El Cabo, el barrio pesquero que Santa Cruz desmanteló a lo largo de 60 años

Dos fases sucesivas de regeneración urbana entre 1963 y 2022 borraron por completo este barrio, cuyos vecinos, junto a los de Los Llanos, sumaron parte de las 800 familias desplazadas

Imagen del antiguo barrio de El Cabo./ RRSS
Imagen del antiguo barrio de El Cabo./ RRSS

Escucha el artículo ahora…

0:00
0:00

De todo un barrio solo queda en pie una ermita: la de San Telmo, patrón de los pescadores, que recibe cada 15 de abril la limosna que antes le entregaba la Cofradía del barrio pesquero de El Cabo. Hoy ese lugar solo se mantiene a base de memoria colectiva: ya no queda casi nada alrededor de lo que hace más de sesenta años fue el centro neurálgico de la pesca en Santa Cruz de Tenerife.

Donde hace solo unas décadas se regían hogares y talleres de pescadores se levantan ahora el TEA, un instituto y las oficinas de la Presidencia del Gobierno de Canarias.Esta transformación no fue cosa de un día, ni de una sola causa. 

Según el estudio 'Arquitectura y territorio. El desmantelamiento del barrio de El Cabo (1957-2022)', elaborado por Javier Francisco del Molino Almazán y Francisco Álvaro Ruiz Rodríguez, las demoliciones arrancaron en 1963 al amparo del primer Plan General de Ordenación Urbana, y solo en una segunda fase, ya desde 2003, se hicieron específicamente para levantar el TEA. El proceso no se dio por cerrado hasta 2022, cuando reabrió como oficinas del Gobierno de Canarias el antiguo cuartel de San Carlos.

Detrás de los planos y las fechas, también está la historia de esas 800 familias que residían en este pequeño barrio pesquero y el vecino barrio de Los Llanos, ciudadanos a los que se prometió un realojo en el centro de la ciudad y acabaron olvidados y trasladados a la periferia. 

Un barrio de pescadores con siglos de historia

El Cabo se cimentó en el litoral tinerfeño casi al mismo tiempo que la actual capital de la isla comenzó a desarrollarse, a mediados del siglo XVI. El ingeniero Leonardo Torriani, al servicio de Felipe II, documentó en un plano de 1588 cerca de doscientas casas junto a la costa de Santa Cruz, formando el centro neurálgico del barrio. 

Sus habitantes vivían del mar, y se asentaron al sur del lugar donde se había plantado la cruz fundacional de la ciudad, la zona más humilde, mientras el sector acomodado ocupaba el norte, el actual Zona Centro.

El barranco de Santos separaba físicamente El Cabo del resto de la ciudad. Durante siglos se cruzó por una pasarela de madera, muy castigada por las trombas de agua, hasta que en 1941 se encargó un puente de mayor entidad, el actual General Serrador.

Por otro lado, pese a su peso en la vida marinera y portuaria de la ciudad, El Cabo apenas contaba con un espacio de 0,14 km². Un barrio pequeño, pero con identidad propia, construido sin apenas ordenación urbanística hasta bien entrado el siglo XX.

Imagen del antiguo barrio El Cabo./ RRSS
Imagen del antiguo barrio El Cabo./ RRSS

El desguace urbanístico

El primer Plan General de Ordenación Urbana de Santa Cruz, de 1957, fue el que puso fecha de caducidad al barrio tal y como existía. El estudio divide la intervención en dos sectores con cronologías distintas. El primero, el entorno de la ermita y el cuartel de San Carlos, se demolió entre 1963 y 1998, un proceso que se prolongó bajo el paraguas del Plan de Ordenación Cabo-Llanos de 1969, que entre sus objetivos incluía la reubicación del vecindario de la zona en otros barrios de la ciudad.

El segundo sector, entre el antiguo hospital y el puente, no empezó a demolerse hasta 2003, esta vez con un destino muy concreto: levantar el edificio del actual museo Tenerife Espacio de las Artes (TEA).

Según este mismo estudio, parte de esos solares (huertas del antiguo Hospital Civil, viviendas e infraviviendas) eran ya entonces una zona degradada, con presencia de prostitución y consumo de drogas en las inmediaciones.

De las construcciones originales del barrio solo han sobrevivido tres: el Hospital de Nuestra Señora de los Desamparados (1749), el cuartel de San Carlos (1875) y la ermita de San Telmo. Las viviendas y los comercios desaparecieron por completo.

Imagen aérea de Santa Cruz de Tenerife en la década de los 60./ RRSS
Imagen aérea de Santa Cruz de Tenerife en la década de los 60./ RRSS

Una promesa que no se cumplió

El dato que más pesa de este lento proceso es el humano. Según recogía Luz Marina García Herrera, geógrafa de la ULL en una conferencia de 2019, el plan parcial inicial preveía realojar en el propio centro de la ciudad a los vecinos de El Cabo y del vecino barrio de Los Llanos, pero "eso se fue olvidando" y, finalmente, unas 800 familias entre ambos barrios acabaron trasladadas a la periferia.

El estudio señala que aquellos barrios de acogida no tenían entonces ni servicios básicos ni transporte, y que el traslado supuso también una ruptura de identidad: la pertenencia religiosa a San Telmo o a la Virgen de la Regla, las fiestas patronales, el propio sentimiento de comunidad vecinal, quedaron desvanecidos junto con las casas. 

El vínculo entre ambos templos era, de hecho, más estrecho de lo que parece: cuando en 1943 la Ermita de Regla se elevó a parroquia para atender al vecino barrio de Los Llanos, la imagen de la Virgen de Regla llegó a su nuevo templo procedente de la propia Ermita de San Telmo, donde había estado custodiada.

Esa pérdida no se ha borrado del todo. Cada julio, la Asociación Cultural Amigos de San Telmo y la Virgen del Buen Viaje organizan aún las fiestas patronales del barrio, con misa, procesión y jornada de puertas abiertas en la ermita: la última costura visible de una comunidad que, sobre el terreno, ya no existe.

Imagen aérea del TEA./ TEA
Imagen aérea del TEA./ TEA

¿Mereció la pena?

En el pequeño terreno de lo que fue el barrio pesquero de El Cabo solo sobreviven el hospital (actualmente el museo MUNA), el cuartel de San Carlos (hoy oficinas del Gobierno de Canarias) y la ermita de San Telmo. La desaparición de esas viviendas y el desarrollo urbanístico dio pie a una nueva ciudad: institutos, sedes administrativas, nuevas viviendas y, sobre todo, el TEA.

El propio estudio recoge el debate sobre si esta actuación mereció la pena: hay quien defiende que este tipo de intervenciones dignifican la ciudad, y quien advierte de que, sin atender a los vecinos reales, este tipo de planeamiento puede acabar siendo más una herramienta de control que dé servicio a la ciudadanía. 

Sesenta años después de la primera demolición, lo que sobrevive de El Cabo no está tanto en el terreno como en la memoria de quienes recorrieron sus calles: los vecinos que hoy se siguen reconociendo a través de las redes o que cada julio vuelven a la ermita en procesión. Esa memoria colectiva es lo único que sigue verdaderamente en pie de un barrio que se vio obligado a desaparecer.

 

Añadir AtlánticoHoy como fuente preferida de Google de forma gratuita

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora