Si alguien ha encontrado un trabajo que le apasiona, esa es Marisa Rivas. Ua pasión que hace que le cueste imaginarse lejos de su tienda. Lleva 42 años detrás del mostrador de su boutique de Alcaravaneras, en Las Palmas de Gran Canaria, y todavía se levanta por las mañanas pensando qué conjunto puede gustarle a una clienta o qué prenda guardar para otra que viene desde Tenerife.
Con casi 80 años, sin embargo, ha decidido que ha llegado el momento de parar. No porque haya perdido las ganas. "Si fuera por mi ilusión, continuaría", asegura. Pero hay una frase que repite desde que tomó la decisión: “Quiero jubilar yo a la tienda, no que la tienda me jubile a mí”. Por eso ha puesto fecha al final de una etapa que comenzó en 1984. El próximo 31 de diciembre bajará la persiana si antes no consigue que alguien se haga cargo del negocio.
El proyecto de su vida
Rivas abrió su tienda tras ser madre y criar a sus tres hijos. La moda siempre le había apasionado y quiso probar suerte con algo suyo. "Empecé ahí de mala manera, vendiendo un poco, sin saber nada, sin conocer nada, pero poco a poco yo sola me fui abriendo el camino" y aprendiendo sobre la marcha qué buscaban sus clientas. Después llegaron los viajes a Madrid, Barcelona o Sevilla para acudir a ferias, elegir prendas y descubrir nuevas colecciones.
“Poquito a poco” fue encontrando su sitio y cuatro décadas después, sigue disfrutando de comprar ropa y, sobre todo, de escogerla pensando en las mujeres que después pasarán por su tienda.
La boutique tiene, además, una parte muy ligada a sus raíces. Rivas es natural de Utrera, en Sevilla, aunque lleva más de medio siglo viviendo en Canarias, y desde hace años vende trajes de gitana que ella misma diseña y que un taller sevillano confecciona para la tienda. Busca que sean modelos exclusivos y que sus clientas no se encuentren con otro vestido igual en una celebración.

Clientas de hace 42 años
En todo este tiempo, la tienda de moda se ha convertido en bastante más que un comercio. Algunas de sus clientas llegaron por primera vez con unos 40 años y hoy rondan los 80 y siguen comprando con ella. E, incluso, mcuhas entran para pedirle consejo, contarle sus problemas o simplemente conversar un rato. “Yo no he estudiado Psicología, pero las escucho”, bromea Rivas.
Esa confianza también se nota en la ropa. Después de tantos años, asegura que conoce las tallas y los gustos de muchas de ellas casi con mirarlas. Tiene incluso clientas de Tenerife, La Palma o La Gomera a las que prepara prendas y envía paquetes porque ya sabe qué les puede quedar bien. "Nunca me han devuelto nada o lo han querido cambiar", dice orgullosa.
“¿Y ahora quién me va a vestir?”
Y esa comunidad se ha volcado más que nunca ahora con ella. Desde que colocó los carteles anunciando el traspaso, Rivas ha descubierto hasta qué punto forma parte del día a día de quienes pasan por allí. Sus clientas se han emocionado al conocer la noticia y una de las preguntas que más escucha estos días resume esa relación construida durante décadas: “¿Y ahora quién me va a vestir a mí?”.
"Una cliente me llegó a decir: 'Ay, no te vayas a ir, pero espérate un poquito de año más, que yo me muera'”, se ríe emocionada contando todo este cariño. Dice que nunca imaginó que la gente la quisiera tanto. Incluso personas a las que no conoce entran al establecimiento después de ver los carteles para felicitarla por su jubilación y decirle que, después de tantos años trabajando, ya le toca descansar.

Busca a alguien que continúe
Con todo este trabajo a sus espaldas y la comunidad que ha creado, Rivas no quiere cerrar del todo, sino buscar un relevo. Quiere traspasar la boutique y que siga siendo una tienda de ropa, hasta se ofrece a acompañar a quien la coja durante los primeros días, presentarle a las clientas y enseñarle cómo funciona un negocio construido durante más de cuatro décadas.
Sus tres hijos han elegido otros caminos profesionales y ninguno quiere continuar con la tienda. Un hecho que Rivas reconoce que le apena porque le habría hecho ilusión que quedara en la familia, pero también entiende que tienen sus propios trabajos y que este negocio fue siempre su proyecto.
Para ella, encontrar sustituto significaría también conservar una manera de entender el pequeño comercio. Rivas defiende esas tiendas en las que quien atiende conoce a quien entra y sabe qué busca. “Estas son las empresas que mantenemos los barrios, porque son personalizadas”, sostiene.

La fecha del cierre
Por ahora seguirá intentando que alguien continúe con la boutique. Calcula que conserva alrededor de 200 clientas habituales y está convencida de que el local, en una esquina de Alcaravaneras que ha visto transformarse durante todos estos años, tiene posibilidades. Ya ha recibido interés para instalar otros negocios, desde oficinas hasta un taller de costura, pero quiere dar una última oportunidad a la ropa.
Si nadie aparece, tampoco piensa convertir la despedida en una batalla. Permitirá que el espacio tenga otro uso y cerrará su etapa porque su decisión está tomada. “Ojalá tuviera 20 años menos o diez años menos, me quedaba sin dudarlo”, reconoce.
Después de 42 años, Marisa, como todas sus clientas la llaman con cariño y confianza, todavía se levanta con ilusión por ir a trabajar y precisamente por eso quiere marcharse ahora, antes de que sea la tienda la que decida por ella.
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