Si usted es de los que mira a las alturas de vez en cuando —quizá con ese temor de que el cielo caiga sobre nuestras cabezas, como en la aldea de Astérix— puede que haya notado algo extraño en Las Palmas de Gran Canaria. No es una ilusión: en los cielos de Triana y Vegueta llevan días planeando dos aves de gran tamaño, ajenas al paisaje habitual de palomas y cotorras. No son nuevas, aunque lo parezca. Son cuervos africanos.
La escena, repetida la pasada semana sobre el casco histórico, con las aves alterando el vuelo de otras especies urbanas como palomas o cotorras argentinas, ha devuelto a la actualidad un caso que en realidad se remonta a hace más de quince años y que nunca llegó a cerrarse del todo.
Origen documentado
Lejos de teorías difusas, el origen de estos animales está identificado. Según explica Pascual Calabuig Miranda, veterinario y responsable del Centro de Recuperación de Fauna Silvestre (CRFS) del Cabildo de Gran Canaria, la historia comienza con la llegada de nueve ejemplares en un barco ruso al Puerto de La Luz.
“Hace unos 15 años llegaron nueve cuervos africanos en un barco ruso. Con mucho trabajo y paciencia, porque son animales muy inteligentes, pude coger siete”, detalla. Pero la operación no se completó. Dos individuos lograron esquivar todos los intentos de captura.
“Estos dos últimos ya nos conocían. Si veían nuestros coches, dejaban la zona”, recuerda Calabuig. La inteligencia de estas aves —una de sus características más conocidas— jugó a su favor.
El intento final para capturarlos tampoco prosperó. Un vecino del Sebadal les proporcionaba alimento en la azotea de una nave, lo que permitió localizarlos. Sin embargo, cuando el equipo tenía preparadas trampas para su captura, la intervención cambió de manos administrativas —el Gobierno de Canarias asumió la tarea— y el operativo se detuvo, dejando a la pareja en libertad.
Presencia silenciosa
Desde entonces, lejos de desaparecer, los cuervos africanos han mantenido una presencia intermitente pero persistente en la isla.
El propio Calabuig confirma avistamientos a lo largo del tiempo en distintos puntos de la capital y su entorno: el Puerto, El Sebadal, laderas próximas al Hospital Insular e incluso zonas de Cumbre, donde han llegado a coincidir con ejemplares de cuervo canario.
Su reciente aparición en Triana y Vegueta no es, por tanto, una irrupción, sino una reaparición visible en un entorno especialmente transitado.
Atamente adaptable al entorno urbano
El cuervo africano (Corvus albus), también conocido como cuervo pío por su característico pecho blanco, es una especie propia del África subsahariana. Su éxito fuera de su hábitat natural responde a una combinación de inteligencia, oportunismo y gran capacidad de adaptación.
En entornos urbanos, como el de Las Palmas de Gran Canaria, encuentra condiciones ideales: alimento abundante, ausencia de depredadores y estructuras elevadas para nidificar y vigilar su territorio.
“Se adaptan muy bien a zonas urbanas porque encuentran alimento fácilmente”, explica Calabuig, quien apunta además a su comportamiento depredador oportunista.
La escena observada en el casco histórico no es casual: es probable que estuvieran alimentándose de huevos de palomas o cotorras argentinas, dos especies también muy presentes en la ciudad.
Riesgo real: hibridación
Más allá de la curiosidad que despierta su presencia, el principal motivo de preocupación no es su tamaño ni su comportamiento, sino su impacto potencial sobre la fauna autóctona. El mayor riesgo identificado es la posible hibridación con el cuervo canario (Corvus corax canariensis), una subespecie propia del Archipiélago.
“Eso es un peligro, porque se pueden hibridar con el nuestro y generar un problema genético”, advierte el responsable del CRFS.
Este fenómeno, documentado en otras especies, puede provocar la pérdida de identidad genética de poblaciones locales, especialmente en territorios insulares como Canarias, donde los equilibrios ecológicos son especialmente frágiles.
Advertencia ecológica
La presencia de esta pareja de cuervos africanos resume en sí misma una paradoja habitual en Canarias: lo que comienza como un episodio aislado puede convertirse, con el tiempo, en un problema estructural si no se actúa a tiempo.
En este caso, la ventana de intervención existió, pero no llegó a completarse. Quince años después, dos aves siguen sobrevolando la ciudad como recordatorio de aquella oportunidad perdida.
Hoy, mientras los vecinos levantan la vista sorprendidos en Triana o Vegueta, la cuestión ya no es de dónde vinieron, sino qué puede ocurrir si permanecen. Porque en un territorio insular, cada especie cuenta. Y cada error, también.
