Hay vidas que avanzan en línea recta y otras que se construyen como un mapa lleno de desvíos, curvas y caminos secundarios. Augusto Hidalgo pertenece a la segunda categoría. Quizá por eso siempre lleva uno consigo, doblado con cuidado en la mochila: un mapa de carreteras de Gran Canaria. Papel, tinta, pliegues. En tiempos de algoritmos y GPS, ese gesto dice más de él que cualquier biografía oficial. Confía en lo que se puede tocar, en lo que no se cae cuando falla la señal. En política, como en la carretera, hay rutas que no aparecen en pantalla.
Nació en Las Palmas de Gran Canaria, a escasos metros de la orilla de la Playa de Las Canteras, ese lugar donde el tiempo parece diluirse entre mareas. Allí vuelve siempre que puede. No como dirigente, sino como hombre: padre, lector, caminante. Es fácil imaginarlo sentado frente al mar, con un libro entre las manos, mientras la ciudad —la misma que gobernó durante ocho años— sigue latiendo a su espalda.
Pero antes de los despachos, antes de los pactos y las instituciones, hubo un adolescente. Y en ese adolescente ya estaba todo.
Huelga en el Balmes
A los catorce años, en 1987, organizó una huelga en el Colegio Jaime Balmes. No era un gesto simbólico ni una travesura juvenil: era política en estado puro. Aquella protesta contra decisiones del Gobierno central —la aprobación de una ley orgánica, la LODE— le costó una expulsión temporal.

Pero también le dio algo más importante: una identidad. Un año después, en el instituto público, el Santa Teresa de Jesús, repitió la jugada a mayor escala. Movilizaciones, asambleas, parálisis educativa. De ese impulso nació el germen del Sindicato de Estudiantes en Canarias, cuyos estatutos se redactaron en un lugar improbable: el Obispado. Bajo el amparo del obispo Ramón Echarren, aquellos jóvenes encontraron techo para ordenar su rebeldía.
El Manifiesto Comunista
No es difícil rastrear el origen de esa vocación. Su padre, Augusto Hidalgo Champsaur, abogado y activista antifranquista, le entregó siendo muy joven un ejemplar de El Manifiesto Comunista de Karl Marx. No fue solo un libro, fue una llave. La puerta que abrió condujo directamente al compromiso político. A la militancia. A una forma de entender el mundo en términos de lucha, justicia y transformación.
Hidalgo fue, en sus inicios, un convencido marxista. Militó en organizaciones vinculadas a la izquierda transformadora, como el partido Comunista o Izquierda Unida, participó en movimientos ecologistas y sindicales, y encontró en Comisiones Obreras un espacio natural de acción. Su primera identidad política no fue la del gestor, sino la del activista. La calle antes que el despacho.
Evolución ideológica
Pero las trayectorias largas rara vez son estáticas. Con el paso de los años, aquella ortodoxia ideológica se fue templando. No por renuncia, sino por evolución. Guardó el marxismo en un cajón —sin tirarlo— y comenzó a transitar hacia posiciones socialdemócratas. Abandonó Izquierda Unida y acabó encontrando en el PSOE un espacio desde el que operar con mayor capacidad de influencia.

Ese tránsito no fue solo ideológico. También fue vital. Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la UNED, con formación en prevención de riesgos laborales y docencia, Hidalgo construyó una base técnica que complementaba su impulso político. No quería solo cambiar las cosas: quería saber cómo hacerlo.
Jerónimo Saavedra
Su entrada en las instituciones llegó de la mano de Jerónimo Saavedra en 2007, como concejal en el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria. Fue el primer contacto real con la gestión pública. Después vendría el Cabildo, en la oposición, bajo el liderazgo de Carolina Darias. Años de aprendizaje silencioso, de observar cómo se mueve el poder desde dentro.
El salto definitivo llegó en 2015. Encabezó la lista del PSOE en la capital grancanaria y, tras un acuerdo con Nueva Canarias y la plataforma municipalista apoyada por Podemos, alcanzó la alcaldía. Era el momento de pasar de la teoría a la práctica. Gobernar una ciudad no es escribir un manifiesto: es tomar decisiones, gestionar conflictos, asumir costes.
Salto al Cabildo
Revalidó el cargo en 2019, consolidando un proyecto político que se sostuvo en alianzas progresistas. Durante ocho años fue el rostro institucional de una ciudad compleja, diversa, exigente. La política dejó de ser un campo de batalla ideológico para convertirse en un ejercicio de equilibrio permanente.

