Imagen de José Sacramento y su obra 'Corazón compartido' / ATLÁNTICO HOY
Imagen de José Sacramento y su obra 'Corazón compartido' / ATLÁNTICO HOY

José Sacramento, el artesano de Canarias que encontró en la madera de los cayucos una forma de contar las historias de El Hierro

José Sacramento rescata madera de cayucos llegados a La Restinga y la transforma en piezas que hablan de memoria, migración y segundas oportunidades

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A José Sacramento le gusta decir que él no es carpintero. Lo repite varias veces durante nuestra conversación —también lo hizo cuando lo conocimos en la Feria de Pinolere, su primera feria como artesano—. Es casi como una advertencia para que nadie se lleve una idea equivocada de quién tiene delante. Y es que José ha sido muchas cosas a lo largo de sus 71 años: soldado, diseñador, artesano, viajero. Su último oficio, el de hacer arte son la madera, no lo aprendió en un taller y tampoco llegó a El Hierro pensando que sus días de jubilado los pasaría escogiendo maderas, dibujando formas y convirtiendo restos de cayucos en corazones, árboles o siluetas. De hecho, su plan era bastante sencillo —en el que todos pensamos cuando hablamos de nuestra jubilación—: pasar los días en una isla remota y bucear. 

Pero existe algo romántico en la idea de creer en el destino o en las casualidades porque, lo que pasó después, solo puede describirse como casi místico. 

Destino y casualidades

La primera —llamémosla casualidad— tuvo lugar bajo el agua. José, tinerfeño de nacimiento, había viajado a La Restinga en el 2019 para hacer unas inmersiones y quedó fascinado por los fondos del Mar de las Calmas. Regresó una y otra vez como quien se siente unido a un hogar y, a la tercera visita, ya estaba buscando dónde vivir. Acababa de jubilarse, divorciarse y sus hijos y nietos tenían sus vidas encauzadas. Llegó la hora de empezar una nueva etapa. "Fue amor a primera vista", cuenta sobre aquella primera inmersión. No podía imaginar hasta qué punto la vida de La Restinga iba a terminar entrando también en la suya. 

Desde hace años, este pequeño núcleo pesquero del sur de El Hierro es mucho más que una de las principales zonas de buceo de Canarias. La vida que crece en sus fondos marinos se mezcla con la crueldad de la Ruta Canaria, una de las rutas migratorias más peligrosas del mundo y que conecta la costa occidental africana con el archipiélago. Un lugar testigo de la belleza, pero también de la dureza y crueldad que a veces tiene la vida. 

El peso de las historias puede medirse también en cifras porque, solo hasta finales de mayo de 2025, El Hierro había recibido unas 6.200 personas migrantes, más de la mitad de las que habían alcanzado Canarias por esta vía en ese momento del año, según datos difundidos por el Gobierno autonómico. Pero no todas se pueden contar porque detrás de esas cifras siempre hay historias que nunca llegan a su destino. En diciembre de 2024, por ejemplo, un cayuco alcanzó La Restinga con 224 personas a bordo después de una travesía desde Senegal en la que murieron ocho ocupantes, entre ellos un bebé de 14 meses. Es dentro de ese contexto donde hay que entender la madera con la que trabaja José. No como un material exótico ni como una curiosidad artesanal, sino como el resto físico de embarcaciones que han formado parte de viajes marcados por la migración, el riesgo y, en demasiadas ocasiones, la muerte. Durante la pandemia, José comenzó a escuchar algunas de aquellas historias. Las contaban los propios migrantes, pero también los que estaban al otro lado del destino, las personas de La Restinga que convivían con la esperanza y, en muchas ocasiones, también con la desesperación.

Imagen de unos cayucos / EFE
Imagen de unos cayucos / EFE

Dibujar historias

José había trabajado como diseñador gráfico y había tenido un taller de serigrafía, así que hizo lo que cualquier artista puede hacer: dibujar. "No escribía lo que me contaban, lo dibujaba", explica. "Tampoco intentaba reproducirlas de manera literal, quería representar aquello que yo había entendido y sentido al escucharles hablar". Durante meses fueron solo eso, dibujos, hasta que ocurrió la segunda de las casualidades. 

Fue durante un paseo con su perra Laia —"mi amor", suspira a través del teléfono—. En aquella época, relata, los cayucos se desmontaban en una explanada próxima al puerto de La Restinga. Laia comenzó a olfatear y a rascar insistentemente en un punto concreto del terreno y José se acercó pensando que habría encontrado algún insecto. Pero lo que había allí era un pequeño trozo de madera, de unos 40 o 50 centímetros, que había formado parte de uno de aquellos cayucos. 

Se lo llevó a casa

El gesto no tenía todavía ninguna intención artística. Por entonces también había conseguido algunos restos de cedro procedentes de la fabricación de cartelería para los senderos de la isla. Eran recortes que ya no servían para aquel trabajo y que, de otro modo, terminarían desechados. Tenía una caladora, un taladro y una lijadora que había comprado para hacer alguna pequeña tarea doméstica y poco más.

Hasta que volvió a mirar uno de sus dibujos.

Un corazón entre Senegal y La Restinga

Era la historia de un joven senegalés y una chica de La Restinga. José la había representado mediante un corazón dividido en dos colores y, al observar las tonalidades diferentes de las maderas que tenía en casa, pensó que quizá podía trasladar aquel dibujo al volumen. "Total, voy a probar", recuerda que se dijo a sí mismo. 

La prueba terminó llevándole tres o cuatro días. Cortó las piezas sin saber demasiado bien cómo debía hacerlo, las unió, utilizó cuero y terminó incorporando una llave antigua que guardaba en casa. Cuando acabó, la sensación fue casi de incredulidad. No porque hubiese creado una obra técnicamente perfecta, sino porque había conseguido sacar de un dibujo aquello que llevaba meses imaginando. Aquel corazón fue la primera pieza. Después vendrían muchas más.

