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Imagen de un zapatero / CANVA

La última generación que sabía arreglar cosas

"Quizás nosotros fuimos la última generación que vio a alguien intentar arreglar las cosas antes de tirarlas. La última generación que escuchó a una madre decir 'todavía sirve'"

El otro día vi un vídeo de Minerva Hernández (@minervahers) y me quedé callado durante un rato largo. No porque dijera algo especialmente complejo, sino precisamente porque hablaba de una de esas verdades pequeñas que terminan persiguiéndote todo el día. Ella reflexionaba sobre cómo nos hemos acostumbrado a abandonar cualquier cosa que nos incomode lo más mínimo, y mientras la escuchaba pensé en algo terrible: quizás nos estamos convirtiendo en una generación incapaz de sostener nada el tiempo suficiente como para entender su verdadero valor.

Yo crecí rodeado de personas que arreglaban cosas, creo que eso marca más de lo que parece.

Crecí viendo a adultos desmontar electrodomésticos encima de la mesa de la cocina con una concentración casi quirúrgica. Vi persianas medio desarmadas durante días, ventiladores abiertos en el suelo del salón y cajas llenas de cables que nadie se atrevía a tirar “porque todavía podían servir”. Crecí viendo aquel anuncio de Catalana Occidente donde una niña decía orgullosa aquello de “mi papá lo arregla todo, todo y todo”, y supongo que ninguno entendíamos entonces que aquel anuncio hablaba de mucho más que de bricolaje o seguros.

Hablaba de una generación que todavía creía que las cosas merecían tiempo.

Las cosas feas

Mi abuela Ana era exactamente así. Y mientras escuchaba a Minerva, me acordé muchísimo de ella y de aquel artículo que escribí una vez, “Las cosas feas de mi casa”. Porque sí, mi casa tenía cosas feas. El sillón era antiguo, las mesas estaban llenas de marcas y los muebles parecían elegidos por personas completamente distintas. Pero aquellas cosas feas tenían algo que echo muchísimo de menos en el mundo moderno: historia. El sillón seguía allí porque alguien había decidido tapizarlo en lugar de sustituirlo. La mesa tenía quemaduras porque había sobrevivido a cenas familiares, vasos mal apoyados y domingos eternos. Las casas de antes no parecían decorados; parecían vidas.

Y quizá por eso había algo profundamente humano en ellas.

Ahora, en cambio, tengo la sensación de que vivimos rodeados de cosas demasiado nuevas y vínculos demasiado frágiles. Todo parece diseñado para durar poco y no dejar demasiada huella. Cambiamos de móvil, de ropa, de ciudad, de trabajo y hasta de personalidad con una facilidad que a veces da miedo. Pero lo más preocupante no es eso. Lo verdaderamente preocupante es que hemos empezado a hacer exactamente lo mismo con las personas.

La capacidad de permanecer el tiempo suficiente

Hay gente que desaparece de tu vida hoy como antes desaparecía un aparato roto de una casa: sin demasiado duelo y sin intentar entender qué falló exactamente.

Y claro que hay relaciones que deben terminar. Claro que hay lugares de los que uno tiene que marcharse para sobrevivir. Pero tengo la sensación de que últimamente estamos perdiendo algo importante: la capacidad de permanecer el tiempo suficiente como para comprender lo que merece ser salvado.

Porque reparar algo exige cosas que ya casi nadie quiere asumir. Exige paciencia. Exige conversaciones incómodas. Exige reconocer errores. Exige aceptar que hay momentos donde las personas no están brillantes, inspiradoras ni emocionalmente disponibles. Y quizás por eso ahora cuesta tanto construir vínculos profundos. Porque hemos aprendido a convivir con la idea de que siempre habrá otra opción esperando detrás de la siguiente pantalla.

Incapaces de construir algo duradero

A veces pienso que la tecnología no solo cambió nuestra manera de consumir objetos. También cambió nuestra manera de mirar la vida. Nos acostumbró a deslizar el dedo cuando algo deja de entretenernos, y quizás sin darnos cuenta terminamos aplicando esa misma lógica a todo lo demás. A las relaciones. A las amistades. Incluso a nosotros mismos.

Y eso deja una soledad rarísima.

La soledad de vivir rodeados de estímulos constantes, pero cada vez más incapaces de construir algo duradero. La soledad de sentir que todo el mundo está de paso. La soledad de saber que, en una época donde todo el mundo habla de conexión, cada vez hay menos personas dispuestas a quedarse cuando las cosas dejan de ser fáciles, bonitas o convenientes.

La última generación

Hace unas semanas pasé delante de un zapatero antiguo. Uno de esos negocios pequeños que sobreviven milagrosamente entre franquicias idénticas y escaparates llenos de cosas que nadie recordará dentro de seis meses. Dentro había un hombre mayor cosiendo unas botas desgastadas bajo una lámpara amarilla. Tenía las manos llenas de marcas, las gafas caídas en la punta de la nariz y una paciencia que parecía pertenecer a otro siglo. Recuerdo quedarme quieto mirándolo desde fuera del cristal mientras pasaba el hilo lentamente por aquel cuero viejo, como si todavía creyera que aquellas botas merecían otra oportunidad.

Y de pronto entendí algo que me dio muchísima tristeza.

Quizás nosotros fuimos la última generación que vio a alguien intentar arreglar las cosas antes de tirarlas. La última generación que escuchó a una madre decir “todavía sirve”. La última que vio a un abuelo empeñado en salvar una radio rota durante horas. La última que aprendió que algunas cosas, precisamente porque estaban dañadas, merecían todavía más cuidado.

Y mientras aquel hombre seguía cosiendo aquellas botas viejas con una paciencia casi imposible en este mundo moderno, pensé que tal vez el verdadero drama de nuestra época no sea que ya nadie sepa arreglar tostadoras, sillones o persianas. Tal vez el verdadero drama sea que ya casi nadie sabe mirar algo roto, respirar hondo y decidir quedarse el tiempo suficiente como para intentar salvarlo.