El Telémaco/ Archivo
El Telémaco/ Archivo

Los cayucos canarios de los años 50: la emigración sin papeles a Venezuela que el repunte migratorio devuelve a la memoria

Más de 80.000 canarios emigraron a Venezuela entre 1948 y 1958, muchos en pesqueros, yates y veleros como el Telémaco. Con el repunte de cayucos, su historia recuerda que las islas conocen el mar desde las dos orillas

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Antes de que los cayucos pusieran rumbo a Canarias, fueron los canarios quienes se echaron al mar. Entre 1948 y 1958, más de 80.000 isleños emigraron a Venezuela, muchos de ellos sin papeles, en pesqueros, yates y veleros que huían del hambre y de la represión de la posguerra.

Así lo calcula el catedrático de Historia de América de la Universidad de La Laguna (ULL) Manuel Hernández González, que define aquellos años como “una etapa dorada” de la emigración clandestina.

Setenta años después, el mar vuelve a ocupar el centro de la actualidad en Canarias, esta vez con quienes llegan desde África. Tras meses de cifras a la baja, octubre se cerró con 6.164 personas rescatadas, casi la mitad de todas las llegadas del año. Noviembre ha arrancado con más fuerza todavía: más de 3.200 personas en 39 cayucos y pateras en solo cinco días, según el recuento provisional de los servicios de emergencia.

Para Hernández, ambos éxodos comparten lo esencial. “La imposibilidad de viajar legalmente, primero, y la búsqueda de una apariencia de futuro en una sociedad que está en grave crisis económica. Por tanto, la clandestinidad es igual en los dos”, explica a Atlántico Hoy.

Desesperados y sin pasaporte

“La gente está desesperada. Aquí hay hambre”, resume el historiador sobre la Canarias de finales de los años cuarenta. El franquismo puso fin al Puerto Franco, base económica de las islas desde 1852, y la autarquía de la posguerra dejó al archipiélago en una situación límite.

Emigrar por la vía legal era casi imposible. Según Hernández, un pasaporte costaba más de 5.000 pesetas y se exigía un certificado de buena conducta. “Muchos de los que se iban, habían sido sindicalistas, estaban en la lista negra”, explica.

En 1948, la llegada al poder en Venezuela de Rómulo Gallegos abrió una puerta. Su gobierno no mantenía relaciones con el franquismo, y quienes llegaban eran bien recibidos y considerados antifranquistas. Eso, según el historiador, motivó “un enorme lanzamiento de la migración”.

Ilustración que representa la emigración canaria a Venezuela./ ARCHIVO
Ilustración que representa la emigración canaria a Venezuela./ ARCHIVO

Cualquier barco servía

La emigración clandestina a Venezuela arrancó en 1947 con la llegada del velero Emilio. Después vinieron otros. En 1949, los viajeros del Providencia tuvieron que pasar una cuarentena preventiva, y el Miguelón permaneció cuatro meses en la bahía de Pampatar, en la isla de Margarita. Solo en enero de 1950, 112 canarios indocumentados desembarcaron en La Guaira.

Muchas embarcaciones iban en malas condiciones, sin gasolina o sin piloto. “La única ventaja que hay son los vientos alisios”, señala Hernández. Los alisios y las corrientes empujaban hacia América, y los barcos acababan donde los llevaba el mar: algunos en Martinica, otros en Brasil, como el Abraspa Virgen, que llegó a Macapá en mayo de 1950.

Alrededor de los viajes creció también un negocio, el de las mafias que vieron la oportunidad. Según el historiador, los pasajes eran carísimos y algunos prestamistas se quedaron con casas y fincas de pequeños campesinos a cambio de créditos usurarios, una situación que el régimen toleraba.

El Telémaco, el viaje que se hizo símbolo

De todos aquellos barcos, el más recordado es el Telémaco. El 9 de agosto de 1950 zarpó de Valle Gran Rey, en La Gomera, con 171 canarios a bordo, 170 hombres y una mujer. Tras 39 días de travesía, dos tormentas, hambre y sed, llegó a La Guaira el 16 de septiembre.

Muchos de sus pasajeros, recuerda Hernández, eran militantes del Partido Comunista o afiliados a la UGT en La Gomera, y figuraban en las listas negras del régimen. “La represión fue muy fuerte”, subraya. La única mujer a bordo, Teresa García Arteaga, lo resumió años después en una entrevista: “Jamás imaginé que iba a pasar algo semejante”.

De la bienvenida a Guasina

La acogida cambió tras el golpe militar de noviembre de 1948, que acabaría llevando al poder a Marcos Pérez Jiménez. El nuevo régimen se acercó a Franco y los recién llegados pasaron a ser vistos como sospechosos de comunismo. Muchos de ellos fueron retenidos en la isla de La Orchila.

El peor destino fue la isla de Guasina, en la desembocadura del Orinoco. “Ahí murieron ocho, porque las condiciones eran muy penosas”, cuenta Hernández, mientras otros acabaron contratados como mano de obra barata en el campo, en lugares como Palo Negro, en Aragua.

Venezuela necesitaba brazos y en 1952 firmó acuerdos con España para regular la inmigración, que a partir de entonces llegó en transatlánticos. El historiador advierte de que la cifra de más de 80.000 canarios es difícil de precisar: parte de ellos retornó y en Venezuela quedaron registrados como españoles, no como canarios.

Aun así, según sus cálculos, más de la mitad de todos los españoles que emigraron a Venezuela eran canarios.

Imagen de archivo de un cayuco que llegó a Tenerife / SALVAMENTO
Imagen de archivo de un cayuco que llegó a Tenerife / SALVAMENTO

Puente y destino

Por otro lado, las diferencias con la ruta migratoria actual también son profundas. “Canarias es un puente, porque es entrada a la Comunidad Europea”, explica Hernández. Quienes llegan hoy buscan sobre todo Francia o Inglaterra, mientras que Venezuela era, para los canarios, el destino final.

La otra diferencia es el mar y la peligrosidad del trayecto. Si los alisios empujaban a los veleros canarios hacia América, las travesías desde el Sáhara hacia las islas son “malísimas”, según el historiador, y las que parten de Senegal y Mauritania, todavía peores.

Solo en los cinco primeros días de noviembre, El Hierro ha recibido a 2.300 personas en 26 cayucos, entre ellas 307 menores. A La Gomera, la isla de la que zarpó el Telémaco, llegaron 80. Apenas setenta años separan ambas orillas de un mismo viaje: el de quienes se lanzan al mar en busca de una forma de seguir ganándose el pan.

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