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Legionarios españoles en trabajando en el cementerio de El Aaiún./ EFE

"Fuerteventura le debe mucho al Sáhara": la memoria de los canarios que encontraron su Dorado en El Aaiún

Luis González tenía diez años cuando su familia dejó Fuerteventura por El Aaiún en 1965. Medio siglo después, recuerda una tierra de abundancia, una colonia con sus propias reglas y una despedida que llegó antes de tiempo

En 1965, Fuerteventura era, en palabras de Luis González, "una tierra donde el futuro nadie lo conocía". Familias de cuatro, cinco y seis hijos sobrevivían con salarios de miseria, y el horizonte para los niños que dejaban la escuela a edades muy tempranas era, como mucho, un taller o una carpintería. No había más.

A esa isla llegó, a principios de los sesenta, la noticia de que una empresa española, Cubiertas y Tejados, que construía el muelle de Puerto del Rosario, necesitaba también trabajadores al otro lado del Atlántico, en El Aaiún. Pagaban mucho mejor.

El padre de Luis fue primero solo, en 1960, acompañado de unos amigos; volvió dos años después a Fuertevnetura. Regresó de nuevo en 1963 con la idea ya tomada: la familia entera se trasladaría al Sáhara. En abril de 1965, Luis, con solo diez años, su madre y sus cuatro hermanos se asentaron en territorio saharaui. 

Sesenta años después, este majorero define a Atlántico Hoy aquella tierra con una sola frase: "Fuerteventura le debe mucho al Sáhara. Porque fue salir de las penurias y de la necesidad que había en la isla, a llegar a un sitio que para nosotros fue el dorado".

Salir de la necesidad

No fue solo su familia. Según cuenta Luis, hacia El Aaiún emigraron vecinos de prácticamente todos los municipios de Fuerteventura (Puerto del Rosario, La Oliva, Antigua, Gran Tarajal, Tuineje o Pájara), además de canarios de Gran Canaria, sobre todo del sur y los municipios norteños de Gáldar y  Guía.

José Abu-Tarbush Quevedo, profesor de la Universidad de La Laguna (ULL) que ha estudiado esta migración, calcula, en una investigación trasladada a Atlántico Hoy, que unos 10.000 canarios llegaron a residir en el Sáhara español durante la fase más intensa de la colonización, procedentes mayoritariamente de las islas orientales por su cercanía (menos de 100 kilómetros separan Fuerteventura del territorio saharaui).

Según el censo de 1974, esa cifra representaba en torno al 37% de toda la población española de El Aaiún. Luis cuenta las vivencias en el llamado barrio cementerio, donde él junto a su familia residían y "donde estaba la mayoría de los canarios".

Al principio, su familia pagó un alquiler bajo por su vivienda; año y medio después, como a la mayoría de las familias que habían emigrado desde Fuerteventura, el Gobierno les entregó una casa nueva, sin coste alguno.

La retirada de España en el Aaiún./ EFE

Un territorio de abundacia

Oficialmente, el Sáhara era la "53ª provincia española". En la práctica, recuerda Luis, "era una colonia, una colonia militar", gobernada por un general y con todos los cargos políticos en manos de mandos militares. Pero el recuerdo que guarda de la vida cotidiana es de abundancia. "Lo que más nos llamaba la atención era la cantidad de abundancia que había", cuenta.

"Aquí en Fuerteventura había necesidades, no podías comer todo lo que querías; y sin embargo allí, como era una colonia militar, con los economatos del ejército, te vendían la carne relativamente barata. Había frutas, había verduras, había de todo". El Banco Pesquero Sahariano surtía además de pescado a un territorio que, a diferencia de la Fuerteventura que habían dejado atrás, no conocía la escasez.

¿Cómo vivían los canarios?

Esa bonanza convivía con una jerarquía social marcada. Los canarios tenían sus propios espacios de ocio como eran el campo de lucha canaria, bailes, un pequeño casino al que también acudían peninsulares o las calles donde jugaban al fútbol, mientras que los militares contaban con un casino propio, "un edificio impresionante donde solo podían entrar los militares".

Luis lo cuenta sin dramatismo, casi con humor: en los reencuentros con antiguos compañeros peninsulares todavía les recuerda que a ellos "ningún profesor se atrevía a suspenderlos", mientras que los canarios "teníamos que forzar los codos" para sacar adelante sus estudios. "Es verdad que ellos tenían privilegio", admiten sus antiguos compañeros entre risas. Pese a esa distancia, Luis insiste: "a mí tampoco me supuso ningún trauma".

Legionarios españoles en trabajando en el cementerio de El Aaiún./ EFE

Amigos al otro lado

La convivencia con la población saharaui no fue solo la de la abundancia compartida. En el instituto de El Aaiún, en las últimas promociones de bachillerato, Luis coincidió con algunos de los primeros movimientos estudiantiles a favor del Frente Polisario.

