A Antonia Varela le bastaron unas cuantas fichas de dominó para levantar sus primeras construcciones. Eran las de su padre, que aquella niña utilizaba para fabricar casas y garajes sobre el suelo familiar. Le gustaban los coches, los mecanismos y averiguar cómo funcionaban las cosas. En sus primeros planes de futuro figuraban profesiones tan distintas como bailadora de flamenco, mecánica o conductora de camiones. Ninguna de aquellas ocupaciones acabaría siendo la suya, aunque todas compartían algo que terminaría marcando su vida: el deseo de descubrir cuanto se escondía más allá de lo conocido.
Antonia María Varela Pérez nació en Santa Cruz de Tenerife el 20 de febrero de 1965, en una familia que alentó su curiosidad desde pequeña. Su madre era maestra y la Educación ocupaba un lugar importante en casa. Con apenas dos años insistía en acudir a la guardería, como hacía su hermana mayor, y a los dos años y medio ya sabía leer y escribir. Aquella precocidad encontró un ambiente favorable para desarrollarse. La infancia de Antonia estuvo poblada de libros, preguntas y una inquietud que sus padres nunca intentaron domesticar.
Su madre ejerció una influencia que trascendió los estudios. Durante una etapa de su vida enseñó gratuitamente a pescadores del Puerto de la Cruz, convencida de que el conocimiento debía estar al alcance de todos. Antonia ha recordado aquel ejemplo al explicar su compromiso con la divulgación científica. También creció rodeada de mujeres trabajadoras que defendían la independencia económica como una condición necesaria para decidir sobre sus propias vidas. De ellas aprendió que la formación no solo abría puertas profesionales, sino que permitía elegir qué hacer con el futuro.
Un libro decisivo
La vocación definitiva apareció durante un verano familiar en el monte de La Esperanza, en Tenerife. Antonia tenía 14 años cuando una amiga le regaló El Universo, de Isaac Asimov. La familia pasaba una temporada en una casa desde la que todavía podía contemplarse un firmamento apenas alterado por la iluminación artificial. Durante aquellas noches, la adolescente alternaba la lectura con la observación de las estrellas. Las explicaciones del escritor encontraban una prolongación inmediata al levantar la vista hacia el cielo.
Hasta entonces había mostrado interés por disciplinas muy diferentes. Estudió en un colegio femenino de religiosas cercano a las Ramblas de Santa Cruz, desde cuyas ventanas contemplaba los aviones y soñaba con viajar. Le atraían la historia, la literatura y los idiomas, pero encontraba en las matemáticas y la física una manera especialmente satisfactoria de responder a sus preguntas. El libro de Asimov terminó por ordenar aquellas inquietudes dispersas. Comprendió que existía una disciplina dedicada a estudiar el universo y decidió que quería dedicarle su vida.
La decisión no se quedó en una fantasía adolescente. Se matriculó en Física en la Universidad de La Laguna, en una época en la que las mujeres constituían aproximadamente una quinta parte del alumnado de su promoción. La presencia femenina era todavía minoritaria en determinadas disciplinas científicas y la astrofísica apenas comenzaba a consolidarse como una especialidad con grandes posibilidades de desarrollo en Canarias. Antonia acabaría convirtiéndose en la primera mujer que completó en la institución lagunera todos sus estudios universitarios de Física hasta obtener el doctorado en Astrofísica.
La primera oportunidad
Su acercamiento profesional a la astronomía comenzó antes de terminar la carrera. En cuarto curso consiguió una beca de dos meses en el Royal Greenwich Observatory, en Reino Unido, una experiencia que le permitió conocer el funcionamiento de un centro de investigación internacional. Posteriormente obtuvo otra beca de verano en el Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC), donde trabajó con los investigadores John Beckman y Jordi Cepa en el estudio de galaxias satélites.
Al finalizar sus estudios tuvo que elegir entre dos oportunidades que podían determinar su futuro. Había conseguido una beca para realizar la tesis doctoral en Cambridge, pero también una de las seis plazas de astrónomo residente convocadas por el IAC. Era la única mujer seleccionada. La institución canaria estaba inmersa en un proceso de crecimiento científico que terminaría situándola entre los grandes centros internacionales de investigación astronómica.
En aquella decisión intervinieron también circunstancias personales. Antonia había conocido al hombre que años después se convertiría en su marido y padre de sus dos hijos. Optó por permanecer en Tenerife y desarrollar su carrera vinculada al Instituto de Astrofísica de Canarias. La elección no supuso renunciar a la dimensión internacional de la investigación. Realizó su tesis doctoral entre el IAC y el Instituto de Astrofísica de París, especializándose en el estudio de la estructura de los bulbos de las galaxias espirales.
Ciencia y familia
La investigación la llevó a participar en congresos, cursos y estancias profesionales en distintos países. Aquella estudiante que observaba los aviones desde las ventanas de su colegio había encontrado una profesión que le permitía viajar y conocer otros centros científicos. Pero la vida académica también imponía exigencias que se hicieron especialmente evidentes cuando llegaron sus hijos.
Antonia ha explicado que compaginar la maternidad con una carrera investigadora no siempre resultó sencillo. Durante sus embarazos continuó viajando, impartiendo clases y desplazándose a los observatorios. El respaldo de su marido y la cercanía de su familia fueron fundamentales para mantener su actividad profesional. Sus dos hijos, que orientaron posteriormente sus estudios hacia la ingeniería y la medicina, crecieron familiarizados con las conversaciones científicas y la observación del firmamento.
