Hay lugares que se nos quedan pegados a la memoria como una fotografía antigua, de las que amarillean en las cajas de zapatos o galletas. El Reloj de Flores del parque García Sanabria es uno de ellos.
Hoy en día lo miramos cubierto de tonos verdes, rojos y amarillos, colores florales que conforman un perfecto tapiz de arte efímero, pero, apenas que prestemos atención echamos en falta algunas piezas: la aguja del segundero y los números que un día estuvieron ahí y que ahora nadie parece recordar cuándo desaparecieron.
Muchos años sin los números
“Hace muchísimos años que el Reloj de Flores del parque no tiene los números”, comenta una vecina de Santa Cruz a Atlántico Hoy, indicando que son muchos los usuarios del recinto los que preguntan por el paradero de estas piezas del reloj, sobre todo cuando se reúnen y hablan de otros tiempos en el municipio.
“El reloj perdió la cuenta y el segundero, porque la gente lo tocaba mucho”, añade y explica que, en varias ocasiones, ha preguntado por los números y no ha obtenido ninguna respuesta.
Un regalo de mitad del siglo pasado
El reloj fue instalado en 1958 como un regalo. Un gesto diplomático que se convirtió, con el paso del tiempo, en seña de identidad de Santa Cruz de Tenerife. El cónsul de Dinamarca, Peder Larsen, donó entonces un reloj de fabricación suiza, de la casa Favag, y dos cisnes negros para el estanque del parque, que por entonces albergaba distintos animales..
Lo colocaron en la entrada principal, en la plazoleta que hoy lleva su nombre, como si el visitante tuviera que pasar obligatoriamente frente a la hora exacta antes de perderse entre laureles de Indias, jacarandas y esculturas.
Escenario fotográfico
Quienes se fotografiaron allí en los años sesenta recuerdan el reloj como un gran círculo de flores, pero también como un reloj “de verdad”, con sus números bien visibles marcando las horas.
Si rebuscamos en las fotos de álbum familiar, en blanco y negro o en color poco intenso, encontraremos imágenes en las que los menores posaban serios luciendo sus trajes de Primera Comunión o sus juguetes el Día de Reyes, los mayores se acomodan en los escalones, y alrededor de las manecillas se pueden distinguir, sin esfuerzo, los doce puntos que ordenan el tiempo.
Lugar de obligada visita
Con los años, el reloj se convirtió en escenario habitual de retrato en momentos importantes: comuniones, bodas, excursiones escolares. Una especie de rito no escrito invitaba, si venías a Santa Cruz, a pasar por el García Sanabria y posar ante el reloj de flores.
Pero con los años el parque ha cambiado. Se han renovado parterres, se han abierto caminos y se han incorporado nuevas esculturas. También ha cambiado el propio reloj, siempre cubierto de plantas de temporada, convertido poco a poco en un tapiz floral que llama la atención por sus formas y colores.
Dígitos desaparecidos
En algún punto de esa transición, sin que conste en actas ni titulares, los números empezaron a desdibujarse. Primero quizá quedaron semiescondidos entre la vegetación, medio tapados por las flores.
Más tarde, los dígitos fueron desapareciendo del todo, hasta que la esfera floral quedó reducida a la forma de círculo, las manecillas y el fondo, sin más referencia que la costumbre de saber dónde está el doce y dónde cae el seis.
Deterioro y vandalismo
Lo que sí está documentado es la batalla constante contra el deterioro y el vandalismo. El reloj llegó a tener incluso aguja de segundos, un lujo poco habitual que lo hacía distinto a otros relojes de jardín, pero esa complicación duró poco.
La aguja pequeña se convirtió en un imán para las pequeñas manos de los niños y para visitantes que empujaban como si quisieran alterar el paso del tiempo, terminando por trabar el mecanismo. Mantenerla suponía usar un motor especial y reparaciones frecuentes, hasta que se optó por retirarla.
Gasto de miles de euros anuales
Desde entonces, las noticias sobre el vandalismo en el Reloj de Flores se han repetido con cierta asiduidad, destacando reparaciones millonarias en pesetas primero y de varios miles de euros después, además de asumir paradas del reloj, quejas vecinales, y un Ayuntamiento obligado a elegir entre dejarlo como un adorno sin vida o seguir invirtiendo para que marque las horas. Entre 3.000 y 5.000 euros anuales ha gastado el Consistorio de Santa Cruz en repararlo, incluso hasta 6.500 euros en alguna ocasión.
En 2017 se incorporó un sistema antivandálico ideado por una relojería de Vigo y que consiste en que, si alguien fuerza las manecillas, el mecanismo se detiene y se protege, como si el propio reloj se encogiera de hombros para evitar el daño.
Cámaras de vigilancia
En los últimos años, el debate ha ido a más. Se han instalado cámaras de vigilancia para protegerlo, ante los sucesivos actos vandálicos que han obligado a nuevas intervenciones y han elevado la factura anual de su mantenimiento.
Desde áreas como Servicios Públicos se ha defendido la necesidad de preservar un símbolo muy querido, aunque eso suponga destinar varios miles de euros al año a reparaciones y ajustes.
El recuerdo de los números del reloj
Sin embargo, entre reparaciones, contratos de mantenimiento y otras decisiones, se sigue sin saber en qué momento se perdió la cuenta y dónde están esos números. La búsqueda lleva inevitablemente a los archivos fotográficos y a la memoria colectiva.
En grupos de redes sociales dedicados a las fotos antiguas de Tenerife abundan las imágenes del reloj con números, y también las instantáneas más recientes en las que ya no están. Entre comentario y comentario se cuelan frases que se repiten como “antes tenía números”, “ya no se ven”, “¿se acuerdan de cuando…?”.
Sigue marcando la hora
Algunas hipótesis vecinales apuntan a razones estéticas y prácticas. Un diseño menos cargado de elementos rígidos facilita el trabajo de jardinería, permite cambios más libres en los motivos florales y reduce el riesgo de que piezas duras se rompan o se conviertan en objetivo del vandalismo.
Hoy, el Reloj de Flores sigue ahí, fiel a su cita con la ciudad. Marca las horas, sirve de fondo a fotos turísticas y familiares, y se mantiene como uno de los rincones más fotografiados de Santa Cruz.
