La Gala de la Reina del Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria 2026 comenzó con un vídeo conmemorativo por el 50 aniversario que pretendía emocionar. Y emocionó, sí, pero en ese tono institucional que suena más a acto oficial que a fiesta popular. Demasiada solemnidad para una celebración que nació para la irreverencia. De hecho, aquel arranque nostálgico ya anunciaba lo que vendría después: un espectáculo más preocupado por parecer importante que por ser vibrante.
Y eso que el tema elegido este año era Las Vegas. La ciudad del exceso, del brillo sin culpa, del espectáculo sin freno. Un universo que da para ironía, para kitsch, para riesgo, para narrativa visual, para jugar con la fantasía del azar y la tentación. Pues bien: la obertura desperdició prácticamente todo ese potencial. Ni rastro del vértigo, ni del humor, ni de la teatralidad desmedida que evoca el imaginario de los casinos y los neones eternos. Se apostó fuerte… y se jugó a lo seguro. Difícil combinación.
Sin talento ni riesgo
La obertura fue plana, previsible y alarmantemente falta de imaginación. Y conviene decirlo claro: en la dirección artística, con Josué Quevedo al frente, faltó talento y faltó riesgo. No por quienes se subieron al escenario, que defendieron su trabajo con profesionalidad, sino por un concepto que nunca terminó de despegar. Con Las Vegas como excusa, se podía haber construido un relato potente. En lugar de eso, se optó por una puesta en escena correcta, medida, sin aristas. Demasiado contenida para una temática que pedía desenfreno.
Los trajes de las trece candidatas fueron casi todos monumentales en estructura y brillo, como manda la tradición. Pero si alguien asegura que desfilaron hace ocho o diez años, la duda sería razonable. Mucho volumen, mucha pedrería, mucha arquitectura… y poca ruptura. El déjà vu también llevaba lentejuelas.
¿Windows 2000?
La música acompañó sin empujar. Salvo contadas excepciones, sonó más a evento institucional que a fiesta desbordada. Incluso la cortinilla de entrada de las candidatas tenía ese aire inquietantemente familiar: por momentos parecía la melodía de Windows 2000 apagándose. Solo faltó el aviso en pantalla: “El sistema se cerrará ahora”. Y lo preocupante es que, en algunos tramos, parecía que el sistema creativo ya se había apagado antes de empezar.

El problema de fondo es evidente: el Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria se está tomando demasiado en serio a sí mismo. Hemos asumido, desde hace mucho tiempo, que la Gala de la Reina es un espectáculo televisivo para la promoción de la fiesta fuera de Canarias, pero por el camino se ha pervertido el espíritu del asunto. Demasiado pendiente del protocolo, de la solemnidad, del plano perfecto. Pero el Carnaval no es una gala corporativa con plumas; es desorden, es sátira, es riesgo. Cuando todo está tan empaquetado, tan calculado, pierde calle. Y sin calle, pierde alma.
Realización deficiente
La realización televisiva tampoco ayudó. Planos que llegaban tarde, cortes que rompían coreografías en pleno desarrollo, encuadres que evitaban mostrar el conjunto cuando más falta hacía. Desde casa se percibía más el desajuste que la intención artística: el micrófono de ambiente colándose sin pedir permiso y las voces de los cantantes ligeramente desacompasadas respecto a la música. La televisión no amplificó el espectáculo; lo fragmentó.
En medio de tanto envoltorio pulcro, destacó Dani Calero, que sostuvo la gala con oficio y naturalidad. También brillaron las comparsas que acompañaron a Tonny Tun Tun y Olga Tañón, aportando energía real y presencia escénica, aunque en la retransmisión esa fuerza llegara con interferencias incluidas.

Bravo por Los Legañosos
Y si alguien recordó lo que significa esta fiesta, fueron Los Legañosos. Crítica, ironía, colmillo. Los únicos que parecían entender que el Carnaval no necesita solemnidad, sino verdad.
Las Vegas prometía exceso.
El Carnaval prometía desborde.
La gala, en cambio, apostó por la prudencia.
Y en una fiesta que vive del riesgo, jugar a no perder es, quizá, la peor derrota.
Enhorabuena a Carla Benítez González (Capross 2004 SL; de la familia Franquis), nueva reina del Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria.
