En 2004, un hombre mayor llegó al albergue de Tefía con gafas oscuras y sombrero. Se llamaba Octavio García y medio siglo antes había estado preso en ese mismo lugar, entonces una colonia agrícola penitenciaria del franquismo, por ser homosexual. Nunca había vuelto.
Lo había invitado Altihay, el colectivo LGTBIQ+ de Fuerteventura, que celebraba allí sus encuentros cada dos años. "Llegó como con miedo", recuerda León Martín Bethencourt, fundador y entonces presidente de la asociación, en una entrevista concedida a Atlántico Hoy. "Ya después se quitó las gafas, se quitó el sombrero y habló. Estaba en un espacio seguro".
Octavio fue uno de los dos presos homosexuales de Tefía que contaron públicamente lo que vivieron allí. Su testimonio, grabado por el investigador Víctor M. Ramírez en 2012, es hoy una de las piezas clave de la memoria de la colonia. Para León, su historia se resume en una idea: "Una persona encarcelada solamente por el hecho de ser homosexual".

Una España gris
Octavio llegó a Tefía en septiembre de 1955, con 24 años. Un año antes, el franquismo había reformado la Ley de Vagos y Maleantes para considerar a los homosexuales un peligro social, y ese mismo año se abrió este campo de concentración en Fuerteventura.
No hacía falta que la policía te sorprendiera en la calle. "Solamente por el hecho de ser homosexual, porque podía delatarte tu familia o el vecino o quien fuera", explica León. El régimen, añade, quería un único tipo de persona: el de "esa España gris".
León nació en 1960 y era un niño cuando la colonia cerró, en 1966. "Estamos hablando de hace 60 o 70 años. No te puedes imaginar que algo que ha ocurrido hace tan poco fuera una España tan diferente", reflexiona.
En Canarias, explica Ramírez a Atlántico Hoy, a los homosexuales se les discriminaba hasta impedirles trabajar. Así acababan en espacios marginales y, desde ahí, en prisión: "Una especie de círculo vicioso del que era muy difícil salir".

El miedo que no le abandonaba
A Octavio lo esposaron y lo pasearon encadenado por la calle, a la vista de todos, antes de llevarlo a Tefía. Allí encontró un régimen "muy disciplinado, muy cuartelero", según Ramírez: madrugones, ejercicio marcando el paso y jornadas enteras picando piedra para levantar muros y gavias en aquel erial seco. Como sabía leer y escribir, lo pusieron a pasar lista.
Tenía problemas musculares en las manos y no podía cargar mucho peso, así que vivía con un temor constante. "Siempre tenía miedo de que se le cayera una piedra debido a su debilidad muscular", explica Ramírez, porque ese simple gesto podía costarle una paliza o algo peor.
Cuando Ramírez lo grabó, más de medio siglo después, ese miedo seguía ahí. "He visto allí las palizas más atroces a los pobres presos", contó Octavio. Al investigador le impresionó su forma de narrarlo: "El dolor todavía lo tenía dentro, el miedo también".

"Me llevaron preso solo por maricón"
En las conversaciones con los diversos miembros de Altihay, Octavio hablaba del frío que entraba por las ventanas abiertas, de las jornadas "de sol a sol" cargando piedras y buscando agua, y de cómo a los homosexuales los mantenían separados del resto de presos. También los llevaban a misa.
León recuerda que también hablaba de gorgojos, de comida en mal estado y de pan duro. "Las personas que estaban en la cárcel estaban castigadas. Para rehabilitarlas, ¿rehabilitarlas de qué?", se pregunta Martón.
Octavio lo decía sin rodeos, según recuerda León: "Me llevaron preso a Fuerteventura solo por maricón". Al estar separados del resto, los presos homosexuales acabaron conociéndose bien, y Octavio llegó a nombrarlos uno a uno en los encuentros celebrados en lugar donde se encontraba el antiguo campo de concentración.
Una condena que continuaba
Octavio pasó algo menos de dos años en Tefía. Según Ramírez, se adaptó mejor al régimen que Juan Curbelo, el otro preso que dio testimonio, que estuvo casi tres por su carácter "más rebelde". Pero salir no le devolvió su vida.
La sentencia le prohibía volver a vivir en Las Palmas de Gran Canaria, donde residía. Tuvo que marcharse a Telde y pasó incluso una temporada en Tenerife, lejos de su familia, su casa y su entorno. A eso se sumaban los controles constantes. "Te castigaban después de haber estado castigado en la cárcel", resume León.
Aquella experiencia, según Ramírez, centralizó el resto de la vida de Octavio. "Estar preso por ser tú mismo siempre te va a llevar al trauma", sostiene el investigador.

