Pablo Sandoval, el inolvidable personaje de El secreto de sus ojos, defendía una teoría aparentemente sencilla. Un hombre puede cambiar de casa, de trabajo, de ciudad, de pareja o incluso de ideología. Lo que no cambia nunca son las pasiones. Por eso sostenía que nadie abandona el equipo de fútbol que aprendió a querer cuando era niño. Aquella reflexión, pronunciada para resolver una investigación criminal, terminó convirtiéndose en una de las escenas más memorables del cine argentino. También sirve para entender la trayectoria de José Mazuelos Pérez, obispo de la Diócesis de Canarias y anfitrión la próxima semana de la visita del papa León XIV a Gran Canaria.
Porque si algo define la biografía de Mazuelos es precisamente la convivencia entre el cambio y la permanencia. A lo largo de más de seis décadas de vida ha cambiado casi todo. Estudió Medicina cuando parecía destinado a desarrollar una carrera sanitaria. Ingresó en un seminario cuando ya ejercía como médico. Vivió en Roma para especializarse en Teología Moral y Bioética. Fue sacerdote en Sevilla, obispo en Jerez y obispo en Canarias. Ha pasado de atender pacientes a dirigir una de las diócesis más importantes de España.
Sin embargo, quienes lo conocen desde hace décadas suelen insistir en la misma idea: detrás de los cargos, las responsabilidades y los tratamientos protocolarios sigue estando el mismo Pepe de Osuna. El mismo muchacho criado en una familia extensa donde las reuniones familiares eran una costumbre sagrada, el mismo aficionado fiel al Sevilla FC que jamás cambió de equipo y el mismo hombre que sigue disfrutando más alrededor de una mesa llena de invitados que detrás de un despacho.
Osuna, la raíz
Nacido en Osuna el 9 de octubre de 1960, José Mazuelos pertenece a una generación que creció en una Andalucía donde la familia, la religión popular y la vida comunitaria formaban parte del paisaje cotidiano. Su historia, sin embargo, no comenzó en un seminario ni en una sacristía. Comenzó en una facultad de Medicina. Se licenció en la Universidad de Sevilla en 1983 y durante los primeros años de su vida adulta todo apuntaba hacia una trayectoria profesional ligada al ámbito sanitario. Ejerció como médico en su localidad natal y desarrolló parte de su actividad durante el servicio militar en el Hospital Militar de San Carlos, en San Fernando.
La medicina no era una vocación provisional ni una estación de paso. Era una profesión elegida conscientemente y construida con años de estudio. Precisamente por eso resulta tan interesante la pregunta que atraviesa toda su biografía: ¿qué lleva a un joven médico con un futuro profesional por delante a abandonar ese camino para convertirse en sacerdote?
Debate íntimo
La respuesta no llegó de forma repentina. No hubo una revelación instantánea ni un momento cinematográfico que lo cambiara todo de golpe. La decisión fue el resultado de un largo proceso interior. Un debate íntimo que se prolongó durante meses y que alcanzó algunos de sus momentos decisivos durante el servicio militar. El propio Mazuelos ha relatado en distintas ocasiones cómo parte de aquella reflexión se desarrolló mientras navegaba en una patrullera de altura de la Armada. Entre guardias, travesías y largas horas de navegación fue tomando forma una pregunta que no dejaba de regresar: si su vida estaba llamada únicamente a la medicina o si existía una vocación más profunda a la que debía responder.
Aquella inquietud no surgió de la nada. La experiencia religiosa que terminó marcando su vida estuvo estrechamente vinculada al Camino Neocatecumenal, el movimiento fundado en Madrid en 1964 por Kiko Argüello y Carmen Hernández. Conocidos popularmente como los kikos, sus integrantes proponen un itinerario de formación cristiana inspirado en las primeras comunidades de la Iglesia, con una fuerte presencia de la catequesis, la vida comunitaria y el acompañamiento espiritual. A lo largo de las últimas décadas el Camino Neocatecumenal se ha convertido en uno de los movimientos más dinámicos del catolicismo contemporáneo y ha sido especialmente eficaz a la hora de despertar vocaciones sacerdotales y religiosas entre jóvenes de distintos países.
Bioética
En el caso de José Mazuelos, aquella experiencia fue determinante. Allí encontró una forma de vivir la fe que terminaría transformando por completo sus prioridades. Tras un largo periodo de discernimiento decidió dar el paso. En octubre de 1985 ingresó en el Seminario Metropolitano de Sevilla. Cinco años después, el 17 de marzo de 1990, fue ordenado sacerdote.
La decisión suponía abandonar una carrera profesional perfectamente consolidada, pero no significó una ruptura con la medicina. Más bien ocurrió lo contrario. La formación científica adquirida durante aquellos años continuó acompañándolo durante toda su trayectoria eclesiástica y acabaría convirtiéndose en uno de los rasgos más singulares de su perfil.
Si existe un ámbito en el que José Mazuelos ha alcanzado una relevancia especial dentro de la Iglesia española es el de la bioética. Después de sus primeros años de ministerio fue enviado a Roma para ampliar estudios. Allí obtuvo la licenciatura en Teología Moral en la Academia Alfonsiana de la Pontificia Universidad Lateranense y posteriormente alcanzó el doctorado con una tesis centrada en la bioética, un terreno donde confluyen cuestiones médicas, filosóficas, jurídicas y religiosas.
