En Canarias aún existen lugares donde el ser humano apenas ha dejado huella. Territorios volcánicos, azotados por el viento y rodeados por un océano salvaje, que conservan intacta la esencia primitiva del Archipiélago. Espacios a los que no se llega por casualidad y cuya belleza reside precisamente en su inaccesibilidad.
Entre todos ellos, hay un islote que destaca por su aislamiento, su valor ecológico y su espectacular paisaje volcánico. Un enclave prácticamente desconocido para el gran público que permanece ajeno al turismo masivo y protegido como uno de los tesoros naturales más frágiles de Canarias.
Alegranza, la isla olvidada
Ese lugar es Alegranza, una isla deshabitada situada en el Archipiélago Chinijo, al norte de Lanzarote, y perteneciente al municipio de Teguise.
Con apenas 10,5 kilómetros cuadrados de superficie, Alegranza forma parte del Parque Natural del Archipiélago Chinijo, el mayor espacio natural protegido marino-terrestre de Canarias. Su estatus legal la mantiene como uno de los territorios más vírgenes del Atlántico.
Un acceso muy restringido
Alegranza es de propiedad privada y su acceso está altamente restringido. Solo puede visitarse con permiso expreso de la Consejería de Medio Ambiente del Gobierno de Canarias, y no está permitida la pernocta bajo ningún concepto.
El islote está protegido como espacio natural de reproducción de aves marinas, lo que limita cualquier actividad humana. Las únicas visitas posibles se realizan normalmente en barco, organizadas desde La Graciosa, sin desembarco libre y siempre bajo estrictas condiciones ambientales.
Un paisaje volcánico único
El rasgo más impresionante de Alegranza es su origen volcánico. La isla está dominada por la Caldera de Alegranza, un cráter de origen hidrovolcánico con 1,1 kilómetros de diámetro, unos 50 metros de profundidad y una altitud máxima de 289 metros sobre el nivel del mar.
Separados por una meseta central, se alinean otros tres conos volcánicos recortados por el mar:
- Montaña de Lobos, con 220 metros de altura
- Morro de las Atalayas, con 130 metros
- Morro de la Rapadura, también con 130 metros
Este conjunto crea un paisaje abrupto, áspero y sobrecogedor, donde la geología se muestra sin filtros ni modificaciones humanas.
Un santuario de biodiversidad
Alegranza es uno de los principales refugios de fauna marina de Canarias. La abundancia de pesca en sus aguas ha favorecido la instalación de grandes colonias de aves, convirtiendo el islote en un enclave clave para la biodiversidad del Archipiélago.
Destaca especialmente la pardela cenicienta, que alcanza aquí la mayor densidad reproductora de Canarias. También se encuentran especies protegidas como el guincho —una de las últimas parejas del archipiélago— y el halcón de Eleonor.
La flora es escasa pero muy adaptada al entorno, con comunidades propias del piso basal canario y abundante vegetación halófila, capaz de sobrevivir a la salinidad y al viento constante.
El faro de Punta Delgada
En el extremo occidental de la isla se alza el Faro de Punta Delgada, una construcción solitaria que funciona de forma automática y que fue declarada Bien de Interés Cultural el 20 de diciembre de 2002.
El faro es la única presencia humana permanente en Alegranza y se ha convertido en uno de los símbolos más reconocibles del islote, visible desde mar abierto y desde otros puntos del Archipiélago Chinijo.
El origen de su nombre
El nombre Alegranza tiene un origen curioso. Aunque hoy es un término poco habitual, la RAE recoge su significado como alegría, regocijo o sentimiento grato. Según el folclore y la tradición oral, el conquistador normando Jean de Béthencourt la habría bautizado así por la alegría de divisar tierra tras una larga travesía por el Atlántico.
Sea mito o realidad, el nombre encaja con la sensación que produce observar este islote intacto desde la distancia.
Un paraíso que no se toca
Alegranza no es un destino turístico, ni pretende serlo. Su valor reside precisamente en permanecer inhabitable, inaccesible y protegida, funcionando como un laboratorio natural donde la vida sigue su curso sin interferencias.
En un Archipiélago cada vez más presionado por el turismo y la urbanización, esta isla deshabitada del norte de Lanzarote representa uno de los últimos grandes paraísos vírgenes de Canarias. Un lugar que impresiona no por lo que ofrece al visitante, sino por todo lo que ha conseguido conservar intacto.