Un testimonio para no olvidar
Ramírez explica que Octavio y Juan hablaron con otros compañeros de Tefía que nunca quisieron contar su historia, "por miedo, por vergüenza", o para no revivir lo sufrido. "¿Quién quiere recordar eso?", se pregunta León.
Octavio sí se prestó a compartir su historia. "Fue muy valiente al presentarse allí, venir y contarnos y compartir con nosotros", afirma León. En una sociedad que seguía señalando, reconocer en público que había estado preso por homosexual era algo que casi nadie se atrevía a hacer.
Esa valentía lo convirtió en una figura de referencia para el colectivo en las islas. "Habló y dio su cara para que la población lo supiera. Eso no lo hace todo el mundo", subraya León. En los encuentros, cuenta, todo el mundo quería hacerse una foto con él y escuchar el testimonio de alguien que había sufrido en sus propias carnes la represión franquista y la represión por ser simplemente quién era.
Un hombre tranquilo
Octavio tenía entonces más de 70 años cuando compartió por primera vez su testimonio con las diversas organizaciones del colectivo. "Podía ser la edad de mi padre, o el abuelo de cualquiera de los que estábamos allí", explica León.
El primer año recibió un reconocimiento y una placa, arropado por los jóvenes del colectivo y por representantes políticos de Fuerteventura. Volvió en 2006 y en 2008, y se quedaba en casa de una pareja de chicos que vivía en Tefía, con la que hizo amistad.
León lo describe como "una persona muy tranquilita", ya con achaques de salud, que vivía los encuentros a su ritmo. Era de otra generación y había vivido su homosexualidad de una forma muy distinta a la de aquellos jóvenes. "Lo invitábamos porque se lo debíamos. Lo mínimo que podíamos hacer era acompañarlo en su tiempo", dice.
Los jóvenes se acercaban a preguntarle, aunque con cuidado. León reconoce que nunca supo en qué trabajó Octavio tras salir de prisión. Había una mezcla de querer saber y de no querer molestar, explica, porque preguntar era obligarlo a recordar.
Volvía con un propósito claro: que la juventud supiera lo que habían pasado y que no se volviera a repetir. "Esto forma parte de la historia de Fuerteventura y de la historia de nuestro país", sostiene León.

Un lugar que recupera la memoria
Octavio y Juan Curbelo ya han fallecido. El albergue en el que Octavio fue homenajeado apenas se parece al lugar donde estuvo preso: hoy tiene habitaciones, cocina, salón de actos y un patio amplio donde se alojan grupos de jóvenes. "No tiene nada que ver", resume León.
En la parte que queda de la antigua colonia, unas salas acogen paneles con la ley que los condenó, recortes de prensa de aquellos encuentros y fotografías de Octavio: de joven, con sus amigos y en su ficha policial.
Las visitas son de lunes a viernes, con un horario todavía reducido. Según León, hay un proyecto para mejorar el espacio, ampliar el horario y contar con alguien que explique la historia, porque el lugar tampoco está bien señalizado.
Para que su historia no se repitiera
Su historia también tendrá pronto más páginas. Ramírez ha terminado un libro sobre el campo de concentración de Tefía, encargado por el Cabildo de Fuerteventura, que espera publicar a principios del próximo año.
Para Altihay, convertir Tefía en el que León define como el primer Lugar de Memoria Democrática LGTBIQ+ del país ha sido el trabajo de toda una vida asociativa. Y advierte de que no es un asunto del pasado: "Con los tiempos que corren, hay muchas agresiones. La visibilidad molesta".
Aquel hombre que llegó a Tefía ese 2004 con gafas oscuras y sombrero se fue de allí con el rostro descubierto y es que Octavio García había vuelto a Tefía para que su historia no se repitiera.
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