Su condición de mujer también la enfrentó a situaciones que hoy recuerda como ejemplos de los prejuicios existentes en determinados ambientes profesionales. En una ocasión, una consultora recomendó a las investigadoras modificar la posición de la barbilla para conseguir una voz más grave y transmitir mayor autoridad. Antonia rechazó la idea de que su credibilidad científica pudiera depender de semejantes artificios. Con el tiempo, su compromiso con la igualdad de oportunidades la llevó a asumir responsabilidades en BPW Canarias, organización dedicada a promover el liderazgo profesional y empresarial femenino.
El cielo canario
Su trayectoria dentro del Instituto de Astrofísica de Canarias fue ampliando progresivamente sus campos de trabajo. Desde 1990 forma parte del Grupo de Calidad de Cielo, especializado en estudiar las condiciones atmosféricas y ambientales que determinan la idoneidad de un lugar para instalar grandes telescopios. Canarias posee unas características excepcionales para la observación astronómica, pero mantener esa ventaja requiere investigación, vigilancia y medidas de protección.
Varela participó en los estudios relacionados con la selección del emplazamiento del Gran Telescopio Canarias, instalado en el Observatorio del Roque de los Muchachos, en La Palma. También ha intervenido en trabajos vinculados a otros proyectos internacionales. La estabilidad de la atmósfera, las condiciones meteorológicas y la contaminación lumínica forman parte de un campo científico que resulta decisivo para obtener observaciones de calidad.
Su producción académica comprende más de un centenar de publicaciones y contribuciones científicas. Sin embargo, con el paso de los años su actividad comenzó a extenderse hacia una preocupación que conectaba directamente con aquella experiencia adolescente en La Esperanza: la necesidad de preservar las condiciones que permiten contemplar el universo desde la Tierra.
Una nueva misión
En enero de 2019 asumió la dirección de la Fundación Starlight, una organización dedicada a la protección del cielo nocturno y a la divulgación de la astronomía. Desde esa responsabilidad ha impulsado proyectos que relacionan la investigación científica con la conservación ambiental, la educación y el desarrollo económico de territorios que cuentan con condiciones privilegiadas para observar las estrellas.
La fundación promueve certificaciones de calidad del cielo, programas formativos y actividades vinculadas al astroturismo. La propuesta parte de una convicción sencilla: el firmamento constituye un patrimonio natural y cultural que merece protección. La iluminación artificial inadecuada no solo dificulta el trabajo de los astrónomos, sino que altera los ecosistemas y priva a buena parte de la población de una experiencia que acompañó a la humanidad durante milenios.
Varela defiende que combatir la contaminación lumínica no significa renunciar al alumbrado público ni a la seguridad, sino utilizar la luz de manera más eficiente. Su trabajo ha contribuido a extender esa preocupación más allá de los observatorios y de la comunidad científica. Desde la Fundación Starlight impulsa, además, una iniciativa internacional para que la protección del cielo nocturno sea reconocida como un nuevo Objetivo de Desarrollo Sostenible.
Enseñar a mirar
La divulgación ocupa un lugar central en su biografía. Durante más de dos décadas ha impartido astronomía en la Universidad para Mayores de La Laguna, una actividad que refleja su interés por acercar la ciencia a personas de distintas edades. También dirige el Museo de la Ciencia y el Cosmos de Tenerife y participa habitualmente en conferencias y proyectos educativos.
En esa faceta resulta inevitable reconocer la influencia de su madre. La maestra que enseñaba gratuitamente a los pescadores del Puerto de la Cruz difícilmente podía imaginar que su hija acabaría explicando el funcionamiento de las galaxias a públicos muy distintos. Las materias cambiaron, pero permaneció la voluntad de compartir lo aprendido.
En su entorno cercano la conocen como Toñi. Conserva una curiosidad que no se limita a los asuntos de su especialidad y ha reconocido su fascinación por la posibilidad de que exista vida extraterrestre. Incluso ha manifestado que aceptaría viajar a Marte si tuviera garantizado el regreso. La afirmación tiene algo de aquella niña que imaginaba profesiones diferentes y construía garajes con el dominó de su padre.
Reconocimientos y futuro
Su trayectoria ha recibido numerosas distinciones. En 2024 fue reconocida con la Medalla de Oro de Canarias y en noviembre de 2025 obtuvo el Premio Azul Zero en la categoría de Educación e Innovación. En enero de 2026, Forbes Women la incluyó entre las 30 mujeres más influyentes del archipiélago. Son reconocimientos a una carrera que ha combinado la investigación astronómica con la defensa del patrimonio natural y la divulgación científica.
A los 61 años, Antonia Varela continúa trabajando para que la observación del universo no se convierta en un privilegio reservado exclusivamente a los grandes telescopios. La expansión de las ciudades y la iluminación artificial han transformado la relación cotidiana de millones de personas con la noche. En numerosos lugares, contemplar la Vía Láctea ha dejado de ser una experiencia habitual. La científica tinerfeña pretende contribuir a que esa pérdida no sea irreversible.
La historia comenzó con unas fichas de dominó y tomó una dirección definitiva durante un verano familiar en La Esperanza. Entre ambos recuerdos se encuentra una misma inclinación a explorar, comprender y aprender. Antonia Varela ha dedicado su vida profesional a estudiar el universo y a conservar las condiciones que permiten observarlo. Quizá por eso aquella lectura adolescente de Isaac Asimov conserva tanta importancia en su biografía: no solo le descubrió una profesión, también le enseñó que algunas preguntas pueden acompañarnos durante toda una vida.
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