Protección de la vida
Aquella especialización le otorgó una autoridad poco común dentro del episcopado español. Son numerosos los obispos con una sólida formación teológica, pero muy pocos poseen además una licenciatura en Medicina y experiencia profesional en el ámbito sanitario. Esa doble condición le ha permitido intervenir con especial conocimiento en debates relacionados con el inicio y el final de la vida, la investigación biomédica, la reproducción humana, la eutanasia o el aborto. Desde esa posición ha defendido de forma reiterada la doctrina de la Iglesia católica sobre la protección de la vida humana desde la concepción, convirtiéndose en una de las voces más reconocibles de la Conferencia Episcopal en cuestiones bioéticas.
Su prestigio académico y pastoral fue creciendo progresivamente dentro de la Archidiócesis de Sevilla. Fue párroco, delegado de Pastoral Universitaria, director del Servicio de Asistencia Religiosa de la Universidad de Sevilla y canónigo penitenciario de la Catedral hispalense. Durante aquellos años consolidó una imagen de sacerdote cercano, intelectualmente sólido y especialmente atento a los desafíos que planteaba una sociedad cada vez más secularizada.
Pero antes de ser sacerdote y antes incluso de convertirse en una figura pública dentro de la Iglesia, José Mazuelos había vivido otra de las grandes tradiciones de la religiosidad sevillana: la Semana Santa. Fue costalero, una experiencia que para muchos andaluces trasciende lo estrictamente religioso para convertirse en una auténtica escuela de convivencia, esfuerzo colectivo y compromiso con una hermandad. En Sevilla, donde las fronteras entre cultura popular, tradición y fe resultan prácticamente inseparables, aquella vivencia forma parte de una identidad que sigue acompañándolo décadas después.
Nombrado por Benedicto XVI
En marzo de 2009 llegó uno de los grandes puntos de inflexión de su trayectoria. Benedicto XVI lo nombró obispo de Asidonia-Jerez. Permaneció once años al frente de aquella diócesis gaditana, desarrollando una intensa labor pastoral y consolidando una reputación que combinaba formación intelectual, capacidad de gestión y cercanía humana. En julio de 2020 recibió un nuevo encargo de Roma. El papa Francisco lo designó obispo de la Diócesis de Canarias.
Su llegada al Archipiélago coincidió con un momento extraordinariamente complejo. La pandemia alteraba todos los ámbitos de la vida social, económica y religiosa. Aquel contexto obligó a replantear muchas formas tradicionales de presencia pastoral y situó a la Iglesia ante nuevos desafíos. Desde entonces Mazuelos ha desarrollado su ministerio en una comunidad marcada por fenómenos como la desigualdad social, la pobreza estructural, la emergencia migratoria de la Ruta Atlántica o el progresivo alejamiento de amplios sectores de la población respecto a la práctica religiosa.
Cocinillas
Sin embargo, quienes trabajan junto a él suelen destacar que existe una dimensión de José Mazuelos que permanece inalterable independientemente del cargo que ocupe. Es la dimensión más humana. La más doméstica. La menos visible para el gran público.
Le gusta cocinar.
Le gusta recibir invitados.
Le gusta que la casa esté llena.
Entre sus especialidades figuran dos clásicos de la gastronomía andaluza: el gazpacho y el salmorejo. Disfruta preparando comida para familiares y amigos y ejerciendo de anfitrión. También es conocido por otra pequeña debilidad que suele aparecer en las conversaciones de quienes lo conocen bien: es goloso. Y si Andalucía sigue presente en muchas de sus costumbres, Canarias ha ido conquistando poco a poco un espacio propio en sus preferencias gastronómicas. Entre los platos que más aprecia desde su llegada al Archipiélago destaca la carne de cabra, una especialidad profundamente vinculada a la tradición culinaria insular.
Futbolero
Ese apego a las raíces explica también su pasión por el Sevilla FC. Porque, al final, la teoría de Sandoval vuelve a aparecer. Han cambiado muchas cosas en la vida de José Mazuelos, pero no esa fidelidad aprendida durante la infancia. El sevillismo forma parte de su identidad del mismo modo que forman parte de ella la familia, la Semana Santa o los recuerdos de Osuna.
Quizá por eso resultan tan reveladoras las anécdotas familiares recuperadas por uno de sus primos cuando fue nombrado obispo de Jerez. No hablaba del doctorado en Roma ni de los nombramientos pontificios. Hablaba simplemente de Pepe. Del niño que una tarde de agosto de 1966 decidió, junto a otros dos primos, aparejar una burra sin esperar la ayuda de los mayores y terminó cayendo sobre un zarzal cuando la cincha cedió en mitad de una cuesta. O del muchacho que descubrió un nido lleno de huevos en lo alto de un almiar y acabó recibiendo uno de ellos sobre la cabeza durante una operación infantil tan improvisada como precipitada. Son historias pequeñas, aparentemente insignificantes, pero contienen una verdad profunda. Recuerdan que detrás del obispo, del médico, del experto en bioética o del anfitrión del Papa sigue existiendo una persona moldeada por los mismos afectos y experiencias que acompañan a cualquier ser humano.
La próxima semana, cuando León XIV llegue a Gran Canaria, las cámaras enfocarán al obispo de la Diócesis de Canarias. Verán a la autoridad religiosa encargada de recibir al Pontífice. Verán al representante institucional de la Iglesia en la provincia oriental del Archipiélago. Pero quienes conozcan la historia completa verán algo más. Verán al médico que escuchó una llamada mientras navegaba en una patrullera de la Armada. Verán al joven formado en el Camino Neocatecumenal que decidió cambiar el rumbo de su vida. Verán al estudioso que convirtió la bioética en uno de los ejes de su pensamiento. Verán al costalero sevillano, al cocinero aficionado, al anfitrión generoso y al sevillista incorregible. En definitiva, verán a aquel Pepe de Osuna que recorrió medio mundo sin perder nunca aquello que, según Sandoval, resulta imposible abandonar: las pasiones que nos definen y las raíces que nos acompañan.
