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Donald Trump, presidente de Estados Unidos. / EFE

El sustrato de la bestia

La bestia la hemos dejado crecer entre todos. De aquí en adelante, tendrá muchos nombres y nos irá dando cada vez más ultimátums

Trump solo es la punta del iceberg del mundo que vivimos. Está ahí porque es el Pelé de los rastreros, el Cervantes de los trepas, el Einstein de los aduladores, el Voltaire de los matones, el Picasso de los que desprecian la cultura y el Caruso de los vocingleros. Es el reflejo de sus votantes, y de los votantes que le votarían en todo el planeta, existe porque hay gente así en todas partes, cada vez los vemos más, no nos engañemos, en nuestros entornos laborales, entre nuestros políticos más cercanos y entre nuestros vecinos: que nadie se engañe o se lleve las manos a la cabeza, casi nunca llegan los honrados, los trabajadores y los que se esfuerzan: en estos tiempos ganan los vivales, los que utilizan a los otros desde que se acercan y los que luego no tienen ninguna vergüenza en mentir, difamar e ir sembrando un poco más de desesperanza por el planeta.

Claro que no son todos, que no somos todos; pero sí son cada vez más y salen en las televisiones, en las redes sociales y blanquean sus sepulcros en un momento cambiando de ropa, buscando a un buen relaciones públicas y, sobre todo, apelando a la amnesia colectiva que estamos viviendo, justo cuanta más información tenemos; pero ese exceso genera lo mismo que nos pasaba cuando, con diecisiete años, nos íbamos los amigos La Strada y no sabíamos que escoger entre tantos platos. La Strada, lo mismo que El Internacional, eran buffets de los setenta y los ochenta en Gran Canaria.

Ruina económica

Estos días pasados, la consecuencia de los recortes en educación, la enganchadera a las máquinas de cualquier jaez, el consumo compulsivo y rápido y el no pensar lo que se vota, dio un ultimátum al mundo, porque en esa partida no juega solo Irán. La ruina económica, los recortes que se esperan en servicios esenciales y la falta de combustible o de medicamentos las sufriremos todos.  

Y claro que deseo que acabe el régimen de los ayatolas en Irán, como mismo desearía que desaparecieran otras dictaduras de sátrapas y de abusadores por todo el mundo; pero si hablamos de civilización, que fue lo que dijo que iba a destruir ese chulo de patio de colegio, no debemos olvidar que de esos ríos, esas montañas y esos desiertos viene mucho de lo que nos ha hecho crecer como seres humanos hasta evolucionar hacia una racionalidad que creíamos que ya no tendría retroceso; pero sí, el retroceso es absoluto y además altamente peligroso porque acechan los Putins o los chinos para hacer ( o seguir haciendo) lo mismo en otras partes del planeta

Propina de regalo

De momento, nos han regalado una propina, pero ese camino de retroceso en el que nos hemos empeñado, o por lo menos en que se han empeñado los estadounidenses, se une con la nueva llegada a la luna, lo que viene a ser el sueño cumplido de aquella civilización de los persas que nos trajo el álgebra o el algoritmo con los que luego construimos los cohetes y calculamos las distancias siderales del universo.

Por un lado nos tapamos como avanzados argonautas tecnológicos y por el otro nos destapamos como los primates que éramos cuando no articulábamos palabras, ni sabíamos nada de sumas o de restas, solo del palo del que tenía más fuerza y del ultimátum que nos pusiera el que tiraba las piedras con más puntería y con más fuerza. En eso andamos, como esos monos que todavía se llevan las manos a la cabeza cuando no entienden lo que pasa a su alrededor. O peor aún, tapándonos los ojos creyendo que así ahuyentáramos a la bestia. La bestia la hemos dejado crecer entre todos. De aquí en adelante, tendrá muchos nombres y nos irá dando cada vez más ultimátums.