En 2023 cambió el escenario, pero no el fondo. Dio el salto al Cabildo de Gran Canaria como candidato socialista, logrando un resultado que le permitió sellar un pacto de gobierno y asumir la vicepresidencia primera y la responsabilidad de Obras Públicas. Infraestructuras, carreteras, vivienda. El territorio como espacio político. Quizá no sea casual que quien siempre lleva un mapa sea ahora quien decide por dónde pasan los caminos.
'Bohemian Rhapsody'
Pero reducir a Augusto Hidalgo a su trayectoria institucional sería quedarse en la superficie. Hay una dimensión íntima que completa el retrato.
La música, por ejemplo. Su debilidad por Queen no es un detalle anecdótico. Bohemian Rhapsody —esa canción que cambia de ritmo, de tono, de registro sin pedir permiso— parece una metáfora de su propia trayectoria. También disfruta con Radio Futura o el Livin' On a Prayer de Bon Jovi.
Nada en Hidalgo ha sido lineal. De la épica juvenil a la gestión institucional, de la certeza ideológica a la complejidad del poder. Como en la canción, hay momentos de intensidad, de duda, de transición.
García Márquez
También está la lectura. Hidalgo lee con la misma disciplina con la que trabaja. No lo hace para acumular títulos, sino para buscar claves. En Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, hay una idea persistente: la de que las historias —personales o colectivas— están atravesadas por ciclos, por repeticiones, por intentos de romper inercias que siempre vuelven.

La política, en cierto modo, también es eso. Una sucesión de avances y retrocesos, de proyectos que se construyen sobre lo que vino antes, de decisiones que nunca parten de cero.
Colombia
Quizá por eso Hidalgo no ha sido nunca un político de gestos estridentes. Su trayectoria se parece más a esa construcción paciente, consciente de que cada paso forma parte de algo más amplio. Entender antes que imponer. Construir antes que exhibir.
En lo personal, su vida tiene otro eje: Colombia, país de su mujer, Catalina. Ella y su hija Sofía son el ancla que equilibra una vida marcada por la exposición pública. La política exige presencia constante; la familia, en cambio, ofrece refugio. En ese equilibrio se sostiene buena parte de su estabilidad.
Desayuno peculiar
Hay detalles, aparentemente menores, que también ayudan a entender al personaje. Cuando llegó a la alcaldía, en 2015, sus mañanas empezaban con un desayuno peculiar: Coca-Cola Zero y dónuts. Un hábito tan poco ortodoxo como revelador de la intensidad de aquellos primeros días, en los que la urgencia de la gestión parecía imponerse incluso a las rutinas más básicas. Con el tiempo, ese gesto desapareció. Como si el propio ejercicio del poder le hubiera obligado a encontrar otro ritmo.

Y luego está Las Canteras. Siempre Las Canteras. No es solo un lugar físico, es un punto de regreso. Allí confluyen todas sus versiones: el adolescente que descubrió la política, el militante que creyó en la transformación, el gestor que aprendió a negociar, el lector que busca respuestas. El hombre, en definitiva.
Conflictos reales
Augusto Hidalgo pertenece a una generación que se formó en la tensión. No aprendió política en manuales, sino en conflictos reales. Huelgas, asambleas, debates. Una generación que entendió pronto que las ideas tienen consecuencias.
Su trayectoria también es la historia de una adaptación. De cómo alguien puede cambiar sin dejar de ser el mismo. Del marxismo a la socialdemocracia, de la protesta a la gestión, de la calle a la institución. No hay ruptura, sino continuidad transformada.
El mapa
En un tiempo en el que la política se consume a golpe de titular, Hidalgo representa otra lógica. Más lenta, más densa. La de quienes creen que gobernar es, en el fondo, trazar caminos. Decidir por dónde se avanza y, sobre todo, hacia dónde.

Por eso el mapa. Siempre el mapa.
Porque al final, más allá de cargos, siglas y discursos, Augusto Hidalgo sigue siendo aquel joven que entendió demasiado pronto que el mundo no viene dado. Que hay que dibujarlo.


