Cuando León XIV visite España en los próximos meses aterrizará en un país muy distinto al que recibió hace décadas a Juan Pablo II. Y pocas comunidades reflejan mejor esa transformación que Canarias.
Las Islas, que durante buena parte del siglo XX estuvieron profundamente atravesadas por el catolicismo —desde la educación hasta la vida social, desde las fiestas populares hasta la autoridad moral de la Iglesia—, llegan ahora a la era de León XIV convertidas en una sociedad mucho más secularizada, diversa y alejada de la práctica religiosa cotidiana.
Pero no completamente desligada de ella.
Contradicción
Porque Canarias vive hoy una contradicción muy particular: la religión pierde fuerza como práctica habitual mientras sus símbolos, rituales y costumbres continúan profundamente incrustados en la vida emocional y cultural del Archipiélago.
Los datos ayudan a entender la magnitud del cambio.
Cambio de hábitos
Hace apenas algo más de una década, el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) situaba en torno al 84,9% el porcentaje de canarios que se identificaban como católicos. Hoy, buena parte de la población sigue manteniendo esa identificación cultural o familiar con el catolicismo, pero la práctica religiosa se ha desplomado.
Las cifras más recientes utilizadas para Canarias reflejan que sólo un 16,1% de la población puede considerarse católica practicante, mientras que un 39,6% se define como católica no practicante. El Archipiélago suma además un 14,5% de ateos, un 13,1% de agnósticos y otro 13% de personas indiferentes o no creyentes.

El dato más revelador resume toda la transformación: el 80,2% de los canarios no practica activamente ninguna religión.
Ahí está el verdadero cambio de época.
Estructura casi omnipresente
La gran transformación religiosa de Canarias no consiste tanto en la desaparición del catolicismo como identidad cultural, sino en el derrumbe de la práctica cotidiana de la fe.
Durante décadas, la religión católica funcionó como una estructura casi omnipresente en la vida canaria. El bautismo era prácticamente universal. La primera comunión formaba parte del itinerario habitual de cualquier infancia. Las parroquias articulaban barrios enteros. Los sacerdotes conservaban una notable autoridad social y las fiestas patronales marcaban el calendario colectivo de pueblos y ciudades.
Aquella Canarias de iglesias llenas, catequesis multitudinarias y novenas abarrotadas todavía permanece en la memoria de varias generaciones.
La realidad actual es muy distinta.
Secularización entre los jóvenes
La secularización ha avanzado con fuerza, especialmente entre los jóvenes y en las áreas urbanas más vinculadas al turismo y a la globalización cultural. La asistencia regular a misa se ha reducido drásticamente. Las vocaciones religiosas han caído. Y buena parte de la población mantiene hoy con la Iglesia una relación más sentimental, cultural o familiar que estrictamente espiritual.
Sin embargo, la caída de la práctica religiosa no ha supuesto el final de las tradiciones religiosas.
Ahí aparece una de las grandes singularidades del Archipiélago.
Identidad emocional
Las romerías continúan llenando plazas y carreteras. Miles de personas siguen participando en procesiones, bajadas y peregrinaciones. La Virgen del Pino mantiene un enorme peso simbólico en Gran Canaria. La Virgen de Candelaria continúa funcionando como referencia colectiva en Tenerife. La Bajada de la Virgen de los Reyes paraliza El Hierro. La Bajada de la Virgen de las Nieves sigue marcando el pulso emocional de La Palma.

Muchas de esas celebraciones movilizan incluso a personas que apenas pisan una iglesia durante el resto del año.
Porque en Canarias la religión sobrevive muchas veces como identidad emocional.
Gestos cotidianos
El fenómeno se percibe en pequeños gestos cotidianos que continúan formando parte del paisaje insular: velas encendidas por familiares fallecidos, medallas religiosas colgadas del retrovisor de un coche, santos patronos presidiendo negocios familiares, promesas cumplidas caminando descalzo durante una romería o pescadores santiguándose antes de salir al mar.
La religión ya no organiza la vida pública como hacía hace medio siglo, pero sus símbolos siguen profundamente incrustados en la cultura popular canaria.
Al mismo tiempo, Canarias ha dejado de ser un territorio homogéneamente católico.
Transformación demográfica
La transformación demográfica vinculada al turismo y a la inmigración ha modificado también el mapa espiritual de las Islas. En barrios de Las Palmas de Gran Canaria o Santa Cruz de Tenerife conviven hoy parroquias católicas tradicionales con mezquitas, iglesias evangélicas, centros budistas o comunidades hinduistas.
El crecimiento de la población musulmana, especialmente en Tenerife, Gran Canaria y Fuerteventura, y la expansión de iglesias evangélicas vinculadas a la inmigración latinoamericana han convertido al Archipiélago en una de las comunidades españolas con mayor diversidad religiosa.
Esa transformación también convive con una paradoja llamativa: mientras la práctica religiosa cae, la religión sigue conservando presencia institucional y cultural. Canarias continúa contando con profesorado específico de religión católica en centros públicos y mantiene una intensa agenda de actividades vinculadas al patrimonio espiritual y musical, como el Festival de Música Religiosa de Canarias.
Pertenencia cultural
La visita de León XIV aterrizará así en unas Islas donde el catolicismo ya no ocupa el centro absoluto de la vida social, pero donde la herencia cultural de siglos continúa profundamente presente.
Porque quizá el gran cambio religioso de Canarias no sea la desaparición de la fe, sino su transformación.

Las Islas han pasado de vivir la religión como obligación colectiva a relacionarse con ella desde la tradición, la memoria y la pertenencia cultural.
Y eso explica por qué, incluso en una sociedad cada vez más secularizada, todavía sobreviven sonidos imposibles de borrar: el eco de unas campanas en un pueblo del norte, el olor a incienso durante la Semana Santa de Vegueta o la emoción de miles de personas acompañando a una Virgen por las calles de su barrio.
La fe ya no domina Canarias como antes. Pero sus huellas siguen en casi todas partes.


