La pérdida de una escuela en un núcleo rural no solo implica el cierre de un servicio educativo. Supone también la desaparición de un espacio de encuentro, de cuidados, de memoria colectiva y de arraigo para las familias que todavía sostienen la vida en pueblos y barrios alejados de los grandes núcleos urbanos.
Así lo defiende el geógrafo Vicente Zapata, investigador vinculado a proyectos comunitarios y territoriales, que advierte de que cuando un pueblo pierde su escuela “pierde su alma”. A su juicio, estos centros cumplen una función que va mucho más allá de la enseñanza formal: son lugares donde se construyen relaciones, se generan complicidades y se mantiene viva la conexión entre generaciones.
Una luz que se apaga
“La escuela siempre es algo más que un lugar donde se va a aprender. Es un espacio de socialización, de ilusiones, de relación y de memoria”, explica Zapata, que resume el impacto de un cierre con una imagen: “Es como si se apagase una luz en ese lugar”.
La reflexión llega en un contexto de retroceso de las escuelas unitarias en Canarias. Según los datos difundidos por Sí se puede, entre 2008 y 2023 cerraron 165 escuelas unitarias en el Archipiélago. Solo en los últimos cinco años, la red habría pasado de 139 centros en 2019 a 121 en el último curso, lo que supone una caída cercana al 13%.
La importancia del arraigo
Más allá de la cifra, Zapata insiste en que estos centros actúan como una “infraestructura de arraigo” para las familias jóvenes que se plantean vivir o permanecer en un entorno rural. Tener una escuela cerca puede marcar la diferencia entre quedarse en el pueblo o asumir desplazamientos diarios que, en muchos casos, terminan empujando a buscar alternativas fuera.
El investigador rechaza que el análisis se limite únicamente a la matrícula o a la existencia de transporte escolar. “Alguien puede pensar: se cierra el colegio, para eso hay un transporte, se va a un centro mejor equipado. Pero en las unitarias y en los colegios rurales la persona está por encima de todo”, señala. En estos espacios, añade, el alumnado no se diluye entre grandes grupos, sino que mantiene una identidad propia dentro de la comunidad educativa.

ANPE pide no reducir el debate a la matrícula
Desde ANPE Canarias, su presidente, Pedro Crespo, coincide en que el cierre de una escuela unitaria no debe analizarse solo en función del número de alumnos. El sindicato defiende que, antes de tomar una decisión de este tipo, deben tenerse en cuenta otros factores como el arraigo de la población, las dificultades de desplazamiento, las características geográficas de cada zona y el papel que estos centros desempeñan en la cohesión social y en la igualdad de oportunidades de niños y jóvenes.
Crespo subraya que las escuelas unitarias son “mucho más que un centro educativo” y las define como un servicio público esencial para muchos núcleos rurales. A su juicio, contribuyen a que las familias puedan seguir viviendo en su entorno sin verse obligadas a trasladarse a otros municipios para escolarizar a sus hijos. “Sin escuelas unitarias se deteriora la identidad de estos entornos”, advierte.
Dificultades
El presidente de ANPE Canarias también apunta a las dificultades específicas que afronta el profesorado de estos centros, donde se trabaja con aulas multinivel, alumnado de diferentes edades, tareas organizativas añadidas y, en muchos casos, recursos humanos y materiales limitados. A ello se suma, señala, la incertidumbre permanente que pesa sobre muchas unitarias ante el riesgo de cierre por el descenso de la matrícula.
Entre las medidas más urgentes para sostener este modelo, ANPE plantea adaptar la normativa al descenso de la natalidad, reduciendo tanto las ratios máximas como el alumnado mínimo exigido para mantener abiertas estas escuelas. El sindicato también defiende respetar la autonomía de cada centro, mantener una dirección propia en cada escuela y evitar que las unitarias se conviertan en simples aulas dependientes de un CER.
Además, Crespo considera necesario garantizar la dotación de personal docente y no docente en función del número de unidades, así como establecer una asignación económica propia para cada escuela unitaria. Según ANPE, estas medidas reforzarían la capacidad de gestión de los centros y permitirían responder mejor a las necesidades específicas de su alumnado.