Uno de los primeros en animarle a continuar fue el artista herreño Alexis W. —así es como se conoce a este fotógrafo herreño—. Una amiga de José había visto el corazón en su casa, le había mostrado una fotografía y poco después Alexis quiso conocer el resto de diseños que guardaba. Su consejo fue sencillo y es que debía convertir aquellos dibujos en madera.

José empezó despacio. Cinco piezas, seis; hasta que se atrevió a solicitar una exposición en el Cabildo de El Hierro. Para aquella primera muestra consiguió reunir 28 obras. Las vendió todas.

Qué pasa con la madera cuando cayuco ya no sirve

A medida que el proyecto crecía, también aumentó la cantidad de madera que necesitaba. Los pequeños restos que inicialmente podía conseguir cuando se desmontaban las embarcaciones dejaron de ser suficientes. José cuenta que acabó solicitando autorización para recoger parte de ese material en el punto limpio. Según relata, una vez desmontados los cayucos, sus restos son depositados en contenedores y posteriormente destruidos. La propia gestión de estas embarcaciones se ha convertido en los últimos años en una cuestión logística para una isla tan pequeña. En abril de 2025, Gobierno de Canarias y representantes de la Administración estatal abordaron precisamente la posibilidad de trasladar a otro espacio autorizado el despiece de los cayucos que se realizaba en el puerto de La Restinga.

Es ahí, en el momento en que la embarcación deja de tener utilidad y se convierte administrativamente en un residuo, donde José encuentra su materia prima. Él identifica la madera rojiza con la que trabaja como caoba africana. Habla de ella con entusiasmo. Destaca su dureza, sus tonalidades y las marcas que deja el paso del tiempo. Según explica, muchos de los cayucos que llegan a Canarias son embarcaciones antiguas, sometidas durante años al agua salada y al sol antes de emprender esta última travesía. "Saben que no van a volver", comenta.

'Reciclando Emociones'

No toda su obra, sin embargo, procede de cayucos. En Reciclando Emociones mezcla hasta una docena de maderas recicladas y buena parte de ellas tienen también origen herreño como cedro, sabina, moral, brezo, higuera, aguacatero o tea. Lo singular aparece en la combinación. Cada tono ocupa un lugar distinto y muchas veces es precisamente el color natural de la madera el que permite construir el significado de la pieza.

Pero la procedente de los cayucos tiene inevitablemente otra carga.

José no conoce la historia exacta de cada tabla ni puede saber quién navegó apoyado sobre ella. Tampoco pretende apropiarse de esas vidas. Lo que sí conoce es el contexto del que procede el material y las historias que ha escuchado durante estos años en La Restinga. Por eso su trabajo se mueve en un terreno delicado, en el de dar una segunda vida a la madera sin convertir el sufrimiento que acompaña a muchas de aquellas travesías en un simple elemento decorativo. En cierto modo, el nombre que eligió para el proyecto resume mejor esa intención que cualquier explicación: Reciclando Emociones.

Antes que la madera

José asegura haber elaborado ya más de 300 piezas. Algunas surgen de historias que le cuentan; otras, de personas concretas; otras son encargos que requieren conocer primero a quien va a recibirlas. El resultado hace que sea difícil separar completamente al artesano del narrador.

Esa forma de trabajar ha hecho también que las piezas empiecen a salir de su taller para convertirse en regalos institucionales. El Cabildo de El Hierro le ha encargado diferentes obras para reconocimientos y encuentros con representantes de otros lugares. José cuenta que suele personalizarlas según la persona o el motivo del acto y que la intención es ofrecer algo vinculado a la isla en lugar de recurrir al habitual trofeo fabricado en serie.

Él, sin embargo, continúa resistiéndose a convertir aquello en un trabajo. “No vivo de esto”, insiste. Lo llama hobbie y bromea con que las exposiciones le sirven para “crecer diez centímetros y alimentar un poco el ego". Pero después habla de cada pieza, de las personas que hay detrás y de las horas que pasa imaginando cómo contar determinadas historias, y resulta difícil pensar que todo aquello sea simplemente una manera de ocupar la jubilación.

Historias que terminan en libro

Ahora algunas de esas piezas han dado un paso más. José ha reunido 22 obras y las historias que las inspiraron en un libro que lleva el mismo nombre del proyecto, Reciclando Emociones, cuya presentación está prevista para el 16 de octubre en el Casino de Valverde. Son 22 historias de las muchas que se han ido acumulando desde aquel primer corazón. Y ya tiene material para continuar.

Quizá lo más llamativo es que nada de esto formaba parte del proyecto vital que José imaginó cuando decidió jubilarse. Él mismo reconoce que estuvo valorando otros destinos e incluso pensó en marcharse a Menorca. Si hubiese elegido aquella isla, dice, Reciclando Emociones probablemente no habría existido. “Esto fue una casualidad”, resume. Y seguramente ahí esté la mejor manera de entender su historia. José Sacramento llegó a El Hierro buscando otra vida y terminó encontrándola en un lugar que no esperaba; entre los dibujos que hacía de las historias que escuchaba, los restos de madera que otros ya no necesitaban y un pequeño trozo de cayuco.

Desde entonces, algunas de esas maderas tienen un recorrido distinto al previsto. No puede cambiar la historia que las trajo hasta El Hierro, ni sería justo embellecerla. Tampoco puede saber todo lo que ocurrió encima de cada tabla antes de llegar al puerto. Lo único que hace es impedir que algunas desaparezcan sin más y utilizarlas para contar otras historias.

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