Cada fin de semana se producían enfrentamientos, y varios compañeros saharauis empezaron a desaparecer: unos se iban al desierto a combatir, otros eran retenidos y golpeados. A uno de ellos, un amigo llamado Luchaá Mohamed, lo detenían y lo humillaban con tanta frecuencia que un día desapareció.

Aquel compañero de instituto, nacido en Smara en 1952, sería con el tiempo Luchaá Mohamed-Lamin, uno de los cofundadores del Frente Polisario y, más tarde, diplomático de la RASD en Yugoslavia, los países nórdicos, Angola y Namibia.

Entre 2001 y 2006 fue delegado del Frente Polisario en Canarias, donde se le recuerda especialmente por su papel en el programa Vacaciones en Paz, y allí volvió a encontrarse Luis con él, ya en varias reuniones de antiguos compañeros. Murió de cáncer en Las Palmas de Gran Canaria en 2013.

El papel de las mujeres

"Imagínate lo que suponía salir de tu tierra, de un sitio del que nunca habías salido, y meterte allá lejos, en un lugar del que no sabías qué esperar". Así resume Luis lo que representó para su madre, y para tantas otras mujeres canarias, seguir a sus maridos hasta el Sáhara.

No fue solo un gesto de acompañamiento: gracias a que ella también trabajaba allí, él y parte de sus hermanos pudieron costearse los estudios. Todo ello, recuerda emocionado, costaba dinero. "Las mujeres hicieron una labor muy, muy importante en esa inmigración que tuvimos".

Esa aportación no se quedaba solo en el día a día. Parte de lo que ganaban esas mujeres viajaba de vuelta a Fuerteventura, para ir levantando, poco a poco, la casa a la que ya intuían que algún día tendrían que regresar. Fue, en cierto modo, un trabajo doble: sostener la vida en El Aaiún y, al mismo tiempo, preparar en silencio un retorno que todavía no tenía fecha.

Imagen de canarios asentados en El Aaiún./ RRSS

Un final que llegó antes de tiempo

El desenlace llegó deprisa. A finales de 1974 arrancaron los movimientos políticos y militares que acabarían por decidir el futuro del territorio; en enero de 1975, una delegación de la ONU visitó El Aaiún, y fue entonces, recuerda Luis, cuando la población empezó a intuir que aquello "no iba a ser para siempre". Poco después llegó la Marcha Verde, y con ella, el fin.

Hay un detalle que retrata bien la incertidumbre de esos meses: en 1975 todavía se entregaban promociones de vivienda nuevas y bien dotadas porque muchas familias, la suya incluida, pensaban que aquello duraría más tiempo. Duró apenas tres meses.

Tras la muerte de Franco y la Marcha Verde, España empezó a evacuar el territorio. Los padres de Luis, que trabajaban en el Parador Nacional de El Aaiún, se marcharon a principios de 1976, cuando el propio Parador fue traspasado; el matrimonio recaló después en el Parador de Las Cañadas del Teide, en Tenerife.

Solo los empresarios con negocios más consolidados en el sector cárnico o el del combustible lograron quedarse algo más de tiempo. Al final, todos tuvieron que irse.

La investigadora Beatriz Andréu (ULPGC) ha documentado cómo aquella repatriación golpeó con especial dureza a Gran Canaria, donde se concentró el mayor número de retornados y donde faltaron viviendas, plazas escolares y puestos de trabajo.

Por otro lado, muchas familias de Fuerteventura, cuenta Luis, habían tenido más previsión: llevaban años enviando parte de sus ahorros a la isla para construir sus casas, sabiendo que algún día tendrían que volver.

Emigración canaria al Sáhara Occidental./ RRSS

Una memoria que se reúne cada año

Medio siglo después, ese grupo de "gente de El Aaiún" sigue reuniéndose: el primer sábado de septiembre, en un lugar distinto de España cada año (según cuenta Luis, este 2026 tocó en Madrid, con unas 85 personas); y también cada octubre en el municipio grancanario de Arucas, donde se juntan un centenar.  En esos encuentros se intercambian vivencias, proyectan fotografías y recuerdos de aquella época. Luis aún conserva las suyas.

Esa fidelidad al recuerdo es, quizá, la explicación de por qué Luis sigue apoyando hoy programas como Vacaciones en Paz, que cada año trae a las islas a niños y niñas de los campamentos de refugiados de Tinduf. "No nos olvidemos de ese tipo de ayudas, porque son muy necesarias", insiste.

Sesenta años después de que su familia cruzara el Atlántico buscando lo que él mismo llama "el dorado", Luis González sigue devolviendo, a su manera, algo de lo que el Sáhara le dio a su tierra, Fuerteventura.

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