Vínculo con las nuevas generaciones
Para Zapata, el maestro o la maestra también desempeña una función clave en estos territorios. No solo educa, sino que conoce a las familias, detecta necesidades, conecta con otros recursos y, en muchos casos, contribuye a sostener pequeñas respuestas comunitarias ante problemas cotidianos. Por eso, cuando una escuela desaparece, “algo deja de actuar”: una fuerza muchas veces intangible, pero fundamental para el conjunto del pueblo.
El cierre de una escuela también lanza un mensaje simbólico negativo al entorno. “Cuando en un barrio o en un pueblo la escuela cierra, es como un mensaje muy negativo: si esto cierra, ¿qué opciones tenemos?”, plantea. Esa sensación puede reforzar la idea de que el futuro está fuera y debilitar el vínculo de las nuevas generaciones con el lugar en el que viven.
El lugar y las personas
Zapata defiende que hablar de desarrollo rural exige mirar más allá de las infraestructuras clásicas. La fibra óptica, las carreteras o los proyectos de dinamización son importantes, pero pierden sentido si al mismo tiempo desaparecen servicios básicos como la escuela. “El desarrollo no es solamente que existan empresas o emprendimiento. Es también que las personas puedan permanecer en ese medio en las mejores condiciones posibles y con la mayor dignidad posible”, apunta.
En ese sentido, recuerda que los entornos rurales prestan un servicio al conjunto de la sociedad. Son espacios cuidados durante generaciones por quienes viven en ellos y que después son disfrutados por la población urbana como lugares de descanso, naturaleza o identidad. “Cuando los domingos decidimos irnos a una zona rural y decimos qué tranquilidad o qué aire más puro, eso tiene que ver con la acción de las personas que están ahí en el día a día”, reflexiona.

Cuidar el vínculo
La distancia a los centros educativos también tiene consecuencias en el arraigo de niños y jóvenes. Zapata recuerda que en islas como La Gomera, El Hierro, La Palma o en zonas del interior de Tenerife, muchos estudiantes han tenido que desplazarse durante años, incluso residir fuera de sus municipios durante la semana para poder estudiar. Ese proceso, advierte, puede provocar una desconexión progresiva con el lugar de origen.
“Se desarraiga a personas”, afirma. Aunque reconoce que no es posible tener institutos o universidades en todos los núcleos, sí considera fundamental cuidar el vínculo desde edades tempranas y mantenerlo cuando los jóvenes salen a estudiar. “Si nos vamos acostumbrando a irnos alejando cada vez más del lugar en el que vivimos, llega un momento en que, si no cuidamos el vínculo, se rompe”, explica.
Inversión colectiva
Por eso, sostiene que las administraciones y las comunidades deben hacer un esfuerzo por acompañar a esos jóvenes, incluso cuando se marchan a formarse fuera. No se trata necesariamente de exigirles que vuelvan, sino de mantener una relación viva con ellos, conocer sus inquietudes y evitar que el territorio pierda por completo a quienes podrían contribuir a su futuro.
En el caso de las escuelas rurales, ese vínculo empieza mucho antes. Empieza en la infancia, en el contacto diario con el pueblo, con las familias, con los mayores, con los caminos, con la memoria y con el territorio. De ahí que Zapata considere que estos centros no deben verse como un gasto, sino como una inversión colectiva.
Una pérdida profunda
“La sociedad tiene que asumir ese sobrecoste porque realmente al final no es un coste, es una inversión que estamos haciendo en nosotras mismas”, defiende. Para el geógrafo, mantener una escuela rural abierta no solo beneficia a quienes viven en el pueblo, sino también al conjunto de una sociedad que necesita territorios cuidados, comunidades vivas y generaciones capaces de mantener el vínculo con su entorno.
En un Archipiélago cada vez más tensionado por la concentración urbana, la vivienda y la pérdida de servicios de cercanía, la escuela rural aparece así como una pieza pequeña, pero decisiva. Su cierre no solo reorganiza el mapa educativo, puede marcar el inicio de una pérdida más profunda. La de un pueblo que deja de pensarse en futuro.
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