivocarme, ni porque mañana vaya a despertar convertido en otra persona. Se acabó porque, por fin, he elegido un bando.
Estoy de mi parte.
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